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Cuando Cristo fue crucificado, «hubo tinieblas sobre toda la tierra» (Mr. 15:33). Aquellas tinieblas no fueron simplemente un fenómeno natural ni un detalle poético del relato; fueron una señal solemne del juicio divino que estaba cayendo sobre el Sustituto. El Hijo inocente estaba siendo tratado como culpable, llevando sobre sí nuestros pecados y soportando la condena que nosotros merecíamos. Isaías había anunciado: «Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Is. 53:6). En el Calvario, las tinieblas nos permiten contemplar, aunque sea débilmente, la terrible realidad de lo que significa estar bajo la ira santa de Dios. Allí, el Justo fue hecho pecado por nosotros (2 Co. 5:21), y el juicio que merecía nuestra rebelión cayó sobre Cristo.
Por eso, cuanto más comprendamos la gravedad de las tinieblas, más apreciaremos la gloria de la Luz. No fuimos rescatados de una oscuridad superficial, de una simple ignorancia intelectual o de una etapa difícil de nuestra existencia; fuimos rescatados «de la potestad de las tinieblas» y trasladados «al reino de su amado Hijo» (Col. 1:13). Cristo mismo declaró: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn. 8:12). La luz de Cristo resplandece con mayor belleza cuando recordamos de qué oscuridad nos sacó: del pecado, de la culpa, de la condenación y de la muerte. La cruz no disminuye la gloria de la Luz; explica el precio con el que fuimos llevados hacia ella.
En Cristo, entonces, las tinieblas no tienen la última palabra. Aquel que experimentó las tinieblas del juicio para llevar nuestra condena es quien nos conduce a la luz de la vida. Pedro lo expresa así: Dios nos llamó «de las tinieblas a su luz admirable» (1 P. 2:9). ¡Qué contraste glorioso! Las tinieblas hablan del juicio que merecíamos; la cruz habla del juicio que Cristo soportó; y la luz habla de la vida que gratuitamente recibimos en Él. Por eso no debemos contemplar el Calvario con ligereza: cuanto más profundamente entendamos la oscuridad de nuestra condición, más preciosa será para nosotros la luz de Cristo. Él entró en nuestras tinieblas para que nosotros pudiéramos vivir para siempre en su luz.





