

Helo ahí: LA ROCA inconmovible
Daniel 4 nos conduce hasta una verdad majestuosa: los reinos de los hombres no son eternos, pero el Reino de Dios sí lo es. La imagen que aparece en la visión de Nabucodonosor —la gran estatua que representa la sucesión de los grandes poderes humanos— termina pulverizada ante la intervención de Dios. Aquello que parecía sólido, monumental e invencible queda reducido a polvo. Y esta escena nos recuerda que toda grandeza humana tiene fecha de caducidad cuando pretende ocupar el lugar que únicamente corresponde al Rey eterno. Los imperios levantan estatuas, escriben sus nombres en piedra y se imaginan indispensables; Dios, en cambio, sopla sobre ellos y demuestra que la historia nunca estuvo en manos de los hombres. Y es aquí donde podemos volver a la pregunta de Juan: «¿Eres tú el que había de venir, o esperamos a otro?» La respuesta se encuentra en la Roca que destruye la estatua. Daniel 2 —aunque el capítulo 4 reafirma el mismo señorío soberano de Dios sobre Nabucodonosor— describe esa Roca «cortada, no con mano» que golpea los pies de la estatua y desmenuza todos los reinos, hasta convertirse en un gran monte que llena toda la tierra (Dn. 2:34-35). Esa Roca representa el Reino que Dios mismo establece y que jamás será destruido (Dn. 2:44). Y cuando llegamos al Nuevo Testamento, descubrimos que Cristo es presentado precisamente como la Piedra, la Roca sobre la cual Dios establece su obra definitiva: «La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo» (Mt. 21:42). Cristo es la Roca eterna porque Él no pertenece a la categoría de los poderes pasajeros de este mundo. Su Reino «no es de este mundo» (Jn. 18:36), pero esto no significa que sea irrelevante para el mundo. Significa que su origen, naturaleza y autoridad no proceden de este sistema caído. Su Reino viene de Dios y, precisamente por eso, reclama autoridad sobre todos los mundos: sobre el mundo visible y el invisible, sobre las naciones y los individuos, sobre la historia y la eternidad, sobre la vida y la muerte. «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra» (Mt. 28:18). Cristo no vino para solicitar una pequeña parcela religiosa dentro de la realidad humana; vino como Soberano Señor de los mundos.


















