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Religion & SpiritualityChristianityExplicit

unaVidaReformada

samuel hernández clemente

mirando la vida desde la perspectiva de Dios

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  • Yesterday · 43 min

    Helo ahí: LA ROCA inconmovible

    Daniel 4 nos conduce hasta una verdad majestuosa: los reinos de los hombres no son eternos, pero el Reino de Dios sí lo es. La imagen que aparece en la visión de Nabucodonosor —la gran estatua que representa la sucesión de los grandes poderes humanos— termina pulverizada ante la intervención de Dios. Aquello que parecía sólido, monumental e invencible queda reducido a polvo. Y esta escena nos recuerda que toda grandeza humana tiene fecha de caducidad cuando pretende ocupar el lugar que únicamente corresponde al Rey eterno. Los imperios levantan estatuas, escriben sus nombres en piedra y se imaginan indispensables; Dios, en cambio, sopla sobre ellos y demuestra que la historia nunca estuvo en manos de los hombres. Y es aquí donde podemos volver a la pregunta de Juan: «¿Eres tú el que había de venir, o esperamos a otro?» La respuesta se encuentra en la Roca que destruye la estatua. Daniel 2 —aunque el capítulo 4 reafirma el mismo señorío soberano de Dios sobre Nabucodonosor— describe esa Roca «cortada, no con mano» que golpea los pies de la estatua y desmenuza todos los reinos, hasta convertirse en un gran monte que llena toda la tierra (Dn. 2:34-35). Esa Roca representa el Reino que Dios mismo establece y que jamás será destruido (Dn. 2:44). Y cuando llegamos al Nuevo Testamento, descubrimos que Cristo es presentado precisamente como la Piedra, la Roca sobre la cual Dios establece su obra definitiva: «La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo» (Mt. 21:42). Cristo es la Roca eterna porque Él no pertenece a la categoría de los poderes pasajeros de este mundo. Su Reino «no es de este mundo» (Jn. 18:36), pero esto no significa que sea irrelevante para el mundo. Significa que su origen, naturaleza y autoridad no proceden de este sistema caído. Su Reino viene de Dios y, precisamente por eso, reclama autoridad sobre todos los mundos: sobre el mundo visible y el invisible, sobre las naciones y los individuos, sobre la historia y la eternidad, sobre la vida y la muerte. «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra» (Mt. 28:18). Cristo no vino para solicitar una pequeña parcela religiosa dentro de la realidad humana; vino como Soberano Señor de los mundos.

  • Yesterday · 41 min

    Helo ahí: el REY eterno

    Juan el Bautista preguntó si Jesús era realmente Aquel que vendría. En Daniel 7 encontramos una de las respuestas más majestuosas de todo el Antiguo Testamento. El profeta contempla «uno como hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días» y recibe «dominio, gloria y reino» (Dn. 7:13-14). No aparece aquí un gobernante más entre los gobernantes de la historia, sino el Rey cuyo dominio trasciende todos los imperios humanos. Daniel había visto levantarse las grandes potencias representadas por las bestias: Babilonia, Persia, Grecia y Roma; reinos impresionantes, violentos y pasajeros, que parecían invencibles mientras ocupaban el escenario de la historia, pero que finalmente fueron derribados. Frente a ellos aparece el Hijo del Hombre: no una bestia, sino un hombre; no un tirano entre tiranos, sino el Rey legítimo que recibe del Padre un reino que «no será destruido» (Dn. 7:14). El evangelio proclama LA GRANDEZA DE CRISTO: Él no vino simplemente a ofrecer una alternativa espiritual; vino proclamando un Reino. Su primera predicación fue: «El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio» (Mr. 1:15). El evangelio no nos invita únicamente a admirar a Jesús como una figura religiosa inspiradora. Nos anuncia que el Rey ha venido. Y cuando llega el Rey, la respuesta apropiada de sus súbditos no puede ser la indiferencia. Su Reino demanda rendición, porque Él tiene toda autoridad; demanda lealtad, porque no podemos servir simultáneamente al Rey y a nuestros ídolos; y demanda admiración, porque jamás hubo ni habrá un Rey semejante. Cristo no compite con los reinos de este mundo como si fuera simplemente otro candidato a ocupar un trono. Él está por encima de todos ellos. Los imperios tienen fronteras, fechas de nacimiento y fechas de defunción; el Reino de Cristo no tiene fecha de caducidad. Babilonia cayó. Persia cayó. Grecia cayó. Roma cayó. Los grandes poderes políticos de cada generación terminan convertidos en capítulos de un libro de historia, mientras el Hijo del Hombre permanece. «Su dominio es dominio eterno, que nunca pasará» (Dn. 7:14). Los hombres levantan monumentos para recordar a sus reyes; Cristo no necesita monumentos porque Él mismo es el Rey eterno.

  • Thursday · 47 min

    Helo ahí; nuestro buen PASTOR

    En medio de la devastación de Israel, Ezequiel levanta una acusación contra los pastores de Israel. Habían dejado de cuidar al rebaño; se apacentaban a sí mismos y abandonaban a las ovejas. Pero Dios promete que Él mismo intervendrá: «Así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo, yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las reconoceré» (Ez. 34:11). Y más adelante declara: «Y levantaré sobre ellas a un pastor, y él las apacentará; a mi siervo David, él las apacentará, y él les será por pastor» (Ez. 34:23). La promesa es extraordinaria: Dios mismo vendrá a buscar a sus ovejas - Y siglos después aparece Jesús - Entonces podemos volver a la pregunta de Juan: «¿Eres tú el que había de venir?» Sí - Helo ahí: el Buen Pastor. Ezequiel retrata a las ovejas como dispersas, heridas y vulnerables. El problema no era solamente que las ovejas se hubieran perdido; también habían sido abandonadas por quienes debían cuidarlas. Pero detrás de esta imagen encontramos nuestra propia condición espiritual. Isaías había dicho: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino» (Is. 53:6). Ese es nuestro problema - Nos descarriamos - Nos apartamos - Seguimos nuestros propios caminos. Y el pecado siempre termina llevándonos lejos del Pastor. La oveja perdida no necesita simplemente mejores instrucciones para encontrar el camino. Necesita que alguien vaya a buscarla. Y eso es precisamente lo que Dios promete: «Yo mismo iré a buscar mis ovejas» ¡Qué gracia! Dios no espera pasivamente a que las ovejas extraviadas encuentren por sí mismas el camino de regreso - Él viene a buscarlas.

  • Tuesday · 42 min

    Helo ahí: el REGRESO a casa

    Hay momentos en los que la Escritura deja de hablarnos de manera cómoda y comienza a hablarnos como un espejo. Lamentaciones es uno de esos libros. Jerusalén está en ruinas. El templo ha sido profanado. El pueblo ha sido llevado al exilio. Las calles que alguna vez estuvieron llenas de vida ahora están desoladas. La nación contempla las consecuencias de haber abandonado a su Dios. Lamentaciones no maquilla la tragedia - No convierte el juicio en una experiencia terapéutica - No explica el pecado diciendo que el pueblo simplemente «estaba atravesando una temporada difícil» - Había pecado. Había rebelión. Y había juicio. Pero precisamente allí, entre las ruinas, aparece una de las declaraciones más luminosas de toda la Escritura: «Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos a Jehová» (Lm. 3:40). El profeta no llama al pueblo simplemente a sentirse mal por sus circunstancias. Lo llama a volver a Dios - Y aquí encontramos una maravillosa conexión con el evangelio: el Dios que llama a su pueblo a volver es el mismo Dios que, en Cristo, abre el camino de regreso a casa.

  • August 22 · 44 min

    Helo ahí: el JUSTO bajo condena

    El pecado no es una simple mancha superficial que pueda quitarse con un poco de jabón religioso. Podemos intentar reformarnos. Podemos mejorar nuestros hábitos. Podemos disciplinarnos. Podemos construir una reputación moral. Podemos aprender teología. Podemos llenar nuestras estanterías de libros cristianos. Podemos cantar himnos y asistir a cultos. Podemos incluso intentar «mejorar nuestros caminos». Pero si el problema fundamental es nuestra culpa delante del Dios santo, ninguna cantidad de jabón moral puede lavar el pecado. La lejía no puede justificar al culpable. Nuestra reforma necesita llegar más profundo que nuestras manos. Necesita llegar a nuestra culpa delante del tribunal de Dios. Y aquí aparece la tragedia de Jeremías: Dios exige justicia, pero nosotros somos injustos. Dios exige obediencia, pero nosotros hemos dejado su Ley. Dios exige pureza, pero nuestra mancha permanece. Dios llama: «Mejorad vuestros caminos». Y nosotros descubrimos que necesitamos algo mucho más grande que una simple mejora. Necesitamos un Salvador.

  • August 20 · 47 min

    Helo ahí; el CORDERO de Dios

    «¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?» Mateo 11:3 La pregunta de Juan el Bautista no podía responderse solamente señalando los milagros de Jesús. Había que mirar más profundamente: ¿qué clase de Mesías era este? ¿Qué había venido a hacer? Juan ya había dado una respuesta cuando vio a Jesús acercarse: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn. 1:29). El Mesías esperado no sería simplemente un maestro, un reformador, un rey político o un ejemplo moral. Sería el Cordero. Y para comprender qué significa esto debemos regresar a Isaías, porque siglos antes el profeta había contemplado al Siervo sufriente y había descrito la obra que realizaría por su pueblo: «Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados» (Is. 53:5). Isaías continúa: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Is. 53:6) - Y entonces, aparece una de las imágenes más poderosas de toda la Escritura: «Como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca» (Is. 53:7). Aquí está el corazón de nuestra esperanza: Aquel que vendría sería el Cordero que sería inmolado. No vino simplemente para enseñarnos cómo vivir. Vino para morir en nuestro lugar.

  • August 18 · 40 min

    Helo ahí; Dios con nosotros

    «¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?» Mateo 11:3 Hay preguntas que nacen de la duda y otras que nacen de la esperanza. La pregunta de Juan el Bautista pertenece a un momento particularmente oscuro. El profeta que había anunciado con valentía la llegada del Mesías ahora se encuentra encarcelado, y desde allí pregunta a Jesús: «¿Eres tú el que vendría, o esperamos a otro?» - Juan no estaba preguntando simplemente por la identidad de un hombre. Estaba preguntando si Jesús era Aquel que Dios había prometido; Aquel que vendría a cumplir las promesas, establecer su reino, salvar a su pueblo y traer la redención esperada desde antiguo. La respuesta de Jesús no fue una explicación filosófica, sino la evidencia de sus obras: los ciegos veían, los cojos andaban, los leprosos eran limpiados, los sordos oían, los muertos eran resucitados y a los pobres era anunciado el evangelio (Mt. 11:4-5). Sí, Él era Aquel que vendría - Y la grandeza de esta venida puede contemplarse desde cuatro momentos fundamentales de la historia de la redención.

  • August 13 · 44 min

    OBEDIENTE hasta la muerte

    Cuando hablamos de la obra de Cristo, no debemos pensar solamente en lo que sufrió en la cruz. Cristo vino a salvarnos como nuestro Mediador y Sustituto, y para hacerlo debía cumplir perfectamente toda justicia en nuestro lugar. Su obediencia tuvo dos dimensiones inseparables: obediencia activa y obediencia pasiva. La obediencia activa de Cristo fue su vida perfecta de obediencia a la voluntad del Padre. Desde su nacimiento hasta su último aliento, Jesús cumplió la Ley que nosotros hemos quebrantado. Él amó a Dios perfectamente, amó al prójimo perfectamente y jamás cometió pecado. Por eso pudo decir: «Yo hago siempre lo que le agrada» (Jn. 8:29). La obediencia pasiva se refiere a su disposición voluntaria para sufrir y soportar la condena que nuestros pecados merecían. No significa que Cristo fuera pasivo o que simplemente le sucedieran las cosas. Al contrario: se entregó voluntariamente. «Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil. 2:8). Aquí contemplamos la grandeza del sustituto: Cristo obedeció donde nosotros desobedecimos y sufrió donde nosotros debíamos sufrir. Vivió la vida que nosotros no podíamos vivir y murió la muerte que nosotros merecíamos morir. Por eso podemos decir con profunda gratitud: Cristo no solo murió por nosotros, sino que también vivió por nosotros (y su justicia nos es imputada). Su perfecta justicia es contada como nuestra por medio de la fe. Como enseña Pablo: «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Co. 5:21). ¡Qué maravilloso intercambio! Nuestra culpa fue puesta sobre Cristo; su justicia es puesta sobre nosotros. Él recibe nuestra condena; nosotros recibimos su aceptación. Él lleva nuestro pecado; nosotros somos vestidos de su justicia. Así, nuestra salvación no descansa en una obediencia incompleta que Dios decidió tolerar, sino en la obediencia perfecta de nuestro Mediador. Cristo no solamente pagó nuestra deuda: también obtuvo para nosotros la justicia necesaria para presentarnos delante de Dios. Por eso, cuando nuestra conciencia nos acusa, no miramos hacia nuestras propias obras buscando suficiente justicia. Miramos a Cristo. Nuestra esperanza no está en lo bien que hemos obedecido, sino en Aquel que fue obediente hasta la muerte. Y porque él obedeció hasta el final, podemos descansar en esta gloriosa verdad: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Ro. 8:1). ¡Bendito sea Cristo, nuestro Sustituto, cuya muerte satisface la justicia y cuya vida perfecta constituye nuestra justicia delante de Dios!

  • August 12 · 39 min

    Glorioso (y muy costoso) INTERCAMBIO

    "Expiación penal sustitutiva" es el nombre teológico (y largo) para una verdad gloriosa y sencilla: Cristo hizo un intercambio. El Justo tomó el lugar de los injustos; el Santo ocupó el lugar de los culpables; el Hijo de Dios recibió sobre sí lo que nosotros merecíamos, para que nosotros recibiéramos lo que solamente Él podía darnos. Como dice Pedro: «Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 Pedro 3:18). En la cruz hubo un intercambio santo y terrible: Nuestra CULPA por su JUSTICIA. Cristo cargó con nuestra culpa. «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Corintios 5:21). No porque Cristo se hiciera pecador, sino porque nuestros pecados le fueron imputados judicialmente como representante y sustituto de su pueblo. Nuestra CONDENA por su ACEPTACIÓN. «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1). La condena que justamente correspondía al culpable cayó sobre el Sustituto. El Juez no ignoró nuestra deuda; la deuda fue satisfecha en Cristo. Por eso, para quienes están unidos a Él, la sentencia condenatoria ha sido removida. Nuestro COSTO por su SACRIFICIO. Nuestra redención no fue barata. «Porque habéis sido comprados por precio» (1 Corintios 6:20). El precio no fueron buenas obras, méritos religiosos, penitencias ni lágrimas humanas. Fue la sangre preciosa de Cristo. «Fuisteis rescatados... con la sangre preciosa de Cristo» (1 Pedro 1:18-19). Nuestro CASTIGO por su PADECIMIENTO. «Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él» (Isaías 53:5). Cristo no solamente sufrió con nosotros; sufrió por nosotros. No fue una tragedia accidental ni un simple ejemplo de amor abnegado. Fue el Cordero entregándose voluntariamente para satisfacer la justicia divina. Este es el corazón del evangelio: Cristo tomó lo nuestro y nos dio lo suyo. Nuestra culpa fue puesta sobre Él; su justicia es acreditada a nosotros. Nuestra condena cayó sobre Él; nuestra justificación descansa en Él. Nuestro precio fue pagado por Él; nuestra redención está asegurada en Él. Por eso la cruz no es simplemente un símbolo de amor. Es el lugar donde el amor de Dios y la justicia de Dios se encuentran sin contradicción. Dios no salvó al pecador pasando por alto el pecado; lo salvó juzgando el pecado en el Sustituto. El Justo murió por los injustos. Ese fue el intercambio. Ese fue el precio. Ese es nuestro Salvador - esa es nuestra esperanza y única vía de redención.

  • July 25 · 31 min

    Viviendo de la CARIDAD

    Antes que el hombre alabara a Dios, Dios tuvo misericordia del hombre. Antes que nosotros buscáramos un camino de regreso, Cristo descendió a buscarnos. La cruz no fue un accesorio, el calvario no fue improvisado y la sangre de Cristo no fue un gesto de amor excéntrico; la muerte de Cristo fue el acto supremo de la justicia y de la caridad divina encontrándose en el mismo madero. El pecador no fue salvado por lo que hizo para Cristo - fue salvado por lo que Cristo hizo por él. Y esa es la mayor expresión de caridad que el universo haya conocido: el Santo muriendo por los culpables, el Justo ocupando el lugar de los injustos, para que los condenados fueran llamados hijos de Dios.

  • July 23 · 40 min

    El gran RESCATE

    "Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en RESCATE por muchos" (Mar 10:45) La historia de la redención puede resumirse en una sola palabra: rescate. El evangelio no narra el esfuerzo del hombre por encontrar a Dios, sino la iniciativa soberana de Dios para rescatar al hombre. Cristo no descendió al mundo para mejorar a personas extraviadas, sino para salvar a pecadores muertos en sus delitos y pecados (Efesios 2:1). No vino a ofrecer un consejo espiritual, sino a consumar una obra perfecta de redención. El Hijo del Hombre declaró el propósito de su misión con absoluta claridad: "Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido" (Lucas 19:10). El rescate de Cristo no es una metáfora sentimental, sino una realidad histórica, jurídica y espiritual, adquirida a un precio infinito: su propia sangre. AHORA SOMOS DE CRISTO Nuestra mente, nuestras palabras, nuestro trabajo, nuestros recursos, nuestras familias y nuestros días ya no son nuestros. Han sido comprados por un precio infinito. Como exhorta el apóstol: "Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios." (1 Corintios 6:20) El gran rescate culminará cuando el pueblo adquirido por la sangre del Cordero esté reunido delante de su trono, procedente de toda tribu, lengua, pueblo y nación. Entonces la iglesia comprenderá plenamente que jamás fue autora de su salvación, sino objeto de una misericordia inmerecida. Hasta ese día seguimos proclamando el evangelio del Gran Rescate: Cristo descendió hasta nuestra miseria para llevarnos a su gloria; tomó nuestra condenación para darnos su justicia; derramó su sangre para hacernos libres; nos rescató de las tinieblas para hacernos herederos de su Reino eterno. Porque la salvación tiene un precio. Nosotros no lo pagamos. Lo pagó el Cordero de Dios.

  • July 21 · 43 min

    PAZ de la buena; de la cara

    Vivimos en una época que vende paz a bajo costo. Se promete tranquilidad mediante el entretenimiento, el consumo, la evasión, la estabilidad económica o las técnicas de relajación. Es una paz superficial: calma por un momento la conciencia, pero no puede responder al problema más profundo del hombre: su enemistad con Dios. Es una paz barata porque no trata la causa de nuestro vacío y extravío; simplemente nos distrae de ellos. La Escritura presenta una paz completamente distinta. La paz del evangelio no fue producida por un acuerdo entre Dios y el hombre, ni por el esfuerzo moral de la humanidad. Fue comprada. Costó un precio infinitamente alto: la sangre del Hijo eterno de Dios - "Y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas... haciendo la paz mediante la sangre de su cruz." (Colosenses 1:20) Con frecuencia hablamos de la salvación como un regalo gratuito —y ciertamente lo es para nosotros—, pero olvidamos que ningún regalo es realmente gratuito para quien paga su costo. La gracia no significa que la salvación no tenga precio; significa que el precio no lo pagamos nosotros. Cristo lo pagó en nuestro lugar. Nuestra redención no fue adquirida con bienes materiales, esfuerzos religiosos o méritos humanos - "Sabiendo que fuisteis rescatados... no con cosas corruptibles, como oro o plata... sino con la sangre preciosa de Cristo." (1 Pedro 1:18-19) Cada gota de esa sangre proclama la santidad de Dios, la gravedad de nuestro pecado y la inmensidad de su amor. En la cruz no vemos un Dios que simplemente decidió ignorar la culpa; contemplamos al Juez justo satisfaciendo plenamente su propia justicia para poder justificar al pecador que cree en Cristo (Romanos 3:25-26). Por eso la paz verdadera es una paz cara. Costó el abandono, el sufrimiento, la obediencia perfecta y la muerte del Cordero de Dios. Allí fue derribado el muro de separación; allí cesó la enemistad; allí los rebeldes fueron adoptados como hijos y los enemigos fueron recibidos como amigos de Dios - "Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo." (Romanos 5:1) Esta verdad debería producir en nosotros un asombro permanente. Cuando olvidamos el precio de nuestra salvación, la gracia comienza a parecernos algo común. La adoración pierde profundidad, la obediencia se vuelve liviana y la gratitud se enfría. Pero cuando recordamos que nuestra paz fue comprada con sangre, aprendemos a valorar más a Cristo que todos los tesoros del mundo. La iglesia nunca debe acostumbrarse a la cruz. No existe un solo día en que el creyente deje de necesitar la sangre de Cristo. Cada oración aceptada, cada pecado perdonado, cada acto de adopción, cada esperanza de gloria y cada instante de comunión con Dios descansan sobre el mismo fundamento: el sacrificio perfecto del Señor Jesucristo. La paz del mundo cuesta poco y dura poco. La paz de Dios costó la vida del Salvador y dura para siempre. Una adormece la conciencia; la otra la limpia. Una es circunstancial; la otra es eterna. Una evita el conflicto exterior; la otra elimina la condenación delante del Dios santo. Vivamos, pues, contemplando el precio de nuestra paz. Que nunca llamemos "barata" a una gracia que costó la sangre del Hijo de Dios. Si nuestra reconciliación costó tanto, nuestra respuesta no puede ser la indiferencia, sino una vida de creciente devoción, humilde obediencia y profunda gratitud a Aquel que "nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre" (Apocalipsis 1:5).

  • July 10 · 46 min

    Un solo bautismo

    "Un Señor, una fe, un bautismo" (Efesios 4:5). Con estas palabras, el apóstol Pablo recuerda que la iglesia no solo comparte una misma doctrina, sino también una misma identidad. El bautismo no es un simple rito religioso ni una tradición eclesiástica; es un signo visible instituido por Cristo que proclama las realidades invisibles de su gracia y fortalece la fe del pueblo del pacto. En primer lugar, el bautismo es OBEDIENCIA. Nuestro Señor ordenó: "Id, y haced discípulos... bautizándolos" (Mateo 28:19). Quien recibe el bautismo confiesa públicamente que desea caminar bajo el señorío de Cristo, sometiéndose con gratitud a su voluntad. No nos bautizamos para ganar el favor de Dios, sino porque ya hemos sido llamados por Aquel que tiene toda autoridad en el cielo y en la tierra. El bautismo también es SELLO. Como la circuncisión fue la señal del pacto en la antigua administración, el bautismo es ahora la señal visible del pacto de gracia (Colosenses 2:11-12). No produce automáticamente la salvación, pero identifica al creyente con el pueblo del Señor y le recuerda que pertenece al Dios que hace promesas y permanece fiel para cumplirlas. Es una marca de pertenencia al reino de Cristo y a su iglesia visible. Asimismo, el bautismo representa LAVAMIENTO. El agua no limpia el pecado por sí misma, sino que simboliza la purificación que el Espíritu Santo realiza por la obra redentora de Cristo (Tito 3:5; Ezequiel 36:25-27). Cada vez que contemplamos un bautismo recordamos que solo el Señor puede limpiar la conciencia, renovar el corazón y capacitarnos para vivir en santidad. El bautismo también expresa VÍNCULO. Por medio de Cristo no solo somos reconciliados con Dios, sino incorporados a un solo cuerpo (1 Corintios 12:13). El bautismo declara que ya no caminamos solos: pertenecemos a una familia espiritual, compartimos una misma fe y servimos juntos como un solo pueblo. La comunión de los santos no es un accesorio de la vida cristiana, sino una consecuencia del evangelio que el bautismo anuncia. Finalmente, el bautismo señala nuestra ESPERANZA. Al identificarnos con Cristo en su muerte y resurrección (Romanos 6:3-5), confesamos que aguardamos el cumplimiento pleno de todas sus promesas. Miramos hacia el día en que la santificación será perfecta, el pecado desaparecerá para siempre y el pueblo redimido vivirá eternamente con su Salvador. Así, el bautismo no solo recuerda la gracia recibida, sino que también dirige nuestra mirada hacia la gloria venidera. “Un solo bautismo” nos recuerda, entonces, una sola obediencia, un solo pacto, una sola limpieza, un solo pueblo y una sola esperanza. Quienes han sido marcados con esta señal son llamados a vivir de manera digna del evangelio, perseverando en la fe hasta el día en que aquello que hoy confesamos por medio del signo será contemplado plenamente en la presencia de nuestro Señor.

  • July 8 · 41 min

    Una iglesia APOSTÓLICA

    Cuando la Iglesia confiesa ser apostólica, no afirma que los apóstoles continúen apareciendo en cada generación, ni que exista una cadena ininterrumpida de nuevos reveladores. Confiesa, más bien, que el Espíritu Santo edificó a la Iglesia sobre el testimonio único e irrepetible de los apóstoles de Jesucristo, preservando su doctrina y extendiendo su misión hasta los confines de la tierra. La apostolicidad de la Iglesia es, por tanto, una obra permanente del Espíritu Santo. Él no vino para reemplazar el ministerio apostólico, sino para establecerlo, preservarlo y hacerlo fructificar en todas las generaciones. Lo que el Espíritu inspiró en el primer siglo continúa iluminando, gobernando y edificando a la Iglesia por medio de las Escrituras. FUNDAMENTO APOSTÓLICO El Espíritu Santo constituyó a los apóstoles como testigos autorizados de la persona, muerte, resurrección y exaltación de Cristo. Por eso, la Iglesia está "edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo" (Efesios 2:20). Un fundamento se coloca una sola vez; no necesita ser reconstruido continuamente. La revelación apostólica quedó completa cuando el Señor concluyó la obra encomendada a sus apóstoles, y el Espíritu preservó ese testimonio en las Sagradas Escrituras para beneficio de toda la Iglesia. DOCTRINA APOSTÓLICA La primera comunidad cristiana "perseveraba en la doctrina de los apóstoles" (Hechos 2:42). Esa perseverancia no fue un mérito humano, sino el fruto de la obra santificadora del Espíritu Santo, quien guía a la Iglesia a permanecer en la verdad revelada por Cristo. Allí donde la predicación, la enseñanza y la adoración permanecen sometidas a la Palabra inspirada, allí la Iglesia manifiesta su carácter apostólico. No es apostólica porque produzca nuevas doctrinas, sino porque conserva fielmente la doctrina recibida "una vez para siempre" (Judas 3). VOCACIÓN APOSTÓLICA El mismo Espíritu que estableció el fundamento y preserva la doctrina también impulsa la misión. La Iglesia es enviada al mundo para proclamar el evangelio, hacer discípulos, bautizar y enseñar todo lo que Cristo mandó (Mateo 28:18–20). En este sentido, toda la Iglesia participa de una vocación apostólica: no como poseedora de la autoridad irrepetible de los Doce, sino como heredera de su comisión. El Espíritu Santo continúa enviando a su pueblo para anunciar el señorío de Cristo, plantar iglesias, discipular a las naciones y llamar a los hombres al arrepentimiento y a la fe. IGLESIA APOSTÓLICA La Iglesia, por tanto, permanece apostólica mientras conserve estas tres realidades inseparables: el fundamento apostólico de la revelación bíblica, la doctrina apostólica transmitida en las Escrituras y la vocación apostólica de anunciar el evangelio a todas las naciones. En cada una de ellas resplandece la obra fiel del Espíritu Santo, quien no dirige la atención hacia sí mismo, sino hacia Cristo, preservando a su Iglesia en la verdad y capacitándola para cumplir su misión hasta el día en que el Señor vuelva en gloria.

  • July 3 · 47 min

    Unida, ungida y universal

    El Espíritu Santo habita en la Iglesia. Él es quien reúne lo que el pecado dispersó, santifica lo que Cristo redimió y preserva hasta el fin al pueblo que el Padre escogió. La Iglesia no es una asociación voluntaria sostenida por afinidades humanas, sino una creación sobrenatural del Dios trino. Si el Padre la eligió desde antes de la fundación del mundo y el Hijo la compró con su propia sangre, el Espíritu Santo la llama, la congrega, la vivifica y la guarda. Por ello, la Iglesia confiesa desde los primeros siglos ser una, santa y universal. Estas no son aspiraciones piadosas, sino realidades producidas por la obra del Espíritu. La Iglesia es una porque "hay un solo cuerpo y un solo Espíritu" (Efesios 4:4). Su unidad no nace de estructuras eclesiásticas, consensos políticos ni uniformidad cultural. Procede de la unión vital con Cristo, la Cabeza de la Iglesia. El mismo Espíritu que regeneró a cada creyente los bautizó en un solo cuerpo (1 Corintios 12:13). Allí donde el evangelio es fielmente predicado y los sacramentos son administrados conforme a la institución de Cristo, el Espíritu sigue reuniendo a sus elegidos desde toda lengua, tribu y nación. La verdadera unidad no sacrifica la verdad para conservar la paz; preserva la paz porque permanece en la verdad. La Iglesia es santa porque pertenece al Dios tres veces santo. Su santidad no consiste en la impecabilidad de sus miembros, sino en haber sido apartada para Dios mediante la sangre de Cristo y en ser continuamente transformada por la obra santificadora del Espíritu. El Consolador no solo convence de pecado, justicia y juicio (Juan 16:8), sino que también conforma progresivamente a los redimidos a la imagen del Hijo (2 Corintios 3:18). Una Iglesia sin santidad contradice su confesión; pero una Iglesia que lucha contra el pecado, se arrepiente y persevera manifiesta la fidelidad del Espíritu que no abandona la obra que comenzó. La Iglesia es universal porque el Reino de Cristo no conoce fronteras nacionales, étnicas ni temporales. El Espíritu Santo derribó el muro de separación entre judíos y gentiles y continúa llamando a hombres y mujeres de todos los pueblos para incorporarlos al mismo cuerpo. Esta universalidad también trasciende las generaciones: la Iglesia de hoy no es distinta de la Iglesia apostólica ni está desconectada de los santos que ya descansan en Cristo. Existe un solo pueblo del pacto, una sola fe, un solo Señor y una sola esperanza. Por eso confesamos con gratitud que la Iglesia permanecerá hasta el fin. No porque sea fuerte en sí misma, sino porque el Espíritu Santo es fiel. Él preserva la verdad frente al error, sostiene a los santos en medio de la persecución y levanta continuamente una generación que proclame las virtudes de Aquel que la llamó de las tinieblas a su luz admirable. Las puertas del Hades no prevalecerán contra la Iglesia (Mateo 16:18), no porque sus miembros sean invencibles, sino porque el Espíritu del Dios vivo mora en ella.

  • June 30 · 53 min

    Santificado sea tu pueblo

    El Espíritu Santo no solo regenera individuos; Él edifica un pueblo. Desde Pentecostés hasta el día glorioso del regreso de Cristo, el Espíritu reúne, vivifica, preserva y perfecciona a la santa Iglesia universal, ese pueblo comprado por la sangre del Cordero «de todo linaje y lengua y pueblo y nación» (Apocalipsis 5:9). La Iglesia no es una asociación voluntaria sostenida por entusiasmo humano, sino «edificio de Dios» (1 Corintios 3:9), «templo del Espíritu Santo» (Efesios 2:21-22) y «linaje escogido, real sacerdocio, nación santa» (1 Pedro 2:9). La identidad de la Iglesia descansa en la obra del Espíritu. Él aplica eficazmente los méritos de Cristo a los elegidos, los incorpora al cuerpo del Señor y los sella «para el día de la redención» (Efesios 4:30). Por eso la confesión histórica de la Iglesia afirma que creemos en «la santa Iglesia universal». Su santidad no nace de la impecabilidad de sus miembros, sino de la consagración que Dios ha obrado en ellos por pura gracia.

  • June 26 · 55 min

    Habló por los profetas

    Cuando confesamos que el Espíritu Santo "habló por los profetas", estamos afirmando una de las verdades más consoladoras de la fe cristiana: Dios no permaneció en silencio. El Dios infinito, santo e incomprensible descendió con infinita condescendencia para darse a conocer a criaturas finitas, caídas y rebeldes. La revelación no nació de la búsqueda del hombre por Dios, sino de la misericordia de Dios hacia el hombre. El pecado había oscurecido nuestro entendimiento y torcido nuestro corazón. Jamás habríamos encontrado el camino de regreso al Señor si Él no hubiera tomado la iniciativa de hablarnos. Por eso, el Espíritu Santo movió a los profetas y, más tarde, a los apóstoles para que escribieran, no sus propias especulaciones, sino la misma Palabra de Dios. Como declara el apóstol Pedro: "Los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo" (2 Pedro 1:21). Las Escrituras son, entonces, el don misericordioso mediante el cual Dios nos comunica la verdad acerca de Sí mismo, desenmascara nuestra condición de pecado, revela el único camino de redención en Jesucristo y nos guía en la senda de la vida. En ellas encontramos la sabiduría que conduce a la salvación y la voz del Buen Pastor que sigue llamando a sus ovejas. La inspiración divina garantiza que la Biblia posee la autoridad de su Autor. No es simplemente un registro humano de experiencias religiosas, sino la Palabra de Dios expresada por medio de autores humanos, preservados por el Espíritu Santo para comunicar fielmente todo cuanto Dios quiso revelar para nuestra salvación y santificación. Acerquémonos, pues, a las Escrituras con reverencia, gratitud y obediencia. Cada página nos recuerda que el Dios que pudo haber guardado silencio decidió hablar; el Dios que pudo habernos dejado en nuestras tinieblas encendió la luz de su verdad; el Dios que pudo condenarnos sin más nos mostró, en su Palabra, el camino de la vida eterna en Cristo. ¡Qué inmensa misericordia que el Espíritu Santo haya hablado por los profetas!

  • June 24 · 54 min

    Nacer de nuevo, vivir de verdad

    Nacer de nuevo es el regalo más grande que Dios concede al pecador. Cuando el Espíritu Santo nos da vida, el corazón endurecido comienza a amar a Cristo, los ojos espirituales se abren para contemplar su belleza y el alma descubre el gozo de caminar con Él. No se trata de vivir "una vida mejor", sino una vida nueva. Aquel que estaba muerto en sus pecados ahora vive para Dios, porque ha sido hecho una nueva creación por pura gracia. El nuevo nacimiento es el comienzo de una vida de arrepentimiento, fe, obediencia y esperanza, sostenida cada día por el Señor que nos hizo renacer para una esperanza viva (Jn. 3:3; Tit. 3:5; Ef. 2:1–5; 1 P. 1:3, 23; 2 Co. 5:17).

  • June 20 · 41 min

    Espíritu Santo, Señor y dador de vida

    El Espíritu Santo es «Señor y Dador de vida». Este título une la soberanía de la Deidad con la experiencia diaria de la gracia en el creyente. ¿Quién es el Espíritu Santo? {1} La Tercera Persona de la Trinidad: Plenamente Dios El Espíritu Santo no es una fuerza impersonal, una energía mística ni la "influencia" de Dios en el mundo. Él es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, coeterno, coigual y consustancial con el Padre y el Hijo. Posee intelecto, voluntad y emociones, y comparte los mismos atributos divinos de omnisciencia, omnipresencia y omnipotencia. Como bien señalaba Juan Calvino, adorar a Dios en verdad requiere reconocer que el Espíritu posee la misma esencia divina. Negar su personalidad o su deidad es fracturar nuestra comprensión de la comunión con el Dios Trino. {2} El Agente de la Redención Aplicada En el pacto de la redención, el Padre planifica la salvación y el Hijo la logra en la cruz. Sin embargo, los beneficios de esa obra perfecta quedarían fuera de nuestro alcance si no fuera por el Espíritu Santo. Él es el agente soberano que aplica la obra de Cristo al corazón del elegido. En nuestra regeneración: El Espíritu Santo rompe la dureza de nuestro corazón y nos da vida espiritual cuando estábamos muertos en delitos y pecados. El Espíritu Santo nos provee unión con Cristo: Nos injerta en la Vid Verdadera, permitiendo que la justicia, la adopción y la santificación logradas por Jesús pasen a ser legal y vitalmente nuestras. Sin la operación interna del Espíritu, la cruz sería un evento histórico lejano; por su gracia, es una realidad transformadora hoy. {3} El Consolador, Guía y Guardián de la Iglesia Cristo prometió no dejarnos huérfanos y nos envió al Paracletos, el Consolador. En medio de un mundo caído y plagado de aflicciones, el Espíritu Santo es nuestro Abogado y Consolador permanente. Su ministerio actual es de una fidelidad inquebrantable: Nos guía a la verdad: Ilumina las Sagradas Escrituras para que discernamos la voluntad del Padre. Nos guarda: Actúa como el sello y la garantía (arras) de nuestra herencia eterna, preservándonos en la fe. Nos sostiene hasta el Retorno: Intercede por nosotros con gemidos indecibles y nos capacita para perseverar en santidad. Hasta que nuestro Salvador regrese en gloria a reclamar a Su Esposa, la Iglesia no camina sola. El Espíritu Santo nos une a Cristo, nos consuela en la prueba y asegura nuestro destino eterno.

  • June 16 · 45 min

    Jesús es mi Rey soberano

    Muchos desean a Cristo como Salvador, pero pocos lo abrazan como Señor. Sin embargo, la Escritura jamás separa estas dos realidades. El mismo Jesús que salva es el Jesús que reina. El mismo que derramó su sangre en la cruz es el que hoy está sentado a la diestra del Padre, ejerciendo toda autoridad sobre el cielo y la tierra (Mateo 28:18). La salvación bíblica no consiste simplemente en obtener un boleto para escapar del infierno. Consiste en ser rescatados del dominio del pecado para entrar voluntaria y gozosamente bajo el dominio de Cristo. Por eso el evangelio llama a los hombres no solo a creer en Jesús, sino también a someterse a Él. Como escribió Pablo: «si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo» (Romanos 10:9). La doctrina conocida como "salvación por señorío" no enseña que la obediencia nos salva, sino que la fe que salva jamás permanece sola. Quien recibe a Cristo como Salvador también lo recibe como Rey. No puede haber justificación sin reconciliación con su gobierno. Cristo no es un accesorio religioso para emergencias eternas; es el Tesoro supremo que debe ser admirado, amado, honrado y obedecido. Por eso, la pregunta no es simplemente: "¿Dices que Jesús es Señor?", sino: "¿Gobierna realmente tu vida?". Nuestro Señor advirtió solemnemente: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre» (Mateo 7:21). Decir "Señor, Señor" es fácil. Rendirle el trono del corazón es otra cosa. El verdadero discípulo no solo busca el perdón de Cristo; busca también su gobierno. Porque Cristo es Salvador únicamente de aquellos que, por la gracia de Dios, le reconocen, le adoran y le siguen como SEÑOR. Jesús no vino simplemente para mejorar tu vida; vino para reclamarla. No vino solo para librarte de la condenación, sino para sentarse en el trono de tu existencia. El Salvador que perdona es el mismo Rey que gobierna.

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