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Religion & SpiritualityChristianityExplicit

unaVidaReformada

samuel hernández clemente

mirando la vida desde la perspectiva de Dios

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  • 40 episodes
  • Avg 44 min
  • Spanish
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  • Friday · 54 min

    Deja de CONTROLAR tu enojo

    No controles el enojo: mátalo. El enojo pecaminoso no debe disimularse, guardarse, mitigarse ni simplemente reorientarse; debe mortificarse. No basta con aprender a contener nuestras reacciones mientras la ira sigue gobernando el corazón. La Escritura nos manda: «Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros» (Colosenses 3:5). Y entre las manifestaciones de nuestra vieja naturaleza que debemos abandonar están la ira, el enojo y la malicia (Colosenses 3:8). Dejemos de culpar a las circunstancias por nuestro enojo y de justificar nuestra ira señalando lo que otros hicieron. Las provocaciones pueden revelar nuestras debilidades, pero no convierten nuestro pecado en virtud. Ser enojón no es una condición que debamos aceptar resignadamente; el mal carácter no es una virtud, y hacer un pleito de cualquier cosa no es señal de firmeza ni de sabiduría. «La blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor» (Proverbios 15:1). No necesitamos mejores excusas, sino verdadero arrepentimiento. No necesitamos perfeccionar nuestras técnicas para disimular el enojo, sino aprender a mortificarlo por el poder del Espíritu Santo. Esto no significa negar las emociones ni ignorar las injusticias: significa someter nuestras reacciones a la autoridad de Cristo y abandonar la ira pecaminosa que pretende justificarse a sí misma. El enojo pecaminoso no es un amo que debamos aprender a administrar, sino un pecado que debemos combatir. No lo alimentes, no lo defiendas, no lo conviertas en parte de tu identidad. Confiésalo, arrepiéntete y hazlo morir. Porque la meta cristiana no es convertirnos en personas que se enojan y se controlan mejor, sino en creyentes cuyo carácter está siendo transformado a la imagen de Cristo. Así que la próxima vez que sientas el impulso de explotar, recuerda: no basta con cerrar la boca si el corazón sigue ardiendo de resentimiento. No controles el pecado para conservarlo; mortifícalo para obedecer a Cristo.

  • October 13 · 39 min

    ¿Estás comiendo bien?

    Comer también es un acto espiritual. No porque los alimentos sean sagrados en sí mismos, sino porque aun al sentarnos a la mesa vivimos delante de Dios, para su gloria. COMER NO ES CARNAL. El alimento es un regalo del Creador. Recibirlo con gratitud, disfrutarlo con sobriedad y compartirlo con generosidad también son expresiones de piedad (1 Timoteo 4:4-5). COMER NO ES PRIORIDAD. Nuestro cuerpo necesita alimento, pero nuestra alma necesita la Palabra de Dios. No vivimos para comer; comemos para vivir y servir al Señor. «No sólo de pan vivirá el hombre» (Mateo 4:4). COMER NO ES NEUTRAL. Podemos glorificar a Dios o pecar en la mesa: mediante la glotonería, la ingratitud, la vanidad o el desperdicio. Por eso, «si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10:31). COMER NO ES ESTATUS. La comida no determina nuestro valor ni nuestra dignidad. Ni los banquetes nos hacen superiores ni la sencillez de nuestra mesa nos hace inferiores. La piedad no se mide por el menú, sino por una vida rendida al Señor (Lucas 12:15). COMER NO ES REFUGIO. Los alimentos pueden proporcionar placer, pero no deben convertirse en el consuelo al que acudimos para evadir nuestras aflicciones, silenciar nuestras ansiedades o llenar el vacío del corazón. Solo Dios es nuestro refugio verdadero (Salmo 62:5-8). La mesa también es un escenario de adoración (o de idolatría) - Allí aprendemos gratitud, dominio propio, contentamiento, generosidad y dependencia de la providencia divina. No hagamos del alimento un dios, un consuelo supremo ni una medida de nuestra importancia. Comamos con gozo, recibamos con gratitud y vivamos con sobriedad. Porque hasta el pan cotidiano puede recordarnos que dependemos de la bondad de nuestro Padre celestial.

  • October 9 · 51 min

    NUNCA ES SUFICIENTE

    La avaricia no consiste simplemente en tener dinero, ahorrar o procurar una vida próspera. El problema no está necesariamente en cuánto tenemos, sino en el lugar que ocupa lo que tenemos en nuestro corazón. La avaricia no es ahorrar; podemos ser precavidos. No es hacer negocios; de algo tenemos que vivir. No es establecer límites sabios en nuestros gastos; necesitamos ejercer dominio propio. Tampoco es tener aspiraciones legítimas; la miseria no es una virtud ni la pobreza, por sí misma, una señal de piedad. La avaricia comienza cuando convertimos los bienes en un sustituto de Dios, de su paz y de su gozo. Cuando nunca tenemos suficiente, cuando nuestra tranquilidad depende de lo que acumulamos, cuando siempre queremos más y lo que poseemos jamás nos satisface, el dinero ha dejado de ser un instrumento para convertirse en un ídolo. El avaro no necesariamente es quien tiene mucho, sino quien, teniendo poco o mucho, ha entregado su corazón a la insaciable necesidad de tener más. Puede llenar sus graneros y, sin embargo, vivir con el alma vacía; puede asegurar sus bienes y, al mismo tiempo, descuidar su eternidad. Cristo nos advierte con claridad: «Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee» (Lucas 12:15). Aprendamos a trabajar sin hacer del trabajo nuestro dios, a prosperar sin idolatrar la prosperidad y a disfrutar de los bienes sin poner en ellos nuestra esperanza. La verdadera riqueza no consiste en tener todo lo que deseamos, sino en reconocer que en Dios tenemos aquello que el dinero jamás podrá comprarnos: paz para el alma, gozo verdadero y esperanza eterna en Jesucristo.

  • October 7 · 49 min

    La FORNICACIÓN enmascarada

    En la Escritura, “fornicación” no debe entenderse únicamente como el acto sexual cometido fuera de los límites establecidos por Dios. El término bíblico "porneia" tiene un alcance más amplio: comprende diversas formas de inmoralidad, impureza y perversión sexual que contradicen el diseño santo de Dios para la sexualidad humana. Por eso, la fornicación no siempre se presenta con rostro descarado; con frecuencia se disfraza, se justifica, se intelectualiza y hasta se convierte en entretenimiento. El pecado rara vez llega diciendo: “Soy pecado”. Prefiere ponerse una máscara y pedir que lo llamemos libertad, madurez, humor o amor. La Biblia nos advierte: “Huid de la fornicación” (1 Co. 6:18). No dice: “negociemos con ella”, “aprendamos a controlarla” o “veamos hasta dónde podemos acercarnos”. Debemos aprender a reconocer sus máscaras.

  • September 30 · 54 min

    Envidia corrosiva

    La envidia no se vuelve virtud porque la bauticemos con diminutivos: no existe «envidia de la buena». La Escritura la presenta como una disposición corrosiva del corazón que entristece ante el bien ajeno, alimenta el descontento y convierte la bendición del prójimo en motivo de amargura. «El corazón apacible es vida de la carne; mas la envidia es carcoma de los huesos» (Pr. 14:30). La envidia no solamente mira lo que otro tiene; secretamente desearía que no lo tuviera, porque compara, codicia y juzga que Dios ha repartido mal sus dones. Por eso necesita arrepentimiento, no maquillaje lingüístico: frente a la envidia debemos aprender a «gozarnos con los que se gozan» (Ro. 12:15), agradecer la providencia de Dios y recordar que «¿Quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido?» (1 Co. 4:7). El corazón agradecido celebra la gracia de Dios aun cuando esa gracia haya sido derramada sobre otro; el corazón envidioso, en cambio, quisiera que la misericordia divina tuviera cupo limitado, siempre que el privilegiado no sea el prójimo.

  • September 24 · 48 min

    Ponte pilas, sacude la pereza

    La pereza es uno de esos pecados que hemos aprendido a considerar casi normales: la disfrazamos de cansancio, la llamamos descanso cuando no lo es, y hasta hacemos bromas con ella; pero que un pecado sea común no lo convierte en inocente. La Escritura amonesta al perezoso porque su negligencia revela un corazón que posterga aquello que Dios nos ha encomendado: «El alma del perezoso desea, y nada alcanza; mas el alma de los diligentes será prosperada» (Pr. 13:4). Por eso, debemos rechazar la cómoda costumbre de aplazar lo que requiere prioridad, urgencia y perseverancia. La diligencia cristiana no consiste en vivir afanados, sino en ocupar fielmente el tiempo y las fuerzas que Dios nos concede, atendiendo primero lo que verdaderamente importa y perseverando hasta cumplir nuestro deber. «Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas» (Ec. 9:10). No llamemos prudencia a nuestra postergación, ni descanso a nuestra negligencia: cuando Dios nos llama a actuar, la fidelidad también se demuestra levantándonos y haciendo aquello que corresponde.

  • September 22 · 45 min

    AIRES DE GRANDEZA

    El orgullo nos hace levantar la mirada sobre nosotros mismos, como si fuéramos suficientes, sabios y dignos de gloria; pero la cruz de Cristo derriba toda altivez y deja al descubierto la miseria de nuestro pecado. Allí contemplamos al Santo humillándose hasta lo sumo, llevando sobre sí la culpa de hombres soberbios y rebeldes. ¿De qué podemos gloriarnos delante de un Salvador crucificado por nuestros pecados? La cruz nos recuerda que no fuimos salvados por nuestros méritos, nuestra justicia ni nuestra dignidad, sino únicamente por la gracia. Por eso debemos abandonar toda arrogancia y aprender a decir con Pablo: «Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo» (Gál. 6:14). Ante la cruz, el orgullo pierde su corona, el ego queda sin argumentos y el pecador aprende nuevamente a inclinarse; porque «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (Stg. 4:6).

  • September 17 · 49 min

    El hijo amado, terminó CONDENADO

    El Hijo amado del Padre terminó condenado como si fuera el peor de los pecadores. Aquel en quien el Padre se complacía (Mt. 3:17), el Santo, Justo e Inocente, fue llevado ante el tribunal, acusado, despreciado y finalmente sentenciado a muerte. Pero aquí resplandece el misterio glorioso del evangelio: Cristo no fue condenado por sus propios pecados, sino por los nuestros. «Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Is. 53:6), y «al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado» (2 Co. 5:21). El Justo ocupó el lugar de los injustos; el Bendito cargó nuestra maldición; el Hijo amado recibió la condena que nosotros merecíamos. El madero no fue un accidente de la historia, sino el altar donde el Cordero voluntariamente entregó su vida por su pueblo. ¡Qué abismo de gracia! El Hijo amado fue condenado para que los condenados pudieran ser recibidos como hijos amados. Por eso, nuestra salvación no descansa en que Dios haya ignorado nuestra culpa, sino en que Cristo la asumió y satisfizo perfectamente la justicia divina. «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición» (Gá. 3:13). La cruz, entonces, no minimiza nuestro pecado: revela cuán terrible era nuestra culpa y cuán inmensa es la gracia que nos alcanzó en Cristo.

  • September 15 · 44 min

    Aquel Cordero MALDITO en el madero

    Con frecuencia decimos: «Cristo nos libró del pecado». Y lo decimos correctamente. Pero quizá lo repetimos con tanta facilidad que hemos dejado de estremecernos ante lo que realmente significa. Porque para comprender la grandeza de nuestra salvación necesitamos recordar primero la gravedad de aquello de lo que Cristo vino a librarnos. El pecado no es simplemente un error, una debilidad moral, una mala decisión o una imperfección de carácter. El pecado es rebelión contra el Dios santo. Es desprecio de su autoridad, transgresión de su ley y culpa delante de su justicia. «La paga del pecado es muerte» (Romanos 6:23). Y esa sentencia no es una exageración divina: es la justa respuesta del Dios infinitamente santo frente a la criatura que se levanta contra Él. Por eso, cuando miramos al Calvario, no deberíamos ver solamente a un hombre bueno siendo injustamente ejecutado. Debemos contemplar algo infinitamente más profundo: al Cordero de Dios cargando con la culpa de su pueblo. «Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6).

  • September 13 · 45 min

    Un intercambio disparejo

    Hay algo particularmente decepcionante en esos intercambios de regalos en los que uno pone verdadero empeño y termina recibiendo cualquier cosa. Uno escoge algo bueno, quizá costoso, útil o especialmente pensado para la persona que lo recibirá. Lo envuelve con cuidado, lo entrega con alegría y espera, al menos, una cierta reciprocidad. Pero entonces llega nuestro turno: abrimos el paquete y descubrimos algo de segunda mano, algo barato, algo que parece haber sido comprado cinco minutos antes de la reunión… o, en el peor de los casos, algo que uno sospecha que estaba destinado al bote de basura. La sonrisa se vuelve diplomática, el “¡qué bonito!” se convierte en una pequeña obra de teatro y por dentro pensamos: “Yo sí me esforcé”. Porque todos quisiéramos un intercambio parejo: dar algo bueno y recibir algo bueno; entregar algo valioso y recibir algo de valor semejante. La reciprocidad nos parece justa. Pero en el Calvario ocurrió el intercambio más disparejo de toda la historia. Y, paradójicamente, precisamente en esa absoluta desigualdad se encuentra la gloria del evangelio. Cristo dio algo cuyo valor jamás podremos calcular. No entregó simplemente una cosa que poseía; se entregó a sí mismo. El Hijo eterno de Dios, aquel por medio de quien fueron creadas todas las cosas, tomó nuestra naturaleza, habitó entre nosotros y caminó voluntariamente hacia la cruz. “Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros” (Efesios 5:2). No entregó las sobras de su gloria, ni una fracción de su dignidad, ni algo que le resultara prescindible. Se dio completamente. “El cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). El regalo de Cristo no fue algo que pudiera separarse de su persona: fue su propia vida, su propia sangre, su propia obediencia, su propio cuerpo quebrantado bajo el juicio de Dios. Pedro lo expresa con una precisión estremecedora: fuimos rescatados “no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Pedro 1:18-19). Ahora bien, si quisiéramos describir este intercambio desde una perspectiva humana, podríamos decir que Cristo lo dio todo y nosotros no dimos absolutamente nada - Pero el intercambio fue todavía más profundo y más terrible - Porque nosotros sí llevamos algo al Calvario. No llevamos una ofrenda digna. No llevamos méritos. No llevamos buenas obras suficientes para equilibrar la balanza. No llevamos una vida moralmente aceptable que pudiera presentarse delante de Dios como parte de pago. Llevamos nuestro pecado. Llevamos nuestra culpa. Llevamos nuestra condenación. Llevamos nuestra maldición. Y Cristo la recibió - Cristo ocupó nuestro lugar bajo el juicio que nosotros merecíamos. “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5). El profeta no presenta la cruz como una simple demostración sentimental del amor de Dios, ni como un ejemplo inspirador de sacrificio altruista. Presenta al Siervo cargando aquello que pertenecía a otros. “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6). Ese es el intercambio disparejo: nuestra culpa fue puesta sobre Cristo y su justicia es puesta sobre nosotros. Nuestro pecado fue imputado a Él y su justicia es imputada al creyente. Nosotros recibimos lo que Él merece; Él soportó lo que nosotros merecíamos. Nosotros recibimos aceptación; Él experimentó rechazo. Nosotros recibimos paz; Él soportó el castigo. Nosotros recibimos vida; Él entregó la suya. Nosotros recibimos bendición; Él se hizo maldición por nosotros.

  • September 11 · 40 min

    De tal manera ama DIOS

    Cristo tomó nuestro lugar: el Justo murió por los injustos, cargando sobre sí la culpa que nos correspondía y recibiendo en la cruz el juicio que merecíamos, para que nosotros, unidos a Él por la fe, recibiéramos la justicia que no podíamos producir. “Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6). Esta es la gloria de la sustitución penal: Cristo ocupó nuestro lugar para que nosotros pudiéramos ocupar, por gracia, el lugar de los reconciliados con Dios. Él fue condenado para que nosotros fuéramos justificados; murió para que nosotros viviéramos; fue hecho pecado por nosotros “para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). De tal manera ama Dios: que no salvó al pecador a costa de ignorar la justicia, sino satisfaciendo la justicia en la cruz de su amado Hijo.

  • September 8 · 53 min

    La luz de la VIDA

    Cuando Cristo fue crucificado, «hubo tinieblas sobre toda la tierra» (Mr. 15:33). Aquellas tinieblas no fueron simplemente un fenómeno natural ni un detalle poético del relato; fueron una señal solemne del juicio divino que estaba cayendo sobre el Sustituto. El Hijo inocente estaba siendo tratado como culpable, llevando sobre sí nuestros pecados y soportando la condena que nosotros merecíamos. Isaías había anunciado: «Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Is. 53:6). En el Calvario, las tinieblas nos permiten contemplar, aunque sea débilmente, la terrible realidad de lo que significa estar bajo la ira santa de Dios. Allí, el Justo fue hecho pecado por nosotros (2 Co. 5:21), y el juicio que merecía nuestra rebelión cayó sobre Cristo. Por eso, cuanto más comprendamos la gravedad de las tinieblas, más apreciaremos la gloria de la Luz. No fuimos rescatados de una oscuridad superficial, de una simple ignorancia intelectual o de una etapa difícil de nuestra existencia; fuimos rescatados «de la potestad de las tinieblas» y trasladados «al reino de su amado Hijo» (Col. 1:13). Cristo mismo declaró: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn. 8:12). La luz de Cristo resplandece con mayor belleza cuando recordamos de qué oscuridad nos sacó: del pecado, de la culpa, de la condenación y de la muerte. La cruz no disminuye la gloria de la Luz; explica el precio con el que fuimos llevados hacia ella. En Cristo, entonces, las tinieblas no tienen la última palabra. Aquel que experimentó las tinieblas del juicio para llevar nuestra condena es quien nos conduce a la luz de la vida. Pedro lo expresa así: Dios nos llamó «de las tinieblas a su luz admirable» (1 P. 2:9). ¡Qué contraste glorioso! Las tinieblas hablan del juicio que merecíamos; la cruz habla del juicio que Cristo soportó; y la luz habla de la vida que gratuitamente recibimos en Él. Por eso no debemos contemplar el Calvario con ligereza: cuanto más profundamente entendamos la oscuridad de nuestra condición, más preciosa será para nosotros la luz de Cristo. Él entró en nuestras tinieblas para que nosotros pudiéramos vivir para siempre en su luz.

  • September 3 · 32 min

    Bendita LA LUZ

    EL RESPLANDOR DE LA GLORIA, CUBIERTO DE TINIEBLAS. Hay una frase en el relato de la crucifixión que debería estremecernos cada vez que la leemos: «Desde la hora sexta hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena» (Mateo 27:45). Aquello no fue un eclipse, tampoco una anomalía atmosférica, ni es un detalle dramático del paisaje. En la Escritura, las tinieblas aparecen repetidamente como imagen del juicio divino, de la visitación de Dios contra el pecado. Amós había anunciado: «Haré que se ponga el sol a mediodía, y cubriré de tinieblas la tierra en el día claro» (Amós 8:9); y Sofonías describe el día del Señor como «día de tinieblas y de oscuridad» (Sofonías 1:15). Por eso, cuando el Hijo de Dios está clavado en el madero y hubo tinieblas, el Calvario nos está mostrando algo mucho más profundo que oscuridad física: el juicio que nosotros merecíamos estaba cayendo sobre Él. El Justo estaba ocupando el lugar de los injustos. El Santo estaba siendo tratado como culpable. El que no conoció pecado fue hecho pecado por nosotros, «para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Corintios 5:21). Isaías lo había visto siglos antes: «Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6). Cristo no murió solamente por nosotros en el sentido de beneficio; murió en nuestro lugar, como nuestro Sustituto. «Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él» (Isaías 53:5). Las tinieblas que cubrieron aquella tierra eran, por así decirlo, el telón solemne detrás del cual el Hijo estaba bebiendo la copa de la ira que correspondía a sus elegidos. Y aquí está la gloria del evangelio: las tinieblas fueron sobre Él para que la luz pudiera venir sobre nosotros. Él entró en nuestra condenación para sacarnos de ella; descendió a nuestra miseria para levantarnos a la gracia; llevó nuestro pecado para darnos su justicia. Por eso Pedro puede decir que Dios «nos llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 Pedro 2:9). En el Calvario no venció la oscuridad. La Luz venció entrando voluntariamente en las tinieblas. El juicio cayó sobre el Sustituto, y por eso ya no hay condenación para los que están en Cristo Jesús (Romanos 8:1). Hubo tinieblas sobre la tierra; pero fue allí, precisamente allí, donde comenzó a amanecer para nosotros.

  • August 29 · 43 min

    Helo ahí: LA ROCA inconmovible

    Daniel 4 nos conduce hasta una verdad majestuosa: los reinos de los hombres no son eternos, pero el Reino de Dios sí lo es. La imagen que aparece en la visión de Nabucodonosor —la gran estatua que representa la sucesión de los grandes poderes humanos— termina pulverizada ante la intervención de Dios. Aquello que parecía sólido, monumental e invencible queda reducido a polvo. Y esta escena nos recuerda que toda grandeza humana tiene fecha de caducidad cuando pretende ocupar el lugar que únicamente corresponde al Rey eterno. Los imperios levantan estatuas, escriben sus nombres en piedra y se imaginan indispensables; Dios, en cambio, sopla sobre ellos y demuestra que la historia nunca estuvo en manos de los hombres. Y es aquí donde podemos volver a la pregunta de Juan: «¿Eres tú el que había de venir, o esperamos a otro?» La respuesta se encuentra en la Roca que destruye la estatua. Daniel 2 —aunque el capítulo 4 reafirma el mismo señorío soberano de Dios sobre Nabucodonosor— describe esa Roca «cortada, no con mano» que golpea los pies de la estatua y desmenuza todos los reinos, hasta convertirse en un gran monte que llena toda la tierra (Dn. 2:34-35). Esa Roca representa el Reino que Dios mismo establece y que jamás será destruido (Dn. 2:44). Y cuando llegamos al Nuevo Testamento, descubrimos que Cristo es presentado precisamente como la Piedra, la Roca sobre la cual Dios establece su obra definitiva: «La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo» (Mt. 21:42). Cristo es la Roca eterna porque Él no pertenece a la categoría de los poderes pasajeros de este mundo. Su Reino «no es de este mundo» (Jn. 18:36), pero esto no significa que sea irrelevante para el mundo. Significa que su origen, naturaleza y autoridad no proceden de este sistema caído. Su Reino viene de Dios y, precisamente por eso, reclama autoridad sobre todos los mundos: sobre el mundo visible y el invisible, sobre las naciones y los individuos, sobre la historia y la eternidad, sobre la vida y la muerte. «Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra» (Mt. 28:18). Cristo no vino para solicitar una pequeña parcela religiosa dentro de la realidad humana; vino como Soberano Señor de los mundos.

  • August 29 · 41 min

    Helo ahí: el REY eterno

    Juan el Bautista preguntó si Jesús era realmente Aquel que vendría. En Daniel 7 encontramos una de las respuestas más majestuosas de todo el Antiguo Testamento. El profeta contempla «uno como hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días» y recibe «dominio, gloria y reino» (Dn. 7:13-14). No aparece aquí un gobernante más entre los gobernantes de la historia, sino el Rey cuyo dominio trasciende todos los imperios humanos. Daniel había visto levantarse las grandes potencias representadas por las bestias: Babilonia, Persia, Grecia y Roma; reinos impresionantes, violentos y pasajeros, que parecían invencibles mientras ocupaban el escenario de la historia, pero que finalmente fueron derribados. Frente a ellos aparece el Hijo del Hombre: no una bestia, sino un hombre; no un tirano entre tiranos, sino el Rey legítimo que recibe del Padre un reino que «no será destruido» (Dn. 7:14). El evangelio proclama LA GRANDEZA DE CRISTO: Él no vino simplemente a ofrecer una alternativa espiritual; vino proclamando un Reino. Su primera predicación fue: «El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio» (Mr. 1:15). El evangelio no nos invita únicamente a admirar a Jesús como una figura religiosa inspiradora. Nos anuncia que el Rey ha venido. Y cuando llega el Rey, la respuesta apropiada de sus súbditos no puede ser la indiferencia. Su Reino demanda rendición, porque Él tiene toda autoridad; demanda lealtad, porque no podemos servir simultáneamente al Rey y a nuestros ídolos; y demanda admiración, porque jamás hubo ni habrá un Rey semejante. Cristo no compite con los reinos de este mundo como si fuera simplemente otro candidato a ocupar un trono. Él está por encima de todos ellos. Los imperios tienen fronteras, fechas de nacimiento y fechas de defunción; el Reino de Cristo no tiene fecha de caducidad. Babilonia cayó. Persia cayó. Grecia cayó. Roma cayó. Los grandes poderes políticos de cada generación terminan convertidos en capítulos de un libro de historia, mientras el Hijo del Hombre permanece. «Su dominio es dominio eterno, que nunca pasará» (Dn. 7:14). Los hombres levantan monumentos para recordar a sus reyes; Cristo no necesita monumentos porque Él mismo es el Rey eterno.

  • August 27 · 47 min

    Helo ahí; nuestro buen PASTOR

    En medio de la devastación de Israel, Ezequiel levanta una acusación contra los pastores de Israel. Habían dejado de cuidar al rebaño; se apacentaban a sí mismos y abandonaban a las ovejas. Pero Dios promete que Él mismo intervendrá: «Así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo, yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las reconoceré» (Ez. 34:11). Y más adelante declara: «Y levantaré sobre ellas a un pastor, y él las apacentará; a mi siervo David, él las apacentará, y él les será por pastor» (Ez. 34:23). La promesa es extraordinaria: Dios mismo vendrá a buscar a sus ovejas - Y siglos después aparece Jesús - Entonces podemos volver a la pregunta de Juan: «¿Eres tú el que había de venir?» Sí - Helo ahí: el Buen Pastor. Ezequiel retrata a las ovejas como dispersas, heridas y vulnerables. El problema no era solamente que las ovejas se hubieran perdido; también habían sido abandonadas por quienes debían cuidarlas. Pero detrás de esta imagen encontramos nuestra propia condición espiritual. Isaías había dicho: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino» (Is. 53:6). Ese es nuestro problema - Nos descarriamos - Nos apartamos - Seguimos nuestros propios caminos. Y el pecado siempre termina llevándonos lejos del Pastor. La oveja perdida no necesita simplemente mejores instrucciones para encontrar el camino. Necesita que alguien vaya a buscarla. Y eso es precisamente lo que Dios promete: «Yo mismo iré a buscar mis ovejas» ¡Qué gracia! Dios no espera pasivamente a que las ovejas extraviadas encuentren por sí mismas el camino de regreso - Él viene a buscarlas.

  • August 25 · 42 min

    Helo ahí: el REGRESO a casa

    Hay momentos en los que la Escritura deja de hablarnos de manera cómoda y comienza a hablarnos como un espejo. Lamentaciones es uno de esos libros. Jerusalén está en ruinas. El templo ha sido profanado. El pueblo ha sido llevado al exilio. Las calles que alguna vez estuvieron llenas de vida ahora están desoladas. La nación contempla las consecuencias de haber abandonado a su Dios. Lamentaciones no maquilla la tragedia - No convierte el juicio en una experiencia terapéutica - No explica el pecado diciendo que el pueblo simplemente «estaba atravesando una temporada difícil» - Había pecado. Había rebelión. Y había juicio. Pero precisamente allí, entre las ruinas, aparece una de las declaraciones más luminosas de toda la Escritura: «Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos a Jehová» (Lm. 3:40). El profeta no llama al pueblo simplemente a sentirse mal por sus circunstancias. Lo llama a volver a Dios - Y aquí encontramos una maravillosa conexión con el evangelio: el Dios que llama a su pueblo a volver es el mismo Dios que, en Cristo, abre el camino de regreso a casa.

  • August 22 · 44 min

    Helo ahí: el JUSTO bajo condena

    El pecado no es una simple mancha superficial que pueda quitarse con un poco de jabón religioso. Podemos intentar reformarnos. Podemos mejorar nuestros hábitos. Podemos disciplinarnos. Podemos construir una reputación moral. Podemos aprender teología. Podemos llenar nuestras estanterías de libros cristianos. Podemos cantar himnos y asistir a cultos. Podemos incluso intentar «mejorar nuestros caminos». Pero si el problema fundamental es nuestra culpa delante del Dios santo, ninguna cantidad de jabón moral puede lavar el pecado. La lejía no puede justificar al culpable. Nuestra reforma necesita llegar más profundo que nuestras manos. Necesita llegar a nuestra culpa delante del tribunal de Dios. Y aquí aparece la tragedia de Jeremías: Dios exige justicia, pero nosotros somos injustos. Dios exige obediencia, pero nosotros hemos dejado su Ley. Dios exige pureza, pero nuestra mancha permanece. Dios llama: «Mejorad vuestros caminos». Y nosotros descubrimos que necesitamos algo mucho más grande que una simple mejora. Necesitamos un Salvador.

  • August 20 · 47 min

    Helo ahí; el CORDERO de Dios

    «¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?» Mateo 11:3 La pregunta de Juan el Bautista no podía responderse solamente señalando los milagros de Jesús. Había que mirar más profundamente: ¿qué clase de Mesías era este? ¿Qué había venido a hacer? Juan ya había dado una respuesta cuando vio a Jesús acercarse: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn. 1:29). El Mesías esperado no sería simplemente un maestro, un reformador, un rey político o un ejemplo moral. Sería el Cordero. Y para comprender qué significa esto debemos regresar a Isaías, porque siglos antes el profeta había contemplado al Siervo sufriente y había descrito la obra que realizaría por su pueblo: «Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados» (Is. 53:5). Isaías continúa: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Is. 53:6) - Y entonces, aparece una de las imágenes más poderosas de toda la Escritura: «Como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca» (Is. 53:7). Aquí está el corazón de nuestra esperanza: Aquel que vendría sería el Cordero que sería inmolado. No vino simplemente para enseñarnos cómo vivir. Vino para morir en nuestro lugar.

  • August 18 · 40 min

    Helo ahí; Dios con nosotros

    «¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?» Mateo 11:3 Hay preguntas que nacen de la duda y otras que nacen de la esperanza. La pregunta de Juan el Bautista pertenece a un momento particularmente oscuro. El profeta que había anunciado con valentía la llegada del Mesías ahora se encuentra encarcelado, y desde allí pregunta a Jesús: «¿Eres tú el que vendría, o esperamos a otro?» - Juan no estaba preguntando simplemente por la identidad de un hombre. Estaba preguntando si Jesús era Aquel que Dios había prometido; Aquel que vendría a cumplir las promesas, establecer su reino, salvar a su pueblo y traer la redención esperada desde antiguo. La respuesta de Jesús no fue una explicación filosófica, sino la evidencia de sus obras: los ciegos veían, los cojos andaban, los leprosos eran limpiados, los sordos oían, los muertos eran resucitados y a los pobres era anunciado el evangelio (Mt. 11:4-5). Sí, Él era Aquel que vendría - Y la grandeza de esta venida puede contemplarse desde cuatro momentos fundamentales de la historia de la redención.

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