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Cristo tomó nuestro lugar: el Justo murió por los injustos, cargando sobre sí la culpa que nos correspondía y recibiendo en la cruz el juicio que merecíamos, para que nosotros, unidos a Él por la fe, recibiéramos la justicia que no podíamos producir. “Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:6). Esta es la gloria de la sustitución penal: Cristo ocupó nuestro lugar para que nosotros pudiéramos ocupar, por gracia, el lugar de los reconciliados con Dios. Él fue condenado para que nosotros fuéramos justificados; murió para que nosotros viviéramos; fue hecho pecado por nosotros “para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21). De tal manera ama Dios: que no salvó al pecador a costa de ignorar la justicia, sino satisfaciendo la justicia en la cruz de su amado Hijo.





