Al Capone, como descendiente de napolitanos, amaba el “bel canto” y veneraba a Enrico Caruso. Pero Capone era hijo de su tiempo y también apreciaba el jazz. De hecho, el desarrollo del jazz hubiera sido más lento de no haber contado con el patrocinio de Capone y otros gánsteres. La Prohibición (Ley Seca) supuso la proliferación de tabernas, clubes y prostíbulos donde se podía consumir alcohol. Bastantes locales eran controlados directamente por bandas de contrabandistas y necesitaban músicos que animaran aquello, razón por la que se recurrió a los músicos de jazz. Es así que, durante la Ley Seca, el jazz y el crimen organizado crecieron pegados el uno al otro. La mayoría de los clubes donde sonaba esta música eran, en realidad, fachadas para vender alcohol de contrabando, y quienes los sostenían eran gángsters que necesitaban locales atractivos para mover su negocio. Esa dependencia económica convirtió a los mafiosos en mecenas involuntarios: pagaban bien, exigían calidad y, a cambio, esperaban silencio absoluto sobre lo que ocurría fuera del escenario. Los músicos entraban a un mundo donde el talento abría puertas, pero donde también había que aprender a no ver ni escuchar de más. Las guerras entre bandas rivales, las redadas policiales y los cambios repentinos de dueño formaban parte del paisaje cotidiano de esa escena. El jazz, en ese sentido, no solo nació en la pobreza y la marginación: también se desarrolló bajo la protección, y el control, de una economía ilegal que decidía quién tocaba, dónde y para quién.