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EN LA MIRA

Oscar Constantino Gutiérrez

Política, derecho, cultura, poder e ideas sin propaganda ni solemnidad. Análisis y conversación para entender la coyuntura, cuestionar sus relatos y mirar un poco más allá de la noticia. POLÍTICA EDITORIAL Las opiniones expresadas por los autores invitados son responsabilidad exclusiva de quien

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  • Monday · 2 min

    ¿Israel se quiere robar el agua de México?

    En medio de la crisis del agua que atraviesa Jalisco, ha surgido una nueva polémica: la supuesta intención de Israel de privatizar y apropiarse del agua de los mexicanos.El nombre que aparece en estas acusaciones es Mekorot, una empresa pública israelí especializada en la administración y distribución del agua, que anteriormente ha colaborado con autoridades mexicanas en proyectos de asesoría técnica.¿Y esto es algo malo? No, para nada.Israel es uno de los mayores referentes mundiales en administración del agua. Un país que, a pesar de encontrarse en una región desértica y con recursos hídricos limitados, consiguió desarrollar agricultura en zonas áridas, sistemas de desalinización y una infraestructura capaz de abastecer a millones de personas.Su sistema de distribución incluso ha suministrado agua a la Franja de Gaza. Y resulta lamentable que organizaciones terroristas como Hamás y la Yihad Islámica Palestina hayan utilizado tuberías de agua para fabricar cohetes.Pero volvamos a México.Ahora nos quieren vender el cuento de que los israelíes pretenden apropiarse de nuestra agua y llevársela a su país. Algo que, por decirlo menos, me parece infantil.Yo me pregunto: ¿cómo piensan hacerlo?¿Van a construir un ducto gigantesco que atraviese más de 12 mil kilómetros? ¿Se van a llevar el agua en pipas? ¿En helicópteros? ¿O van a llenar garrafones y subirlos a un avión?A Israel le resulta mucho más barato desalinizar agua del Mediterráneo que transportarla desde México. De hecho, lleva décadas desarrollando precisamente esa tecnología.Y tampoco hay evidencia de que Jalisco haya entregado su sistema de agua a Mekorot.Lo preocupante es cómo una crisis legítima, provocada por años de deficiencias en el suministro y la calidad del agua, puede convertirse en terreno fértil para difundir acusaciones sin sustento.Una cosa es exigir agua limpia, reclamarle al gobierno y pedir cuentas por el deterioro de la infraestructura. Otra muy distinta es utilizar el descontento para promover la idea de que Israel viene a robarnos el agua.En mi opinión, detrás de parte de esta narrativa hay también un interés político: aprovechar una crisis local para alimentar el rechazo contra Israel y golpear a gobiernos estatales que no están en manos de Morena.Y mientras la discusión pública se concentra en un supuesto saqueo internacional, los problemas reales del agua siguen esperando una solución. Arturo Herrera escribe sobre economía, política y cultura. Director de La Derecha Diario México y colaborador en ADN Noticias. This is a public episode. If you'd like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit enlamira.substack.com/subscribe

  • October 11 · 17 min

    LA SEMANA DE YURI PÉREZ | Digger: la película que dijo la verdad y nadie quiso escuchar

    Digger, la nueva película de Alejandro González Iñárritu, no trata sobre el cambio climático: trata sobre cómo el poder fabrica la realidad con palabras. Fracasó en taquilla porque dice una verdad incómoda que nadie quiere oír. Pero me deja un dilema sin resolver: esta crítica brillante a la manipulación del discurso la firman autores que callan ante la realidad de su propio país. ¿Se puede separar la obra de quien la escribe? Una reacción natural La vi en una función organizada por la empresa donde trabaja mi esposo. Nadie de mi grupo era mexicano; ninguno sabía quién es Sabina Berman, y a Iñárritu apenas lo ubicaban. Fueron por Tom Cruise. Pero los vi entretenidos y varias veces los oí reírse a carcajadas. Yo no tanto: no es una comedia ligera, es una comedia de humor negro muy fuerte, de esas que te hacen reír por lo ridículo y luego te dejan incómoda. No está hecha para pasar un buen rato, sino para hacerte pensar. Y lo hace de manera magistral. Al salir, alguien dijo en inglés una frase que no se me ha olvidado: “This is too real”. Lo curioso es que la película no tiene nada de realista. Un fracaso con todas sus letras Que nadie se engañe: Digger es un fracaso comercial. En su primer fin de semana recaudó 8 millones de dólares en Estados Unidos y Canadá, y unos 20 millones en todo el mundo. Quedó en quinto lugar. Es el peor estreno de Tom Cruise en casi veinte años, desde Lions for Lambs en 2007. El estudio dice que costó 125 millones; la prensa especializada reporta que el rodaje se alargó y el costo subió a entre 160 y 180 millones, más unos 100 millones en publicidad. Se calcula que Warner podría perder alrededor de 150 millones de dólares. ¿Por qué no fue la gente? Se han dado varias razones. La crítica se dividió casi exactamente a la mitad, con reseñas de una estrella junto a reseñas de cinco. El público que sí fue le dio una C+ en CinemaScore, la encuesta que se hace a la salida de la sala. El estudio, en lugar de esconder la división, la convirtió en anuncio: carteles con pares de adjetivos opuestos, como “desagradable” y “obra maestra”, para que cada quien decidiera. Durante meses se guardó con cuidado de qué trataba realmente la película, lo que la hacía difícil de explicar en un tráiler. Y está Cruise, irreconocible bajo el maquillaje, lejos del héroe que su público espera ver. Está, además, el panorama. Las películas más vistas del año son Spider-Man, La Odisea, Toy Story 5, Michael y la de Mario Bros: secuelas, franquicias, biografías. En ese menú, una sátira negra de dos horas que te regaña tenía pocas posibilidades. Pero hay algo más, y me parece lo más interesante. En la película hay un científico que descubre lo que está pasando, va a explicarlo ante la asamblea de la ONU, dice la verdad… y lo sacan a patadas. Nadie le cree, nadie quiere oírlo. Resulta irónico que Digger esté sufriendo el mismo destino que su científico. No es una película sobre el clima Tom Cruise es Digger Rockwell, un magnate petrolero, “el hombre más poderoso del mundo”, cuya empresa provoca una catástrofe ecológica. En lugar de asumirla, se lanza a convencer al mundo de que él es su salvador. El cambio climático es el escenario, el pretexto. Lo que la película realmente cuenta es cómo el poder fabrica la realidad con palabras. El propio Iñárritu lo ha confirmado: el título original era Blah, Blah, Blah, en referencia a la lengua, esa arma terrible capaz de hacernos creer lo que no vemos. De su personaje dijo que era alguien que había seducido a la realidad para que le diera la razón. La historia del desastre se representa como una obra de teatro, interpretada por personas ajenas a lo que ocurrió —y, al parecer, víctimas ellas mismas de la catástrofe—, frente a un público que sigue padeciendo sus consecuencias. La realidad, en miniatura, delante de quienes la sufren. No es una idea nueva: Hamlet monta una obra que reproduce el crimen frente al rey culpable, y el documental The Act of Killing puso a los autores de unas masacres en Indonesia a recrearlas ante la cámara. Pero pocas veces la he visto usada con tanta fuerza. Luego está la asamblea de la ONU. Todos gritan, se interrumpen, se atacan; nadie escucha. Igualito que en el Congreso mexicano: oficialistas y opositores, cada quien atendiendo su propio interés, nadie dispuesto a escuchar la verdad. Ahí da Digger su gran discurso, y alguien le lanza un zapato que le pega en la cara. Es inevitable recordar a George W. Bush en Bagdad, en 2008, cuando un periodista iraquí le lanzó dos zapatos. Bush los esquivó; Digger no. Y el discurso es extraordinario. Digger reparte la culpa: el desastre es de todos, porque todos queremos energía, todos queremos YouTube, todos queremos inteligencia artificial. Lo terrible es que tiene razón. Somos parte del problema. Pero esa verdad, en boca de Digger, también es una coartada. Si la culpa es de todos, deja de ser de nadie en particular, y el poderoso se diluye en la multitud. Que la verdad más incómoda de la película la pronuncie precisamente el manipulador me parece lo más inquietante, y lo más lúcido, de todo el guion. Por eso digo que Digger va mucho más allá del clima. Lo mismo podría contarse sobre la inteligencia artificial, sobre una guerra nuclear o sobre cualquier fanatismo, incluidos esos políticos que todo lo quieren resolver con oraciones e imposición de manos, que la película también retrata. Es un llamado a despertar ante nuestra propia autodestrucción: la de los poderosos que manipulan y la de los indiferentes que se dejan manipular. Y también podría contarse sobre México. Pocas cosas muestran mejor el poder de una narrativa que lo que pasó con Ayotzinapa. López Obrador, que ya había perdido dos elecciones, hizo de la desaparición de los 43 normalistas —un “crimen de Estado”— una pieza clave del discurso con el que por fin llegó al poder. Ya en el gobierno, los padres de los estudiantes terminaron rompiendo con él, y hoy siguen reclamando respuestas. Esfuerzo humano, con alma Guste o no la película, hay que aquilatar lo que hicieron. Iñárritu cargó esta idea casi diez años. Pasó dos años y medio intentando levantar una versión anterior, todavía más cara, que se le vino abajo. La filmó en película de 35 milímetros, con VistaVision, un formato de los años cincuenta. Un estudio apostó 125 millones de dólares por una sátira sin ninguna garantía, y hoy esa apuesta se está perdiendo. No imagino que Iñárritu la esté pasando bien. En una época en que se habla de películas hechas por inteligencia artificial, Digger es exactamente lo contrario: un grupo de personas que se arriesgó en serio, con oficio y con alma. Puede gustar o no. Pero es esfuerzo humano, y eso, especialmente en estos tiempos, merece respeto. La participación de Sabina Berman El guion de Digger lo firman Iñárritu, sus coguionistas de Birdman —Alexander Dinelaris y Nicolás Giacobone, con quienes ganó el Óscar— y Sabina Berman, que además aparece en la historia original y como productora. Iñárritu dice que la idea le nació tras El renacido; Berman, que surgió de su preocupación por el cambio climático. No sabemos con exactitud cuánto aportó cada uno. Mi lectura es que el personaje es de Iñárritu, y que el marco climático y el desarrollo de la historia fueron trabajo compartido con Berman, su primera colaboradora en el proyecto. Su participación es real, y está reconocida en los créditos como debe ser. Reconocer una autoría no equivale a respaldar a la persona: si aportó a la obra, merecía el crédito, nos guste o no. Mi dilema Aquí empieza mi problema. Conozco el trabajo de Sabina Berman desde hace muchos años. La veía en Shalalá, el programa de entrevistas que hacía con Katia D’Artigues en TV Azteca, cuando trabajaba para Ricardo Salinas Pliego. Hacía preguntas excelentes. Tiene un talento evidente para el lenguaje, escribe bien, es inteligente. Eso es innegable. Pero no la soporto, y tengo muchas razones. Entre otros muchos escándalos, Sabina Berman es la prueba de que eso de la «honrosa medianía» no aplica en este régimen. Canal Once, un canal público pagado con nuestros impuestos, le pagó cerca de cinco millones de pesos entre 2019 y 2024 por John y Sabina y luego por Largo Aliento. En 2021 cobraba unos 474 mil pesos al año; para 2023 ya pasaba del millón. Le doblaron el pago. ¿A cambio de qué? De nada que se vea en pantalla, salvo de su cercanía con el poder. Así consta en los contratos públicos del Portal Nacional de Transparencia, revisados por la revista Etcétera. Está, también, su entrevista de 2023 a Delfina Gómez, a quien presentó como maestra con dos maestrías cuando ya se había señalado plagio en una de sus tesis y no había pruebas de la otra; lo documentó la misma revista. Y está el retrato idealizado de Claudia Sheinbaum, hecho con inteligencia artificial, que publicó en redes: una imagen fabricada, justo lo que denuncia la película. Le llamaron «intelectual chatarra», y con razón: su devoción por la presidenta es tan burda que resulta transparente, una lisonja permanente. Yo lamento que haya desaparecido aquella periodista crítica de sexenios pasados. Eso es lo que más me molesta. No es lo único. Durante más de diez años trabajó en TV Azteca, y en todo ese tiempo nunca criticó a la empresa ni a su dueño. Solo empezó a hacerlo cuando salió de ahí; desde entonces no ha parado de atacar a Ricardo Salinas Pliego. Por eso Grupo Salinas, en una carta pública de 2020, la llamó «ingrata» y «al servicio del dinero». No les falta razón. Cuando presumió que jamás había comprado en Elektra, dejó ver su desdén por una tienda que permite a millones de familias pobres hacerse de un electrodoméstico. Y la bloqueé hace tiempo porque se ha convertido en una de las voces más fuertes a favor de que el gobierno, con mano de hierro, regule y acote la libertad de expresión de todos los mexicanos. Hay quien, por eso, la ha comparado con Goebbels. Yo no hago esa comparación, pero entiendo de dónde viene: es una propagandista. Iñárritu, en cambio, es admirable como artista; tiene mi admiración. Pero desde que la 4T llegó al poder no le he oído una sola crítica al gobierno. En mayo de este año, al ingresar a El Colegio Nacional —la institución que reúne a los científicos, artistas e intelectuales más destacados del país—, celebró la llegada de Claudia Sheinbaum a la presidencia como un triunfo contra el machismo. Ni una palabra sobre las madres buscadoras, ni sobre los periodistas que asesinan uno tras otro, ni sobre el cobro de piso, ni sobre la trata de mujeres, ni sobre la corrupción que atraviesa al gobierno. Los reportes que todos conocemos, como los de México Evalúa, lo dejan claro: hay menos muertos contados, pero no un país más seguro. ¿Cómo puede hacer todo eso a un lado? Esa es la paradoja que no me deja en paz. Un cineasta capaz de diseccionar con esta lucidez cómo el poder reparte la culpa para no asumirla, cómo cambia la narrativa para que la realidad le dé la razón, no aplica esa misma lucidez a su propio país. Su crítica alcanza para los millonarios estadounidenses, para la ONU, para los predicadores. No alcanza para sus amigos. Eso tiene un nombre: indolencia, la de quien elige no ver. Qué curioso que observe con tanto detenimiento, pero solo hacia un lado. No dudo que en México haya quien no fue a verla por la presencia de Berman. No es la única razón del fracaso, y fuera de México ni siquiera cuenta: en Estados Unidos nadie sabe quién es. Pero la pregunta queda. ¿Por qué permitir que una obra así cargue con ese bagaje? Como diría Juan Gabriel: ¿pero qué necesidad? El debate sobre si se puede separar la obra del autor no es nuevo, ni está resuelto. En 1999, cuando la Academia le dio un Óscar honorario a Elia Kazan, parte del público se negó a aplaudirle, porque en los años cincuenta había delatado a sus colegas ante el comité anticomunista del Congreso. Roman Polanski ganó el Óscar a mejor director en 2003 por El pianista siendo prófugo de la justicia estadounidense. Y en el extremo están las películas de Leni Riefenstahl, que se siguen estudiando como cine mientras se condena sin reservas al régimen nazi al que sirvieron. Ninguno de esos casos se compara con el de Berman; los menciono porque muestran lo difícil que es la pregunta. Mi postura es esta: la obra no se cancela. Digger es muy buena, el guion es muy bueno, y hay que decirlo, porque el compromiso de quien escribe es con la verdad. Pero el criterio con el que Iñárritu eligió a sus compañeros de viaje sí merece una crítica pública. Él parece creer que una buena obra se juzga sola, aunque la escriba el diablo. En otro caso estaría de acuerdo. Aquí creo que tiene que hacerse cargo de lo que significa con quién se junta. El teatro de la verdad No soy crítica de cine. Soy una espectadora que ha visto miles de películas a lo largo de su vida, porque es uno de sus entretenimientos favoritos. Me marcaron Coppola, Kubrick, Tarantino, y casi nada reciente se les acerca. Digger sí. En buena parte, por Tom Cruise. Hasta donde sé, no es un actor de teatro, y aquí le tocó hacer teatro dentro del cine. Lo hace de manera prodigiosa. Su discurso ante la ONU ocurre en lo más parecido a un escenario que tiene la película, y también en lo más parecido al teatro de nuestro tiempo: las redes sociales, donde todos gritan, nadie escucha y gana quien mejor cuenta su versión. Esa es la verdad incómoda de Digger: la narrativa ya la controlan los poderosos. Lo vemos con el clima, lo vemos con la política y lo estamos viendo ahora con la inteligencia artificial, ese miedo que muchos compartimos a que la especie humana termine por desaparecer, mientras quienes la fabrican nos cuentan cómo debemos entenderla. Y la película lo dice en voz alta. Pero qué paradoja: como a su científico, nadie la quiere escuchar. Hay una última paradoja, quizá la más honda. El poder y la riqueza que Digger critica son los mismos que la hicieron posible. ¿Quién más tiene 125 millones de dólares para invertir en una obra de arte? Iñárritu tuvo que pedirle «al sistema» el dinero para denunciarlo, y el sistema se lo dio, quizá porque sabe que una verdad dicha en una sala vacía no le hace daño. Iñárritu pasará a la historia como alguien capaz de retratar la realidad con maestría. Pero solo la realidad que le conviene. Para la otra, la que no le conviene, parece no tener ojos. Eso se llama hipocresía. Yuri Pérez escribe sobre derecho, geopolítica, cultura y sociedad. This is a public episode. If you'd like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit enlamira.substack.com/subscribe

  • October 5 · 3 min

    El nuevo significado del fascismo

    En esta audiocolumna, Arturo Herrera propone detenernos en una palabra que se usa cada vez más y ya significa otra cosa. Cuando un concepto histórico termina convertido en insulto para descalificar todo aquello con lo que se discrepa, quizá convenga preguntarnos qué estamos perdiendo en el camino. Arturo Herrera escribe sobre economía, política y cultura. Director de La Derecha Diario México y colaborador en ADN Noticias. This is a public episode. If you'd like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit enlamira.substack.com/subscribe

  • October 4 · 18 min

    LA SEMANA DE YURI PÉREZ | Doña Perfecta vino de visita

    I. La llegada Hace unos días vino a verme una de mis mejores amigas. Aquí la voy a llamar Marina. Nos conocimos a los diecinueve años en la Facultad de Derecho de la Universidad Veracruzana, en Xalapa, y desde entonces han pasado más de treinta. Ella venía de un pueblo pequeño de Veracruz, de esos que el tiempo casi no toca: las mismas calles, la misma plaza, las mismas familias antiguas que hicieron fortuna con la tierra hace generaciones y que todavía se reconocen por el apellido. Marina siempre fue alumna de diez. Estuvo en el cuadro de honor, las mejores calificaciones en los exámenes, entregaba todas las tareas. Estudió toda su vida en colegios privados; la universidad fue pública solo porque sus padres así lo decidieron. Después vinieron un buen empleo, un matrimonio, dos hijas, una maestría en derecho constitucional y varias herencias. Hoy vive de una panadería familiar que heredó, de esas de toda la vida, con empleados que hacen casi todo por ella. Una de sus hijas acaba de volver de un verano de intercambio en Estados Unidos; la otra está pasando un año escolar aquí, en Canadá. Este año Marina ha viajado dos veces a Europa. Es católica devota, profundamente mariana. Es, en suma, una mujer a la que la vida ha tratado bien. Yo llevo dieciocho años viviendo en Canadá. Y durante siete días, con ella en mi casa, descubrí cuánto nos hemos separado. No en el cariño, que sigue intacto, sino en la manera de mirar el mundo. El primer aviso fue pequeño. Marina comentó, con un dejo de reproche, que otra amiga nuestra, que también emigró y vive en un suburbio de Estados Unidos, anda todo el día en leggings, sin maquillaje, haciendo mandados. A las mujeres de nuestra generación y de nuestro medio nos educaron para no salir a la calle sin labial ni tacones. Yo también fui así. Pero aquí aprendí que nadie se arregla de gala para ir al supermercado, y que eso no es descuido: es otra forma de vivir. Para Marina era una falta. Para mí era una señal de que ya no estábamos viendo lo mismo. II. El parquímetro de Montreal Pasamos unos días en Montreal, en un hotel boutique instalado en un edificio antiguo del viejo sector de la ciudad, sin estacionamiento propio. Dejé el coche a la vuelta, en la calle, y pagué el parquímetro hasta las cuatro y media. El registro en la recepción se complicó y, cuando por fin terminamos, el tiempo estaba por vencerse. Le dije a Marina que primero tenía que mover el coche a un estacionamiento cercano, o al menos dejar las maletas en la puerta y llevarlo de inmediato, porque si no, me iban a multar. A ella le pareció una vuelta absurda. Lo práctico, decía, era subir primero las maletas y ya después ver lo del coche. Y entonces dijo algo que no he podido olvidar: «Yo nunca podría vivir en un país donde tienes que mover el coche porque se te venció el parquímetro». No lo dijo en broma. Lo dijo como quien describe una incomodidad insoportable: un lugar donde las reglas se cumplen porque, si no, hay consecuencias. Ella prefiere un lugar donde uno se estaciona donde puede y no pasa nada. Y si pasa algo, se arregla. Esa frase, que parece trivial, es la clave de todo lo que quiero contar. III. Dos Méxicos Durante la visita, Marina se quejó de lo caro y lo complicado que había sido el trámite para que su hija estudiara en Canadá. Lo comparó con México, donde, me dijo, el gobierno les da dinero a los jóvenes solo por estudiar. Sus dos hijas reciben las becas del Bienestar, que son universales para estudiantes de su edad. Le respondí que sí, que México reparte becas, pero que también es un país mucho más pobre, con hospitales sin medicinas, un rezago educativo alarmante, corrupción y regiones enteras donde el Estado ya no manda. No insistí. No era el momento. Unos días después organicé una cena con amigos. Ahí Marina habló con amargura de Felipe Calderón: dijo que con él hubo guerra, que en Boca del Río aparecían cuerpos en la calle, y que Morena trajo la paz a Veracruz. Subió un poco la voz al defender a López Obrador y a la Cuarta Transformación. Lo de Boca del Río ocurrió. En septiembre de 2011 abandonaron treinta y cinco cadáveres en una avenida de la zona turística, a plena luz del día. Fue una imagen brutal y nadie que viviera en Veracruz la ha olvidado. Lo que me desconcierta es que sea lo único que Marina recuerda. Como si después de 2018 el estado se hubiera quedado en silencio. No se ha quedado en silencio. En junio de este año, en Nanchital, un video de treinta y cinco segundos mostró a dos hombres encapuchados rompiendo a martillazos la puerta de la casa de la periodista Roxana Guzmán mientras alguien adentro gritaba que había un menor. Un mes después la encontraron muerta en un rancho. En julio de 2025, en Álamo, circuló el video de Irma Hernández, maestra jubilada y taxista, hincada frente a hombres armados que la obligaban a pedir a sus compañeros que pagaran la cuota. Apareció sin vida. La gobernadora Rocío Nahle dijo que había muerto de un infarto, «les guste o no». Las cifras van en la misma dirección. El Registro Nacional de Personas Desaparecidas superó las 135,000 personas a mediados de 2026; en mayo de 2022 eran 100,000. La extorsión alcanzó en el primer semestre de este año su nivel más alto en once años, con 6,562 víctimas registradas. Es cierto que el gobierno presume una baja de más de cincuenta por ciento en homicidios dolosos desde 2024, pero un país donde se mata menos y se desaparece y se extorsiona más no es un país en paz: es un país donde la violencia cambió de forma. Durante el sexenio de López Obrador, un estudio del Centro de Derechos Humanos de la Universidad de California en Berkeley documentó el asesinato de 78 periodistas y 259 defensores de derechos humanos. En la economía, el sexenio pasado creció 5.5 % en total, el peor desempeño desde los años ochenta, frente a 8.6 % con Calderón y 11.6 % con Peña Nieto. En 2025, el primer año completo de Claudia Sheinbaum, el crecimiento fue menor a uno por ciento. Y esta misma semana, The New York Times informó que dos agencias de Estados Unidos revisan señalamientos contra Andrés Manuel López Beltrán, hijo del expresidente, por presuntos vínculos con el crimen organizado y con el huachicol. No hay cargos formales y él lo niega. Pero que el hijo de un expresidente mexicano esté bajo esa lupa no tiene precedentes. Nada de esto es secreto. Está en los periódicos, en los registros oficiales, en los videos que todos hemos visto. Y aun así, en el México de Marina no existe. Su México se parece mucho más al Xalapa de 1990, cuando íbamos a la preparatoria: no dejábamos la puerta abierta, pero tampoco nos cobraban piso ni desaparecían a nadie en la cuadra. Ese país ya no está. Ella sigue viviendo en él. IV. Doña Perfecta Durante su visita, Marina me mencionó Doña Perfecta, una película mexicana de 1951 dirigida por Alejandro Galindo y protagonizada por Dolores del Río. Lo hizo con cierto orgullo, como quien se reconoce en un retrato favorecedor: la señora de provincia, respetable, piadosa, dueña de su casa y de su pueblo. Sospecho que no ha leído la novela. Doña Perfecta la escribió Benito Pérez Galdós en 1876, y la película la trasladó al México del siglo XIX, en plena guerra entre liberales y conservadores. Doña Perfecta es, en efecto, una señora rica, devota y venerada en su pueblo. También es intolerante y manipuladora. Cuando llega su sobrino Pepe Rey, un joven ingeniero de ideas modernas, ella teje intrigas para deshacerse de él. La historia termina con Pepe Rey muerto y con Rosario, la hija de Doña Perfecta, enloquecida. Doña Perfecta sigue adelante con su vida de rezos, convencida de su propia virtud. No escribo esto para decir que Marina sea un personaje malvado. No lo es. Es generosa a su manera, trabajadora, disciplinada, y me quiere. Lo que Galdós retrató, con una ironía que empieza en el nombre, es otra cosa: la perfección como forma de ceguera. Una mujer tan segura de su bondad que no alcanza a ver el daño que ocurre a su alrededor. Marina eligió ese espejo sin saber cómo termina la historia. V. El Estado de derecho es para los vulnerables Marina estudió Derecho y tiene una maestría. Conoce, al menos en los libros, para qué sirven la división de poderes, los jueces independientes y las reglas que se cumplen. Y, sin embargo, aplaude la reforma judicial que convirtió a los ministros de la Suprema Corte en candidatos electos por voto popular, muchos de ellos sin una carrera judicial que los respalde. ¿Cómo se explica? Después de mucho pensar, mi respuesta es esta: el Estado de derecho también protege a Marina —su panadería, sus herencias, los contratos de su familia—, pero ella puede sustituirlo. Tiene dinero, contactos y apellido. Conoce a todo su pueblo y todo su pueblo la conoce a ella. Si un agente de tránsito se acerca a multarla, hay maneras de arreglarlo. Si surge un problema, hay a quién llamar. Cuando la ley falta, a ella le cuesta poco. A los demás les cuesta todo. La última vez que estuve en Xalapa vi un mercado popular, de esos de puestos y ropa barata, con casi todas las cortinas cerradas en un día normal. Los comerciantes ya no abren porque no les alcanza para pagar el derecho de piso. Ellos sí necesitan un Estado que funcione. Ellos no tienen apellido que los proteja. Por eso a Marina le parece absurdo mover el coche antes de que venza el parquímetro. Para ella las reglas son una molestia, no un escudo, porque nunca ha necesitado que la protejan. Ha prosperado en un país donde la ley se negocia, y en ese país le ha ido muy bien. No echa de menos lo que nunca le ha hecho falta. VI. La votante cómoda Sería fácil decir que Marina es el votante típico de Morena, pero no lo es. El grueso de ese voto viene de los sectores con menos ingresos, de mucha gente que recibe programas sociales y que los vive como un cambio real en su vida. Según las encuestas de salida de 2024, entre los votantes de mayores ingresos Xóchitl Gálvez obtuvo cerca del 44 %, y entre quienes tienen estudios universitarios la votación quedó prácticamente empatada. Marina pertenece a ese otro grupo, más pequeño y más interesante: la votante cómoda. La que tiene todo para ver el problema y decide no verlo. ¿Por qué lo hace? Se me ocurren varias razones, y probablemente todas son ciertas al mismo tiempo. Apoyó a López Obrador públicamente desde 2018, y reconocer un error cuesta mucho, sobre todo a una persona orgullosa. Juzga el país por lo que vive en su casa, y en su casa todo va bien: las becas llegan, el negocio funciona y su pueblo está relativamente tranquilo. Su memoria se quedó con la violencia más espectacular, la de los cuerpos en la avenida, y no registra la más silenciosa, la de los desaparecidos y las cuotas. Pero hay una razón que me parece más profunda. López Obrador habló siempre en clave moral, casi religiosa: «primero los pobres». A una católica devota ese mensaje le suena a caridad. Y la caridad es perfectamente compatible con el clasismo: el que da sigue arriba, el que recibe sigue abajo, y el orden de las cosas no se mueve. La justicia, en cambio, no es compatible con el clasismo. La justicia exige reglas iguales para todos, también para quien se estaciona donde no debe. Por eso Marina puede apoyar con entusiasmo un discurso a favor de los pobres y, en la misma conversación, burlarse del color de piel o de la ropa de alguien más. Durante siete días no pude hablar de esto con ella. Conozco a Marina desde hace treinta años y sé que, si abría el tema, íbamos a terminar en una discusión desagradable, tal vez a gritos. Lo admito: yo tengo una predisposición a enojarme con todo lo que tenga que ver con la Cuarta Transformación, y ella tiene una predisposición a enojarse con cualquier resistencia. Ella piensa que Calderón fue un desastre; yo creo que fue uno de los mejores presidentes que ha tenido México. Además, era mi invitada, estaba en mi casa, y no quería que el resto de la semana fuera un infierno para todos. Así que cambiamos de tema. Es lo que hacemos muchos mexicanos con nuestros amigos y familiares: hay temas que no se tocan porque son poner el dedo en la llaga. Y aquí está la pregunta que quiero dejar a quienes aspiran a cambiar el rumbo del país: si yo, su amiga de treinta años, no pude tener esa conversación en siete días, ¿cómo piensa hacerlo un partido político? ¿Cómo piensa hacerlo un candidato de oposición en una campaña de tres meses? No se va a lograr diciéndole a Marina que la engañaron. Nadie cambia de opinión porque le digan que fue ingenuo. Si alguien quiere llegar a ella, tendrá que hablarle de lo que de verdad le importa. De sus hijas, a las que manda al extranjero precisamente porque quiere para ellas un mundo con reglas. De su patrimonio, que depende de jueces independientes y de un tratado comercial que Estados Unidos se negó a renovar en su forma actual, con inversionistas que señalan la reforma judicial como uno de los focos rojos. Y de su fe. Marina adora a la Virgen María, la madre que acompaña a su hijo hasta el final y lo recibe muerto en sus brazos. En México hay miles de madres buscadoras que recorren predios con una varilla para encontrar los restos de sus hijos, y a las que el gobierno les regatea el reconocimiento. Si hay una imagen que Marina podría entender, es esa. VII. Me duele porque la quiero Marina ya regresó a México. Me dejó un poco de tristeza y muchas preguntas. Si no la quisiera, nada de esto me importaría. Me importa precisamente porque la quiero, y porque me duele ver a alguien tan inteligente, tan preparada y tan querida elegir no ver. Me pregunto a veces cuál de las dos cambió más. Yo, sin duda. Emigrar te cambia la ropa, los horarios, la forma de hablar y hasta la forma de estacionarte. Pero los datos no cambiaron porque yo me haya ido. Los desaparecidos, la extorsión y los periodistas asesinados están ahí, se vean desde Canadá o desde la plaza de un pueblo veracruzano. En unos meses, la hija de Marina volverá a México después de un año en un país donde, cuando se vence el parquímetro, uno mueve el coche. ¿A qué país va a volver? Esa es la pregunta que me hubiera gustado hacerle a su madre durante la cena, y que no me atreví a hacer. Galdós no le dio a Doña Perfecta la oportunidad de ver a tiempo. Marina todavía la tiene. Yuri Pérez escribe sobre derecho, geopolítica, cultura y sociedad. This is a public episode. If you'd like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit enlamira.substack.com/subscribe

  • September 30 · 4 min

    Argentina vs. México

    México y Argentina están creciendo, pero no de la misma manera ni desde el mismo lugar. Arturo Herrera explica qué dicen realmente las cifras, más allá de la propaganda y del cherry picking de quienes sólo seleccionan los datos que sirven a sus agendas. Arturo Herrera escribe sobre economía, política y cultura. Director de La Derecha Diario México y colaborador en ADN Noticias. This is a public episode. If you'd like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit enlamira.substack.com/subscribe

  • September 21 · 2 min

    El poder se apellida

    En esta audiocolumna, Arturo Herrera explica que el nepotismo no sólo es consecuencia de la corrupción: también es un mecanismo de disciplina y control del régimen. Por eso florece en el obradorato. Arturo Herrera escribe sobre economía, política y cultura. Director de La Derecha Diario México y colaborador en ADN Noticias. This is a public episode. If you'd like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit enlamira.substack.com/subscribe

  • August 31 · 12 min

    DESDE LA MÚSICA | Dolly, la montaña y yo

    Hoy estrenamos Desde la música, una nueva sección de En la mira en la que Yuri Pérez parte de canciones, artistas y recuerdos musicales para contar historias y reflexionar sobre aquello que la música deja asociado para siempre a determinados momentos de nuestra vida. La primera entrega se titula «Dolly, la montaña y yo». Yuri recuerda el momento en que, a los doce años, descubrió la música de Dolly Parton durante un viaje por carretera, mientras contemplaba las montañas de Xilitla, entre la neblina. Música, paisaje y memoria quedaron unidos desde entonces. Desde la música será una sección de audio para suscriptores de pago, pero esta primera entrega quedará en acceso libre, para que todos puedan conocerla y escuchar el tipo de historias que iremos publicando. Esperamos que la disfruten. Yuri Pérez escribe sobre política, cultura, derecho y sociedad. This is a public episode. If you'd like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit enlamira.substack.com/subscribe

  • August 24 · 3 min

    El asesinato reputacional de Morena

    La Cuarta Transformación perfeccionó un método para enfrentar a sus críticos: destruir su reputación. Cuando aparece una investigación incómoda, una denuncia de corrupción o una opinión que contradice la propaganda oficial, el aparato político y mediático del gobierno se moviliza contra quien difundió el mensaje.Funcionarios públicos, gobernadores, dirigentes partidistas, medios afines y propagandistas emprenden campañas de desprestigio contra periodistas, opositores y ciudadanos. Inventan acusaciones, reciclan mentiras y presentan como sospechoso a cualquiera que cuestione al poder. Carlos Loret de Mola, Karla Estrella y muchos otros han enfrentado esa maquinaria. Algunos opositores incluso han padecido persecución judicial y encarcelamiento.La operación sigue una lógica sencilla: si Morena no puede desmentir las denuncias, intentará desacreditar a quienes las formulan. Si resulta imposible explicar un contrato irregular, una fortuna inexplicable o los vínculos de algún funcionario con personajes cuestionables, entonces conviene convertir al denunciante en el verdadero problema.De esa forma, la conversación pública deja de girar alrededor de la corrupción y se concentra en la vida, los antecedentes o los supuestos pecados del mensajero.Pero matar al mensajero no anula el mensaje.Una investigación sigue siendo válida si sus documentos son auténticos. Un contrato irregular sigue siendo irregular aunque el gobierno deteste a quien lo exhibió. Una denuncia sustentada conserva su importancia aunque los propagandistas oficiales dediquen semanas enteras a insultar a su autor.Sin embargo, estas campañas también persiguen otro objetivo: intimidar.Cada ataque funciona como una advertencia para los demás. El mensaje es claro: si cuestionas al gobierno, si investigas a sus funcionarios o si compartes información incómoda, pondrán toda su maquinaria a trabajar en tu contra.Quieren que periodistas, empresarios y ciudadanos se lo piensen dos veces antes de hablar. Quieren que el miedo haga el trabajo que sus argumentos no pueden hacer.El problema para Morena es que esta estrategia también produce consecuencias que los gobiernos autoritarios suelen calcular mal.Cuando el poder intenta destruir la reputación de alguien, también puede eliminar cualquier incentivo para moderarse. Una persona que ya fue difamada, perseguida o señalada públicamente tiene menos razones para guardar silencio y más motivos para responder con mayor determinación.Si el gobierno decidió atacarme incluso cuando digo la verdad, ¿por qué tendría que dejar de decirla? Si ya inventaron acusaciones, movilizaron propagandistas y buscaron desacreditarme, ¿qué ganaría con retroceder?La respuesta es evidente: nada.Por eso muchos periodistas y medios que han enfrentado estas campañas terminaron siendo más firmes, más confrontativos y más visibles. Cada intento de intimidación fortaleció su convicción de seguir investigando. Cada mentira fabricada confirmó que sus denuncias estaban tocando intereses reales.Hay lugares donde esta situación adquiere una gravedad todavía mayor. En Veracruz, gobernado por Rocío Nahle, el contexto de violencia contra periodistas convierte cualquier campaña de estigmatización en una amenaza que nadie debería minimizar.Morena ha intentado asesinar la reputación de innumerables críticos. Ha sembrado miedo, rencor y polarización. Ha empleado el poder público para convertir la discrepancia en una falta imperdonable.Pero también ha creado una generación de voces que entiende perfectamente lo que está en juego.Frente a un gobierno que pretende decidir quién puede hablar, qué puede investigarse y cuáles opiniones merecen castigo, ceder sería aceptar que la intimidación funciona.Por eso no podemos dejarnos.Si quieren callarnos, tendremos que gritar más fuerte. Arturo Herrera escribe sobre economía, política y cultura. Director de La Derecha Diario México y colaborador en ADN Noticias. This is a public episode. If you'd like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit enlamira.substack.com/subscribe

  • August 17 · 8 min

    Don't Tax the Rich

    ¿Alguna vez se han preguntado por qué tantos políticos de izquierda llegan al poder hablando de justicia, igualdad y defensa de los pobres, pero terminan rodeados de privilegios, fortunas inexplicables y gobiernos dedicados a exprimir a quienes producen? Yo creo que una parte de la respuesta está en la propia estructura moral del socialismo. El marxismo parte de una interpretación muy particular de la riqueza. En su teoría de la explotación, el trabajador genera un valor superior al salario que recibe y el capitalista se apropia de esa diferencia: el famoso plusvalor. De ahí surge una conclusión que ha contaminado buena parte del pensamiento socialista durante más de un siglo: si el empresario acumula riqueza, esa riqueza necesariamente tuvo que salir del trabajo de alguien más. El problema no es solamente económico. Es moral. Porque una vez que aceptas que la riqueza empresarial es esencialmente producto de la explotación, también aceptas que quitarle dinero al empresario deja de ser visto como quitarle algo legítimamente suyo. Se convierte en una especie de restitución. Ahí comienza el verdadero peligro. Desaparecen de la ecuación el riesgo, el ahorro, el capital, la innovación, la coordinación, el conocimiento, el talento empresarial, la capacidad para descubrir oportunidades y la posibilidad de perderlo absolutamente todo. El empresario deja de ser quien organiza recursos para producir algo que millones de personas voluntariamente desean comprar y pasa a convertirse en un explotador al que simplemente hay que tolerar hasta que llegue el momento de repartir lo que acumuló. La desigualdad deja de ser un resultado que debe explicarse y se transforma automáticamente en una acusación. Si alguien tiene más que yo, algo habrá hecho. Si una empresa gana demasiado, seguramente abusó. Si un empresario se hizo multimillonario, seguramente explotó trabajadores. Y cuando conviertes esa sospecha en ideología, la envidia deja de ser un defecto humano para convertirse en una postura política respetable. El marxismo hizo precisamente eso: convirtió el resentimiento en una explicación del mundo. Por eso frases como “tax the rich” funcionan tan bien políticamente. No dicen simplemente que el Estado necesita recaudar determinado porcentaje para financiar ciertos servicios públicos. La carga emocional es otra: ellos tienen demasiado y nosotros tenemos derecho a quitárselo. El lenguaje importa. Nunca hablan de cuánto dinero debe conservar una persona después de pagar impuestos. Hablan de cuánto pueden quitarle. Nunca preguntan cuánto Estado podemos financiar sin destruir los incentivos para producir. Preguntan cuánto más pueden pagar “los ricos”. Nunca se preguntan si alguien merece conservar el resultado de décadas de trabajo, riesgo e inversión. La riqueza misma se convierte en prueba suficiente de culpabilidad. Y esa lógica no necesariamente termina en los impuestos. También puede convertirse en una extraordinaria coartada moral para la corrupción. El político socialista puede convencerse de que él representa al pueblo y que quienes poseen capital representan a los explotadores. Entonces aparece una peligrosa deformación psicológica: apropiarse de recursos deja de sentirse como robo y comienza a sentirse como compensación. Ellos robaron primero. El sistema siempre estuvo amañado. Los ricos se hicieron ricos explotándonos. Ahora nos toca. Es una racionalización extraordinariamente conveniente para alguien que acaba de llegar al presupuesto público. Y así aparecen los revolucionarios con relojes de lujo, los enemigos del capitalismo viviendo como magnates, los dirigentes sindicales convertidos en millonarios y los políticos que llevan décadas hablando de pobres mientras sus familias descubren misteriosamente las bondades del patrimonio. No significa que todo socialista sea corrupto. Evidentemente tampoco significa que todo político de derecha sea honesto. La corrupción existe bajo prácticamente cualquier ideología porque el problema del poder también es un problema de incentivos, controles e instituciones. Pero precisamente por eso importa qué ideas utilizamos para justificar el ejercicio del poder. Una ideología que enseña que la propiedad de determinadas personas es moralmente sospechosa proporciona una herramienta peligrosísima a quien controla el Estado. Porque el saqueo ya no necesita llamarse saqueo. Puede llamarse redistribución. Puede llamarse justicia social. Puede llamarse nacionalización. Puede llamarse impuesto extraordinario. Puede llamarse expropiación. Puede llamarse aportación solidaria. El nombre cambia. La pregunta fundamental permanece: ¿con qué derecho una persona dispone por la fuerza de aquello que produjo otra? El socialismo también comete otro error fundamental: supone que la riqueza es esencialmente una cantidad existente que debe repartirse. Pero la riqueza se crea. Una computadora, un antibiótico, un avión, una plataforma tecnológica o una fábrica no aparecieron espontáneamente en la naturaleza esperando que algún político decidiera cómo distribuirlos. Fueron resultado de conocimiento, capital, experimentación, ahorro, organización, fracaso e innovación. La gran batalla económica no consiste en decidir quién obtiene la rebanada más grande de un pastel fijo. Consiste en descubrir cómo hacemos crecer el pastel. Y ahí el capitalismo tiene una ventaja moral y económica fundamental: para hacerte rico normalmente necesitas ofrecerle a otras personas algo que voluntariamente prefieran sobre el dinero que tienen en el bolsillo. Steve Jobs no necesitó confiscar millones de cuentas bancarias para vender iPhones. Millones de personas decidieron voluntariamente entregarle su dinero a Apple porque consideraban que el producto valía más que el dinero que estaban entregando. Esa diferencia entre intercambio voluntario y coerción es gigantesca. El empresario tiene que convencerte. El político puede obligarte. Por eso siempre me preocupará mucho más un gobierno demasiado poderoso que un empresario demasiado rico. Si no quiero comprarle al empresario, puedo marcharme. Cuando el Estado decide quitarme la mitad de lo que produzco, la conversación es bastante distinta. Por eso jamás apoyaría a un político socialista. No porque crea que todos sean ladrones ni porque piense que todo programa social sea socialismo. Mi rechazo es más profundo: considero que el socialismo parte de una concepción equivocada de cómo se crea la riqueza y, todavía peor, termina otorgando una justificación moral para apropiarse de lo ajeno. Y las ideas tienen consecuencias. Primero te dicen que el rico obtuvo su dinero explotando. Después te dicen que quitarle una parte es justicia. Luego descubren que nunca es suficiente. Y cuando finalmente destruyen los incentivos para invertir, ahorrar, contratar y producir, se sorprenden de que aparezcan escasez, estancamiento y fuga de capitales. Entonces buscan un nuevo culpable. El empresario. El extranjero. El especulador. El comerciante. El neoliberal. Nunca la ideología. Si queremos sociedades más prósperas, no necesitamos enseñarles a nuestros hijos a odiar al que tiene más. Necesitamos enseñarles cómo crear más. Necesitamos instituciones que castiguen el fraude, la corrupción y los privilegios, pero que protejan con la misma fuerza la propiedad, la inversión y el intercambio voluntario. Necesitamos un Estado que persiga al ladrón, no uno que compita con él. Y necesitamos derrotar intelectualmente una idea que lleva demasiado tiempo presentándose como superioridad moral: que arrebatarle a unos para entregarles a otros automáticamente constituye justicia. No. La pobreza no se combate odiando la riqueza. Se combate creando las condiciones para que millones de personas puedan producirla. Y por eso al socialismo hay que derrotarlo donde debe derrotarse una idea equivocada: en las urnas, en el debate y, sobre todo, en las ideas. Arturo Herrera escribe sobre economía, política y cultura. Director de La Derecha Diario México y colaborador en ADN Noticias. This is a public episode. 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  • August 16 · 30 min

    LA SEMANA DE YURI PÉREZ | El ecosistema imaginario de Luisa María Alcalde

    Luisa María Alcalde presentó el 12 de agosto un supuesto “ecosistema de amplificación digital” de cuatro capas para probar que existe una operación coordinada contra el gobierno. No lo logró, por cinco razones. Primero, confunde correlación con causalidad: que una publicación anteceda a otras y que varias cuentas compartan una narrativa parecida no prueba coordinación, de la misma manera en que salir de una cafetería minutos antes de un choque no prueba que la cafetería lo haya causado. Segundo, que un medio o un periodista sea sistemáticamente crítico del gobierno no es, por sí mismo, evidencia de nada ilegítimo: es exactamente lo que se espera de una prensa libre. Tercero, en ningún momento presentó contratos, instrucciones, pagos o comunicaciones que acrediten una orquestación entre las cuatro capas de su propio esquema —de hecho, su primera capa se origina y se legitima a sí misma, sin que exista un vínculo probado con las otras tres—; mostró publicaciones parecidas y consecutivas, no el mecanismo que las conectaría. Cuarto, los particulares tienen derecho a organizarse, opinar y difundir información y posturas políticas, incluidas las que incomodan al gobierno: eso es libertad de expresión y de asociación, no una operación de injerencia. Quinto, la prohibición legal de la injerencia extranjera está diseñada para proteger los procesos electorales —el financiamiento, la propaganda y la intervención directa en una contienda—, no para regular quién puede opinar sobre un gobierno o compartir información entre países. Bajo ninguno de estos cinco criterios el montaje de Alcalde demuestra lo que dice demostrar: clasificó públicamente a sus críticos y llamó “análisis” a esa clasificación. Luisa María Alcalde asegura que no hizo listas. Según ella, presentó el análisis de un mecanismo: un “ecosistema de amplificación digital” mediante el cual consultores, operadores políticos, medios, cuentas anónimas, bots, trolls, influencers y comentaristas difunden narrativas para desgastar a los gobiernos progresistas de América Latina. Claudia Sheinbaum la respaldó. Alcalde volvió a defenderse ante los medios. Ambas insisten en que el propósito no fue señalar personas, sino explicar cómo funciona la desinformación y exhibir los intereses ocultos detrás de ciertas conversaciones digitales. Su exposición no demuestra nada de eso. Lo que presentó, en la conferencia “Derecho de Réplica” del 12 de agosto, fue un montaje deficiente, incompleto y contradictorio: 120 cuentas identificadas por nombre y repartidas en tres capas —medios y analistas políticos, políticos, y cuentas de ataque— más una cuarta capa de alrededor de 560 mil 520 cuentas señaladas como bots, en un monitoreo de siete meses (del 1 de enero al 8 de agosto) con más de 22 millones de publicaciones. Un conjunto variopinto de actores con funciones, métodos y responsabilidades editoriales completamente distintas, metido a la fuerza en las mismas casillas. Puede llamarlo “análisis”, “mapeo” o “ecosistema”. Visualmente era una lista. Materialmente era una lista. Alcalde leyó en voz alta los nombres y los colocó dentro de capas que, según ella, integran una operación de injerencia contra el gobierno. Si camina como lista, se presenta como lista y se lee como lista, es una lista. Un descubrimiento que no descubre nada Alcalde presenta su montaje como si hubiera descubierto el hilo negro. Pero el mecanismo que describe es antiquísimo: una fuente produce un mensaje, otros lo reproducen, se paga publicidad para ampliar su alcance, figuras con audiencia propia lo comentan y al final los medios lo incorporan a la conversación pública. Ocurre en campañas electorales, movimientos sociales, lanzamientos de películas y estrategias de mercadotecnia desde que existen los medios; las campañas de Obama fueron célebres precisamente por esa capacidad de amplificación digital. Nada de eso prueba, por sí solo, una conspiración ni una intervención extranjera. Había que demostrar que los actores señalados formaban parte de una operación coordinada. Alcalde no lo hizo: colocó nombres en casillas, trazó una secuencia y dio por probado justo lo que tenía que probar. Alcalde es abogada egresada con mención honorífica de la UNAM y tiene una maestría en Derecho por Berkeley. Con esas credenciales no hay margen para el beneficio de la duda: si de verdad cree que su montaje satisface un estándar serio de demostración, su criterio como funcionaria queda en entredicho. Y si sabe que no lo satisface y lo presentó de todos modos, no hay error de análisis: hay una decisión deliberada de usar el cargo para desinformar. Esta segunda opción es, con mucho, la más probable. El ejemplo que desmiente el esquema Alcalde ubicó a Javier Negre dentro de la Capa 1 de su esquema: la de “medios y analistas políticos”, 54 cuentas que, según ella, originan el mensaje y, al mismo tiempo, lo legitiman a través de investigaciones, noticias y opiniones. Dentro de esa capa citó, como uno de los picos de actividad del periodo analizado, la narrativa “Estado fallido” ligada a eventos deportivos —sin desarrollarla como un caso ilustrado paso a paso, sino como una cifra más dentro del recuento de publicaciones. Ahí está el problema, y es distinto del que parecería a primera vista: el esquema no separa el origen de la narrativa y su legitimación editorial en dos momentos de una cadena causal. Los coloca en la misma capa, con las mismas cuentas, al mismo tiempo. Negre no salta entre categorías; es la categoría misma la que hace dos cosas contradictorias a la vez. Si el origen del mensaje y su legitimación ocurren en el mismo paso, ejecutados por los mismos actores, no hay cascada que demostrar entre ambos: no existe un momento en que la narrativa nace y un momento posterior e independiente en que otros la validan. Es la misma cosa —una opinión publicada— descrita dos veces con verbos distintos para que parezca un proceso de dos etapas. Lo que sí exigiría prueba es lo que ocurre después: cómo la Capa 1 se conecta con la Capa 2 (32 cuentas de políticos que, según Alcalde, “retoman y politizan” el contenido), con la Capa 3 (34 cuentas de ataque que “reempaquetan, editorializan y distribuyen” el mensaje, principalmente vía retuits y respuestas) y con la Capa 4 (el anillo de más de 560 mil cuentas que “replican los mensajes de las capas anteriores”). Alcalde no mostró instrucciones, materiales ni acuerdos que conectaran a Negre con algún político de la Capa 2, con alguna cuenta de ataque de la Capa 3, ni con el anillo de bots de la Capa 4. Mostró que existen publicaciones parecidas y consecutivas repartidas en las cuatro capas. No mostró el mecanismo que las uniría. El esquema de agosto, además, no contempla la pauta publicitaria como una capa propia: no hay una categoría dedicada a contratos, facturas o responsables de pago. Eso significa que la pieza que más importaría para demostrar coordinación pagada —el dinero— quedó fuera de la taxonomía que la propia Alcalde construyó. Afirmó la participación de cuentas de ataque y de un anillo de bots, y como evidencia exhibió que distintas cuentas compartieron o comentaron el mensaje, algunas —dijo— cada 33 segundos y con actividad hasta 21 horas al día. Ese patrón sí es indicio de automatización en varias cuentas puntuales. Pero no prueba que todas respondan a Negre, ni que compartir su publicación equivalga a recibir instrucciones suyas: puede hacerse por convicción, oportunismo, afinidad política o simple ganas de subirse a una tendencia. La amplificación orgánica ni siquiera aparece contemplada en el modelo: todo lo que coincide con una narrativa contraria al gobierno se incorpora automáticamente al mecanismo. Su cascada tiene cuatro capas bien numeradas, con cuentas y publicaciones contadas una por una. Pero entre capa y capa —el tramo que debía probar coordinación— sigue sin haber nada más que la coincidencia temática y temporal. Usa flechas, capas y cifras exactas, y eso le da apariencia de precisión. Las cifras exactas tampoco sustituyen a las pruebas. Tim Hortons no provocó mi accidente Supongamos que entro a Tim Hortons —una cafetería— a tomarme un café, salgo, me subo al automóvil y minutos después otro conductor me choca. Los dos hechos ocurrieron en secuencia: primero tomé un café en Tim Hortons, después tuve el accidente. Pero sería absurdo concluir que el café, o la cafetería, causaron el choque. Para responsabilizar al establecimiento tendría que demostrar un vínculo concreto entre ambos hechos; la simple proximidad temporal no basta. Eso es exactamente lo que hace Alcalde. Muestra que una publicación aparece antes que otras, observa que varias cuentas comparten una narrativa parecida, y convierte esa secuencia en prueba de coordinación. Entre la publicación original y su amplificación falta justo lo que debía demostrar: el mecanismo causal. No hay chats con instrucciones, correos o audios. Tampoco contratos, responsables identificados de la supuesta pauta, recibos, nóminas de bots, ni una cronología que muestre el traslado organizado del mensaje entre las capas. Hay publicaciones parecidas y consecutivas. Eso puede probar correlación, coincidencia temática o propagación — no coordinación premeditada. Alcalde tomó un café en Tim Hortons y después tuvo un accidente. Ahora quiere responsabilizar a la cafetería. La lista que supuestamente no es lista La defensa oficial es que no hubo listas, sino el análisis de un mecanismo. El argumento sería más convincente si Alcalde hubiera presentado un solo caso plenamente documentado: el origen de una instrucción, su financiamiento, la contratación de amplificadores, la cronología de publicaciones y su llegada a los medios. En cambio, presentó datos de siete meses —del 1 de enero al 8 de agosto— sin explicar del todo el criterio de selección: ni el umbral de participación, ni la metodología para distinguir a un ciudadano convencido de un operador pagado, ni la información que sustentó cada clasificación dentro de cada capa. Ella misma habló de más de 22 millones de publicaciones y 560 mil cuentas bot en la conversación digital. ¿Por qué esas 120 cuentas identificadas por nombre encabezan las tres primeras capas, y no otras? No lo sabemos. Los actores incluidos, además, no son homogéneos: un periódico con reporteros y procesos editoriales no funciona como un usuario anónimo de X, ni un conductor de noticias como un partido político, ni un comediante como una organización civil. Pese a eso, Alcalde los metió a todos en el mismo ecosistema opositor. Un detalle la delata: al mencionar a Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, no usó su nombre real, sino el apodo despectivo que emplea el movimiento gobernante, “Mexicanos a Favor de la Corrupción”. Si la intención era exponer neutralmente un mecanismo técnico, la burla sobra. Y esa burla, ella sola, delata la intención política de todo el ejercicio. No hay aquí un mapa aséptico de la comunicación digital. Hay la clasificación pública de los críticos que más incomodan al gobierno. El sesgo que se delata solo Todos los actores incluidos tienen algo en común: han difundido críticas, investigaciones u opiniones contrarias a Morena o al gobierno. No hay comparación con el ecosistema digital oficialista: no aparecen los medios, influencers y cuentas que amplifican las narrativas de la Cuarta Transformación, ni se estudia cómo las consignas oficiales viajan de una conferencia presidencial a legisladores, medios simpatizantes e influencers. El mecanismo solo se activa cuando la información perjudica al poder. El sesgo se nota todavía más al incluir periódicos completos. En El Universal colaboran críticos del gobierno, pero también figuras identificadas con la Cuarta Transformación, como Lenia Batres. En Reforma escriben autores muy críticos, pero también colaboradores abiertamente favorables a Morena, como Vanessa Romero y Carlos Pérez Ricart. ¿Qué se clasifica exactamente? ¿El medio completo? ¿Una investigación? ¿Un editorial? ¿Algunos columnistas? ¿Cada cuenta que compartió una nota? La unidad de análisis cambia todo el tiempo: a veces es una persona, a veces una empresa, a veces una cuenta, a veces solo una postura política. Con una metodología tan elástica, cualquier resultado puede acomodarse de antemano. La contradicción se vuelve aún más flagrante si se toma en serio el discurso oficial sobre la popularidad de Claudia Sheinbaum. El gobierno insiste en que cuenta con el respaldo abrumador del pueblo, informado y convencido. Pero si eso es cierto, un puñado de cuentas críticas no debería representar ninguna amenaza que justifique un montaje de este tamaño. Y si millones de personas pueden ser engañadas con tanta facilidad, esa supuesta solidez del respaldo popular es mucho más frágil de lo que el gobierno quiere admitir. El pueblo es sabio cuando vota por Morena y manipulable cuando lo critica: la autenticidad de la conversación pública depende, siempre, de si favorece o perjudica al poder. “Me preguntaste con qué fundamento” Esta forma de argumentar recuerda una conversación entre Ben Shapiro y Tucker Carlson sobre vehículos autónomos. Shapiro le preguntó a Carlson si prohibiría los camiones sin conductor para proteger los empleos de los transportistas. Carlson dijo que sí, de inmediato, bajo el argumento de la seguridad. Cuando Shapiro objetó que esos vehículos podrían ser más seguros que uno manejado por una persona, Carlson respondió, en esencia: “Me preguntaste con qué fundamento los prohibiría, no si ese fundamento era verdadero”. Esa frase retrata exactamente el análisis de Alcalde. Su objetivo no era averiguar si la hipótesis era cierta, sino construir un fundamento con apariencia técnica para una conclusión política ya adoptada de antemano: existen críticos del gobierno, sus mensajes se amplifican, por lo tanto forman parte de una operación de injerencia. El fundamento puede ser endeble. Lo único que importa es que sostenga la conclusión. El extraño “derecho de réplica” del gobierno El programa que conduce Alcalde se llama Derecho de Réplica, pero no corresponde al sentido jurídico de esa figura. La ley reconoce ese derecho a las personas —también a los funcionarios públicos— frente a datos falsos que las aludan directamente y les causen una afectación. Una emisión desde el Poder Ejecutivo para clasificar críticos y denunciar presuntas redes opositoras no se vuelve legal solo porque el gobierno le puso ese nombre. Alcalde no le pide a un medio que rectifique un dato falso sobre ella; usa recursos y canales oficiales para construir una contranarrativa gubernamental. Eso es comunicación política: un contraataque contra la prensa crítica y la oposición digital, disfrazado de garantía ciudadana. Los mexicanos ya cuentan, formalmente, con mecanismos para defenderse de información falsa: pedir una réplica o, si hay daño demostrable, ir a tribunales. El problema es la confianza que merecen hoy esas instituciones. La reforma judicial llevó a los máximos cargos a figuras vinculadas con el movimiento gobernante, con la ayuda de acordeones de papel que le dijeron a la población por quién votar. Y la duda pesa todavía más cuando ministras como Lenia Batres —la llamada “ministra del pueblo”— exhiben abiertamente su lealtad a la Cuarta Transformación, o cuando Yasmín Esquivel sigue en la Corte sin que jamás se haya aclarado el escándalo del plagio de su tesis. El gobierno dice defender a las audiencias mientras debilita la independencia de las instituciones ante las que esas audiencias deberían poder defenderse. Lo que hacen otros países En el Reino Unido, Ofcom recibe quejas ciudadanas y puede ordenar rectificaciones, multar o retirar licencias, pero es un regulador independiente, no la oficina jurídica del primer ministro; la prensa se autorregula además con IPSO. Canadá tiene un esquema similar con el CRTC y el CBSC. En ningún caso es el gobierno el que decide, en cadena nacional, qué periodista conspira. En Estados Unidos, la FCC tiene atribuciones limitadas y no sustituye el criterio editorial de las televisoras. El intento de usarla contra Jimmy Kimmel lo demostró: tras unos comentarios sobre el asesinato de Charlie Kirk, el presidente de la FCC amenazó a ABC, la televisora suspendió el programa, y la reacción social fue tan fuerte que el programa regresó al aire. Fue presión gubernamental que encontró resistencia. Alex Jones es un ejemplo todavía más claro. Sostuvo durante años que la masacre de Sandy Hook fue un montaje y que los padres de las víctimas eran actores. Esas familias fueron a tribunales y ganaron sentencias por más de 1,400 millones de dólares; no hizo falta que el presidente organizara una emisión semanal para clasificarlo dentro de un ecosistema de desinformación. Esa es la diferencia entre proteger derechos y usar la protección de derechos como pretexto para administrar políticamente la verdad. La Estafa Maestra y la memoria selectiva Morena conoce el poder político de las investigaciones periodísticas y su amplificación. Durante años usó reportajes de medios críticos para construir las narrativas que la llevaron al poder: con Ayotzinapa y “¿Dónde están los 43?”, y con la Estafa Maestra, publicada originalmente por Animal Político y Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad. Rosario Robles fue presentada como pieza central de esa trama y pasó tres años en prisión, la única exsecretaria encarcelada. Los tribunales terminaron absolviéndola, y la Suprema Corte dejó firme esa resolución. La absolución no vuelve falsa toda la investigación, pero sí demuestra que la culpabilidad penal que se le atribuyó públicamente excedió lo que el Estado pudo acreditar ante un juez. A Morena no le importó entonces que una investigación periodística se amplificara hasta volverse narrativa política: la aprovechó. Ahora que ocupa el poder, presenta ese mismo proceso como evidencia de una operación ilegítima. Supongamos que Alcalde tiene razón Démosle, por un momento, todo el beneficio de la duda que no se ganó: que existen documentos, audios y conversaciones que acreditan coordinación; que hay financiamiento privado para promover contenidos críticos y cuentas que cobran por amplificarlos; que, incluso, toda la secuencia que propone Alcalde es correcta. Sigue faltando la pregunta que en verdad importa: ¿cuál es el problema? Si la información original es verdadera y las investigaciones documentan actos reales del gobierno, los ciudadanos tienen derecho a difundirlas, comentarlas, financiarlas y organizarse políticamente alrededor de ellas: eso es libertad de expresión y de asociación. Una red de ciudadanos contrarios al gobierno no es automáticamente una operación ilícita, como tampoco lo es una oposición organizada. Los partidos, movimientos y medios favorables a Morena hicieron exactamente eso durante décadas: investigaron, difundieron, financiaron y amplificaron narrativas para disputar el poder. Lo único que decidiría el asunto es si la información es falsa, y ahí está el punto ciego del montaje de Alcalde: no se concentra en probar que los reportajes son falsos, sino en mostrar que circulan y producen narrativas contrarias al gobierno. Su problema no es la mentira. Es la oposición. El ejemplo de “México es un Estado fallido” lo delata: no es una noticia verificable, es una valoración política. Puede ser exagerada, injusta o absurda, pero sigue siendo una opinión. Alcalde tomó esa opinión y la mezcló con medios que hacen investigaciones basadas en documentos y fuentes, borrando deliberadamente la diferencia entre una consigna y un reportaje. ¿Por qué esos nombres? El montaje no demuestra coordinación entre capas, su primera capa colapsa origen y legitimación en los mismos actores, no hay evidencia de financiamiento y la selección de 120 cuentas identificadas no representa a los millones que integran la conversación digital de la que habla Alcalde. Entonces, ¿para qué exhibir los nombres? Una posibilidad: el gobierno se blinda para escándalos futuros. Clasificar preventivamente a ciertos medios como parte de un ecosistema de desinformación permite desacreditar de antemano lo que publiquen después, o justificar la existencia del propio programa Derecho de Réplica y futuras intervenciones legales bajo la bandera de los derechos de las audiencias. La lectura más inquietante es que la exposición funcione como advertencia. México sigue siendo uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo, y que el gobierno clasifique públicamente a periodistas y medios como parte de una operación para debilitarlo es, como mínimo, irresponsable. No hace falta suponer que el gobierno desea una agresión para reconocer el riesgo: el poder sabe que sus palabras tienen consecuencias, y que sus seguidores pueden leer el señalamiento como una autorización moral para hostigar. Quien gobierna tiene una obligación especial de prudencia, mucho más cuando no ha podido garantizar la seguridad de quienes ejercen el periodismo. La lección argentina Morena debería observar la historia reciente de Argentina. El kirchnerismo fue durante años una fuerza dominante: construyó medios afines, sostuvo una larga guerra contra la prensa crítica e hizo del Grupo Clarín su antagonista principal, sobre todo tras el conflicto agropecuario de 2008. Nada de eso contuvo el hartazgo social ni evitó la llegada de Javier Milei —irónicamente, construido en buena parte en esos mismos medios, afines y contrarios al kirchnerismo. Cristina Fernández de Kirchner terminó condenada y el peronismo perdió buena parte de su capacidad política. No fue la prensa la que lo destruyó: fueron sus propios resultados, sus contradicciones y su desgaste. La misma lección vale para México. Un gobierno no puede controlar indefinidamente la conversación pública si la experiencia cotidiana de la gente contradice su propaganda. Puede señalar periodistas, inventar categorías, descalificar investigaciones y acusar injerencias. Lo que no puede es impedir que la población vea la inseguridad, la corrupción, la impunidad y la incompetencia. Mucho ruido y ninguna prueba El montaje de Luisa María Alcalde tiene apariencia de investigación, pero no satisface ni siquiera sus propios parámetros. Nunca demuestra el vínculo entre sus cuatro capas ni acredita coordinación entre los señalados. Tampoco documenta financiamiento —su propio esquema ni siquiera contempla una capa de pauta publicitaria—, no identifica a un solo bot con nombre y apellido detrás del anonimato, ni distingue entre amplificación orgánica y pagada. Eligió 120 cuentas identificadas sin explicar plenamente el criterio, no comparó el ecosistema opositor con el oficialista, y mezcló opiniones, investigaciones, medios completos y cuentas individuales como si fueran lo mismo. Lo único que hace con claridad es identificar públicamente a los críticos del gobierno y meterlos a todos en la misma narrativa de injerencia. Eso confirma que las listas no son un elemento accesorio del análisis: son su verdadero producto. El gobierno puede insistir en que combate la desinformación. Pero sin pruebas suficientes, su ejercicio se parece menos a una investigación y más a un contraataque político disfrazado de metodología. Y ni siquiera es un contraataque competente. Si esta es la artillería pesada del gobierno para controlar la conversación digital, va a fracasar. No se silencian millones de cuentas con 120 nombres repartidos en cuatro capas de una diapositiva. Podrá hostigar individualmente a periodistas, medios y opositores, desacreditarlos ante su base, lograr que una parte del público dude preventivamente de cualquier investigación futura. Lo que no puede es cancelar la realidad. Mientras el gobierno no atienda la corrupción, la inseguridad y la impunidad; mientras responda a las investigaciones señalando al mensajero; mientras use el poder para clasificar críticos en vez de aclarar los hechos, las narrativas negativas van a seguir apareciendo. No porque Luisa María Alcalde haya descubierto una conspiración internacional, sino porque ningún diagrama de flechas sustituye a un buen gobierno. Yuri Pérez escribe de cultura, sociedad, derecho y política. This is a public episode. If you'd like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit enlamira.substack.com/subscribe

  • August 10 · 4 min

    Campañas anticipadas

    Morena ya dio el pitazo de salida a la carrera rumbo a las elecciones de 2027. Sus aspirantes recorren calles, organizan asambleas, visitan casas y construyen estructuras territoriales, aunque todavía no comienzan los tiempos legales. Conviene aclarar las fechas. El proceso electoral federal iniciará el 10 de septiembre de 2026, pero las precampañas comenzarán hasta la primera semana de enero de 2027 y podrán durar un máximo de 40 días. La elección será el 6 de junio. Morena decidió no esperar. El partido y sus aliados registraron 277 aspirantes para las 17 gubernaturas que estarán en disputa. Oficialmente buscan convertirse en “coordinadores de defensa de la transformación y la soberanía nacional”, pero participan en encuestas, compiten por reconocimiento y realizan recorridos territoriales para conseguir una candidatura. El caso más evidente es Andrés Manuel López Beltrán, quien anunció que visitará casa por casa las 170 secciones electorales del Distrito 6 de Tabasco, exactamente el distrito que busca representar como diputado federal. Andrea Chávez también recorre Chihuahua mientras pretende convertirse en candidata a gobernadora. Movimiento Ciudadano ya presentó una denuncia contra ambos y contra Cruz Pérez Cuéllar por presuntos actos anticipados de campaña. Citlalli Hernández, presidenta de la Comisión Nacional de Elecciones de Morena, sostiene que no existe ninguna irregularidad porque nadie llama expresamente a votar. Según ella, solamente realizan “presencia territorial”. Morena conoce perfectamente el resquicio jurídico. Sus aspirantes evitan decir “vota por mí”, pero hacen todo lo demás: anuncian sus aspiraciones, recorren los territorios donde quieren competir, organizan reuniones y buscan posicionarse ante los electores. La legislación también permite sancionar los equivalentes funcionales de una petición del voto, por lo que las autoridades deberían analizar el contexto completo y no limitarse a buscar palabras prohibidas. El propio INE ha detectado propaganda política en 23 estados, 17 renuncias o licencias de funcionarios que buscan competir y 180 quejas o denuncias en 15 entidades. No puede alegar ignorancia. Aun con toda esa evidencia sobre la mesa, la mayoría del Consejo General, encabezada por Guadalupe Taddei, aplazó por tercera ocasión la discusión de los lineamientos para fiscalizar estos procesos. El árbitro está haciendo deliberadamente la vista gorda mientras Morena opera fuera de los tiempos legales, posiciona candidatos y acumula meses de ventaja. El INE se pintó de guinda: abandonó su obligación de garantizar un piso parejo y se convirtió en cómplice institucional del partido gobernante. La estrategia tampoco es nueva. En 2022, Claudia Sheinbaum, Marcelo Ebrard, Adán Augusto López y Ricardo Monreal participaron en actos de Morena en Toluca y Coahuila. El INE emitió entonces medidas cautelares por la posible existencia de una campaña coordinada de proselitismo adelantado. En 2023 llegó la competencia de las “corcholatas”, disfrazada como un proceso para elegir al coordinador nacional de la transformación. Morena aprendió que bastaba con cambiar los nombres y evitar una petición literal del voto. La oposición puede continuar presentando denuncias, pero ninguna sentencia tardía devolverá el tiempo perdido. Mientras PAN, PRI, Movimiento Ciudadano y los nuevos partidos esperan respetuosamente el calendario, Morena construye reconocimiento, moviliza estructuras y posiciona candidatos. Ante esta realidad, la oposición también debe salir a las calles, presentar perfiles, organizar asambleas y recorrer el país desde ahora, incluso asumiendo el riesgo de recibir sanciones por actos anticipados. Los ciudadanos, por su parte, deben documentar los eventos, la propaganda y el dinero utilizado. Si el INE decidió permitir de facto que Morena comenzara su campaña, tendrá que aplicar el mismo criterio para todos. Una regla que solamente obliga a los adversarios del gobierno deja de ser una regla y se convierte en un arma del poder. Morena ya escuchó el pitazo de salida. La oposición debe decidir si compite o contempla la elección desde la sala de espera de un tribunal. Arturo Herrera escribe sobre economía, política y cultura. Director de La Derecha Diario México y colaborador en ADN Noticias. This is a public episode. If you'd like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit enlamira.substack.com/subscribe

  • August 9 · 18 min

    LA SEMANA DE YURI PÉREZ | Cómo Ucrania aprendió a hablar MAGA

    Cómo olvidar que hace poco más de un año Volodymyr Zelensky fue humillado públicamente en la Casa Blanca. La reunión de febrero de 2025 debía culminar con la firma de un acuerdo sobre minerales entre Estados Unidos y Ucrania. Terminó convertida en uno de los enfrentamientos diplomáticos más extraordinarios transmitidos desde el Despacho Oval. El vicepresidente JD Vance acusó al mandatario ucraniano de no mostrar suficiente gratitud. Brian Glenn, periodista de un medio afín a Donald Trump, le reprochó que no llevara traje. Trump le advirtió que no tenía “las cartas” y que estaba arriesgándose a provocar una tercera guerra mundial. Zelensky intentó argumentar que las concesiones y la diplomacia no habían detenido anteriormente a Vladimir Putin. También advirtió que la distancia geográfica no protegería eternamente a Estados Unidos de las consecuencias de una victoria rusa. Pero, frente a las cámaras, la discusión dejó de ser sobre seguridad europea. Se transformó en una representación pública de jerarquía y subordinación: el líder de una nación invadida debía reconocer que dependía de Trump y comportarse en consecuencia. La visita terminó abruptamente. La conferencia de prensa fue cancelada y Zelensky abandonó la Casa Blanca sin firmar el acuerdo. La relación, además, ya arrastraba el episodio de 2019, cuando Trump presionó al gobierno ucraniano para anunciar investigaciones políticamente perjudiciales para Joe Biden, controversia que desembocó en su primer juicio político. Visto desde aquel día, el cambio posterior parece un deus ex machina. Trump elogia ahora la resistencia de Ucrania, reconoce la eficacia de Zelensky y contempla nuevas formas de cooperación militar. El hombre al que había tratado como un peticionario insolente vuelve a ser recibido como interlocutor. Al mismo tiempo, figuras de MAGA que durante años difundieron argumentos favorables a Rusia han comenzado a reconocer que fueron engañadas por la propaganda del Kremlin. Pero el giro tiene explicaciones. Confluyeron el fracaso diplomático de Trump con Putin, la adaptación militar de Ucrania, la creciente participación europea en el costo de la guerra, las divisiones internas de MAGA y una campaña de comunicación ucraniana que entendió algo fundamental: no era necesario convencer a la derecha trumpista de abandonar su visión del mundo. Bastaba con aprender a insertar la causa de Ucrania dentro de ella. Cuando los halagos dejaron de funcionar Cuando Trump regresó a la presidencia en 2025, trató la guerra a partir de una premisa sencilla: Rusia era la potencia superior, Ucrania no tenía las cartas y la forma más rápida de detener las muertes era presionar al actor más dependiente de Washington. Ucrania tendría que ceder territorio, renunciar a algunas de sus aspiraciones y comprender que Estados Unidos no sostendría indefinidamente su resistencia. Putin, por su parte, sería atraído hacia un acuerdo mediante reconocimiento, diálogo directo y elogios públicos. Trump ha utilizado repetidamente una combinación de adulación, incentivos y amenazas con dirigentes autoritarios. Reconoce su poder, elogia su inteligencia o fortaleza y establece una relación personal que, en teoría, le permite negociar fuera de los canales diplomáticos tradicionales. Cuando los elogios no producen concesiones, puede recurrir a sanciones, humillaciones o fuerza militar. No siempre es posible distinguir cuánto corresponde a una técnica consciente y cuánto a la fascinación genuina de Trump por el poder personal. En su diplomacia conviven el cálculo negociador, la impaciencia, la búsqueda de reciprocidad y la necesidad de presentar cualquier acuerdo como producto de su influencia. Con Putin, la fórmula no produjo el resultado esperado. Trump ofreció interlocución y deferencia mientras concentraba inicialmente la presión sobre Kyiv. Zelensky, después del desastre en el Despacho Oval, adaptó su comportamiento. Aceptó públicamente la necesidad de negociar, elogió el concepto trumpista de “paz mediante la fuerza” y comenzó a reconstruir la relación personal. Su breve conversación con Trump durante el funeral del papa Francisco marcó el inicio de una recomposición visible de la relación. Putin no mostró una flexibilidad equivalente. La guerra continuó, Rusia mantuvo sus ataques y el acuerdo rápido prometido por Trump no se materializó. El límite de esta diplomacia quedó expuesto en la cumbre de Alaska de agosto de 2025. Trump recibió a Putin con una ceremonia cuidadosamente escenificada, pero las conversaciones concluyeron antes de lo previsto, se cancelaron el almuerzo y una segunda ronda entre las delegaciones, y el presidente ruso abandonó Anchorage sin conceder el alto el fuego que Trump buscaba. La lógica comenzó entonces a invertirse. Si presionar a Ucrania no conseguía terminar la guerra y Putin no respondía a la deferencia con concesiones, Washington necesitaba aumentar nuevamente el costo de la intransigencia rusa. Para ello, Ucrania tenía que seguir siendo capaz de combatir. Europa paga, Estados Unidos vende Mientras la relación de Trump con Putin se deterioraba, Europa también estaba cambiando. La invasión rusa de 2022 ya había impulsado un aumento del gasto militar europeo, pero la presión de Trump aceleró esa transformación. Los gobiernos europeos comenzaron a asumir una parte mayor del costo de sostener a Ucrania. El nuevo arreglo resulta particularmente compatible con America First. Países europeos y Canadá financian armamento estadounidense que después es enviado a Ucrania. Washington conserva el control sobre tecnologías que Europa todavía no puede proporcionar en cantidades suficientes, la industria militar estadounidense recibe los contratos y Trump puede asegurar que el contribuyente de su país ya no carga solo con la defensa europea. Europa paga. Estados Unidos fabrica y vende. Ucrania recibe las armas. La fórmula modificó la percepción política del apoyo a Kyiv. Lo que antes podía presentarse ante los votantes republicanos como ayuda exterior ilimitada comenzó a describirse como reparto de cargas, expansión industrial y venta de productos estadounidenses. Hay muchas cosas que criticar de Trump, pero también hay que reconocer que ésta fue una victoria política para el presidente. Podía continuar ayudando a Ucrania sin aceptar el lenguaje internacionalista de la administración Biden. Y, pese a los pronósticos sobre la destrucción de la OTAN, su presión contribuyó a fortalecer algunas capacidades militares europeas frente a Rusia. Algo semejante ocurrió en el campo de batalla. Afirmar que Ucrania está ganando la guerra sería prematuro. Rusia conserva ventajas considerables. Pero Ucrania dejó de parecer condenada. La combinación de drones de bajo costo, inteligencia, guerra electrónica, sistemas autónomos y ataques profundos contra instalaciones energéticas y líneas logísticas rusas elevó el precio de cada avance. Rusia puede seguir conquistando territorio, pero esas ganancias no han demostrado que pueda destruir al Estado ucraniano ni imponer una victoria rápida. Ucrania tampoco necesita marchar sobre Moscú. Necesita demostrar que Rusia no puede destruirla, que puede imponerle costos y que Putin todavía tiene algo que perder en una negociación. Decir que Trump cambió simplemente porque “le gustan los ganadores” reduce una transformación estratégica a una peculiaridad psicológica. Lo importante es que Ucrania recuperó capacidad de negociación. Dejó de ser exclusivamente el actor débil al que Washington debía obligar a rendirse y volvió a convertirse en una posible fuente de presión sobre Putin. Pero eso resolvía sólo una parte del problema. Ucrania podía mejorar su posición militar y seguir perdiendo la guerra política dentro de MAGA. Aprender el idioma del adversario Durante años, Tucker Carlson y otros comunicadores presentaron la guerra como un enfrentamiento entre dos civilizaciones: por un lado, una Rusia cristiana y tradicional; por el otro, una Ucrania controlada por élites occidentales, seculares y globalistas. Las disputas alrededor de la Iglesia ortodoxa vinculada al Patriarcado de Moscú fueron utilizadas para afirmar que Zelensky perseguía a los cristianos. La acusación se mezcló con narrativas sobre nazismo, corrupción y despilfarro de recursos estadounidenses. Para una audiencia marcada por las guerras de Irak y Afganistán, profundamente desconfiada de las agencias de inteligencia, los medios tradicionales y el establishment diplomático, los llamados a “defender la democracia” podían sonar como otro pretexto para iniciar una guerra interminable. Ucrania necesitaba apoyo político que no dependiera de la credibilidad de las instituciones rechazadas por MAGA. Parte de ese esfuerzo surgió del Ukraine Freedom Project, una organización fundada por Steven Moore, antiguo jefe de gabinete en la Cámara de Representantes. Moore llegó a Ucrania pocos días después de iniciada la invasión y convirtió una operación de ayuda humanitaria en una red de información y persuasión dirigida, entre otros públicos, a legisladores republicanos, asesores del Congreso y medios conservadores. La intuición era sencilla: pedir a los nacionalistas cristianos que adoptaran el lenguaje del internacionalismo liberal tenía pocas posibilidades de funcionar. Era más eficaz demostrarles que la imagen de Putin como amigo y protector de los cristianos era una construcción propagandística. La organización recopiló testimonios de pastores protestantes perseguidos en territorios ocupados, documentó iglesias destruidas y produjo materiales sobre la represión religiosa rusa. El argumento ya no era que los conservadores estadounidenses debían abandonar sus valores para apoyar a Ucrania. Era exactamente el contrario: esos mismos valores podían conducirlos a desconfiar de Putin. La estrategia comenzó a producir resultados visibles en 2026. El Ukraine Freedom Project llevó a Andrew Moore, productor del programa de Laura Loomer, a Ucrania. Durante la visita le mostró una iglesia evangélica bombardeada y le permitió acompañar a una unidad ucraniana de drones para observar su trabajo. Andrew regresó con una visión distinta del conflicto. Loomer comenzó después a reconocer públicamente que había sido engañada por propaganda rusa. Cuando ella misma viajó a Ucrania, su itinerario reprodujo los elementos centrales de aquella estrategia: sitios religiosos atacados, tecnología militar ucraniana, testimonios sobre la vida bajo los bombardeos y una entrevista con Zelensky. Desde el interior de una iglesia dañada, acusó a Putin de hipocresía por presentarse como protector del cristianismo. La decisión de Zelensky de recibirla difícilmente puede considerarse rutinaria. El presidente ucraniano abrió las puertas a una activista que anteriormente lo había acusado de nazi. En lugar de castigarla por sus declaraciones anteriores, aprovechó la oportunidad de convertir su cambio de postura en un mensaje dirigido precisamente al público que Ucrania tenía mayores dificultades para alcanzar. Zelensky había entendido el mecanismo: no se trataba de conseguir que Loomer hablara como él. Se trataba de conseguir que pudiera defender a Ucrania hablando como Loomer. La guerra dentro de MAGA El giro de Loomer y de otros influencers plantea la posibilidad de alguna coordinación, pero no hace falta suponer una operación centralizada para explicar el fenómeno. También puede observarse un circuito de retroalimentación entre Trump, los activistas y los medios MAGA. Trump cambia de tono y crea permiso político para reconsiderar a Ucrania. Los activistas proucranianos identifican esa apertura y ofrecen a los influencers una narrativa compatible con su audiencia. Los influencers amplifican el mensaje y demuestran que apoyar a Kyiv ya no implica abandonar America First. Trump observa esa reacción y obtiene mayor libertad para endurecer su posición frente a Putin. La influencia circula en ambas direcciones. Trump orienta a los influencers, pero éstos también ayudan a determinar qué opciones puede presentar a su base sin parecer que traiciona sus promesas. Eso importa porque MAGA nunca fue un bloque ideológico uniforme. Incluye nacionalistas no intervencionistas que consideran cualquier guerra exterior una traición a America First; sectores pro-Israel dispuestos a utilizar el poder estadounidense contra Irán; republicanos tradicionales partidarios de la OTAN; nacionalistas cristianos atraídos por la retórica de Putin, y seguidores cuya posición cambia con la del presidente. La guerra con Irán profundizó esas divisiones. Tucker Carlson, Candace Owens y otras figuras se alejaron del sector pro-Israel, mientras Loomer se convirtió en una de sus defensoras más agresivas. La relación de Rusia con Irán permitió conectar ambos conflictos: apoyar a Ucrania podía presentarse ahora como parte de la confrontación contra un mismo eje adversario. Las iglesias bombardeadas cumplen dentro de ese marco una función política adicional. Permiten disputar a Tucker y a los nacionalistas cristianos el monopolio del argumento religioso. Putin deja de ser el hombre que protege a los creyentes frente al secularismo occidental y puede ser presentado como el aliado de Teherán que persigue a protestantes y destruye templos. Kyiv comprendió así una segunda cosa: MAGA no sólo podía ser persuadido en sus propios términos. También estaba dividido, y algunas de esas divisiones podían favorecer a Ucrania. La disputa comienza incluso a proyectarse sobre la sucesión de Trump. JD Vance mantiene afinidades con el sector no intervencionista y con Tucker Carlson; Marco Rubio representa una tradición más favorable a las alianzas, a Israel y al uso del poder estadounidense. El debate sobre Ucrania empieza así a confundirse con otra lucha: quién heredará MAGA y qué significará America First después de Trump. Un salto mortal calculado Nada garantiza que el acercamiento de Trump a Zelensky sea permanente. Trump podría modificar nuevamente su posición si Putin le ofrece un acuerdo que pueda presentar como victoria. Tampoco sabemos si la conversión de algunos influencers sobrevivirá al siguiente cambio de coyuntura. La estrategia ucraniana se parece a uno de esos clavados de Acapulco: un salto mortal ejecutado desde una altura enorme, entre rocas y con muy poco margen de error. Kyiv apuesta a que puede entrar en el mundo de MAGA, aprovechar sus divisiones y utilizar sus canales de influencia sin quedar atrapado en sus conflictos internos. Pero ya consiguió algo que parecía improbable después de la humillación del Despacho Oval. Preservó la relación con Washington, consiguió que Europa asumiera una mayor carga, recuperó capacidad militar y encontró una entrada al ecosistema político estadounidense que más hostil le había resultado. Y lo hizo mediante una operación política más sofisticada que intentar convertir a MAGA al atlantismo, al multilateralismo o al liberalismo internacional. Seleccionó aquellos aspectos de la realidad ucraniana que podían ser comprendidos dentro de las categorías de su interlocutor: cristianos perseguidos, empleos estadounidenses, drones, petróleo, Irán, propaganda rusa y la posibilidad de que Trump consiga la paz que Putin le ha negado. Ésa puede ser la lección más interesante de la historia. Persuadir no siempre consiste en conseguir que el adversario acepte nuestro marco mental. A veces consiste en descubrir qué parte de nuestra causa puede ser comprendida dentro del suyo. Ucrania no pidió a MAGA que cambiara de mundo. Aprendió a encontrar un lugar dentro de él. Yuri Pérez escribe sobre política internacional, cultura, derecho y poder. This is a public episode. If you'd like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit enlamira.substack.com/subscribe

  • August 4 · 4 min

    La estupidez del censurador

    Hay quienes creen que no hay motivo para preocuparse por la censura de este gobierno porque se ha mostrado torpe en múltiples ocasiones. Suponen que un Estado que parece incompetente difícilmente podrá controlar lo que millones de personas dicen, leen o publican. Es una conclusión equivocada.La aparente estupidez del censurador no es un motivo de tranquilidad; es precisamente lo que debería preocuparnos.Y no porque los funcionarios sean incapaces. El problema es mucho más profundo. Mientras más responsabilidades asume el Estado, más incapaz se vuelve de cumplirlas correctamente. La censura es apenas la más reciente de una larga lista de tareas que el gobierno ha decidido adjudicarse.Ahora pretende decidir qué es un hecho, qué es una opinión, qué constituye desinformación y cuándo un medio de comunicación ha incumplido con el llamado “derecho a las audiencias”. Es decir, el propio gobierno aspira a convertirse en árbitro de la verdad.Esa idea parte de una premisa profundamente equivocada: que basta con crear una oficina, nombrar funcionarios y expedir lineamientos para resolver un problema tan complejo como el debate público.La historia demuestra exactamente lo contrario.Los gobiernos no se vuelven más eficientes porque acumulen más atribuciones. Se vuelven más lentos, más burocráticos y más propensos al error. Cada nueva facultad consume recursos, tiempo, presupuesto y personal. Ninguna institución posee capacidad infinita. Mientras más tareas concentra una burocracia, peor termina desempeñando todas.El mejor ejemplo no está en un país pobre ni atrasado. Está en una de las mayores potencias del siglo XX.La Unión Soviética reunió a algunos de los mejores matemáticos, físicos e ingenieros del mundo. Nadie podría afirmar seriamente que el desastre de Chernóbil ocurrió porque los soviéticos fueran intelectualmente inferiores. Ocurrió porque el sistema burocrático había concentrado tal cantidad de funciones y poder que terminó privilegiando la obediencia sobre la verdad, la propaganda sobre la transparencia y los objetivos políticos sobre la realidad.Cuando una burocracia administra demasiado, termina administrando mal.Y cuando además administra la verdad, el riesgo es todavía mayor.Eso es exactamente lo que hoy pretende hacer el gobierno mexicano.Bajo el pretexto de proteger a las audiencias, el Estado quiere facultades para evaluar contenidos, distinguir hechos de opiniones, atender quejas sobre información difundida y determinar si un medio cumplió o no con los criterios establecidos por la autoridad.La pregunta es inevitable.¿Quién decide qué es un hecho y qué es una opinión?¿Quién determina cuándo un contexto fue suficiente?¿Quién establece que una interpretación política es válida y otra constituye desinformación?No existe una respuesta objetiva para esas preguntas.Sin embargo, el gobierno pretende que una burocracia las responda todos los días para miles de contenidos distintos.Es una tarea imposible.No porque los funcionarios sean necesariamente incompetentes, sino porque ninguna institución puede revisar, comprender y juzgar de manera objetiva el enorme volumen de información que circula diariamente. Mucho menos cuando esa misma institución depende del poder político y está sujeta a presiones, prioridades y cambios de gobierno.Toda burocracia comete errores.La diferencia es que un error administrativo puede retrasar un trámite. Un error del censurador puede silenciar una investigación periodística, inhibir una crítica legítima o provocar que un medio prefiera callar antes que enfrentar procedimientos administrativos.Así comienzan muchas formas de censura.No con policías cerrando periódicos. No con periodistas encarcelados.Empiezan con organismos reguladores, lineamientos, procedimientos, verificaciones y funcionarios convencidos de que pueden decidir qué información merece la confianza del público. La libertad de expresión nunca ha dependido de que exista una autoridad encargada de administrar la verdad. Depende precisamente de lo contrario: de que existan múltiples voces, múltiples interpretaciones y ciudadanos libres para comparar, cuestionar y formarse su propio juicio.La democracia no necesita un ministerio de la verdad.Necesita un gobierno que entienda los límites de su propio poder.Porque la estupidez del censurador no consiste en que quienes integran el gobierno carezcan de inteligencia.Consiste en creer que una burocracia, por el simple hecho de recibir nuevas facultades, adquiere también el conocimiento, el tiempo y la imparcialidad necesarios para decidir qué millones de ciudadanos pueden decir, escuchar o creer.La historia demuestra que nunca ha sido así.Y México no será la excepción. Arturo Herrera escribe sobre economía, política y cultura. Director de La Derecha Diario México y colaborador en ADN Noticias. This is a public episode. If you'd like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit enlamira.substack.com/subscribe

  • July 27 · 3 min

    Los presidentes no tienen derecho a la libertad de expresión

    La libertad de expresión es un derecho humano, pero el gobierno no es un ser humano. Los ciudadanos tienen derechos; el gobierno tiene facultades, límites y obligaciones. Por eso, cuando Claudia Sheinbaum habla como Presidenta, desde Palacio Nacional, mediante canales oficiales y utilizando recursos públicos, no habla como una ciudadana cualquiera. Habla el Poder Ejecutivo.La libertad de expresión existe para proteger a las personas frente al poder, no para proteger al poder cuando decide utilizar toda la fuerza del Estado contra una persona. Una Presidenta no puede señalar, exhibir, descalificar o atacar a un ciudadano y después pretender que sólo estaba expresando una opinión. Sus palabras no son privadas. Son una manifestación del poder público.Una persona puede decir algo equivocado, incómodo, absurdo, provocador o impopular. Puede ser criticada y sus argumentos pueden ser refutados. Eso forma parte de una sociedad libre. Pero una cosa es que el gobierno exprese desacuerdo con una idea y otra muy distinta es que pronuncie el nombre de quien la expresó, muestre su rostro, la adjetive, la desacredite y la coloque frente a millones de personas como enemiga, adversaria o amenaza.Eso no es un debate entre iguales. Es un señalamiento desde el poder.El ciudadano señalado sólo tiene su propia voz. La Presidenta tiene Palacio Nacional, funcionarios, presupuesto público, medios oficiales y toda la autoridad política y simbólica del Estado mexicano. Cuando ella habla, sus palabras pueden provocar campañas de hostigamiento, amenazas, persecución pública y consecuencias reales para la persona atacada. Por eso, lo que para un ciudadano puede ser una opinión, para un gobernante puede convertirse en un acto de poder.El artículo 1 de la Constitución obliga a todas las autoridades a promover, respetar, proteger y garantizar los derechos humanos. No autoriza a la Presidencia a convertir el aparato gubernamental en una maquinaria de intimidación contra quienes ejercen esos derechos.El artículo 134 establece que la comunicación gubernamental debe tener carácter institucional y fines informativos, educativos o de orientación social. La conferencia presidencial no es propiedad de Claudia Sheinbaum. No es su cuenta personal, su programa de opinión ni una tribuna financiada por todos los mexicanos para ajustar cuentas con ciudadanos.El gobierno puede informar. Puede explicar sus decisiones, defender sus políticas y responder a los argumentos de sus críticos. Lo que no puede hacer es utilizar los recursos del Estado para estigmatizar, exhibir o atacar a una persona.El problema no es únicamente lo que se dice. Importa quién lo dice, desde dónde lo dice y qué poder tiene detrás. Una descalificación pronunciada por cualquier ciudadano no tiene el mismo significado ni las mismas consecuencias que una descalificación pronunciada por la titular del Poder Ejecutivo desde Palacio Nacional.Filosóficamente, los derechos pertenecen a las personas porque son límites frente al poder. El gobierno no puede apropiarse de las libertades creadas para contenerlo y utilizarlas como justificación para atacar a los gobernados. El Estado no es una persona vulnerable que necesite protección frente a los ciudadanos. Es la institución que concentra el poder y que, precisamente por eso, debe estar permanentemente limitada.La libertad de expresión pertenece a las personas. Al gobierno le corresponde respetarla y garantizarla.Claudia Sheinbaum no tiene derecho a la libertad de expresión cuando habla como Presidenta. Tiene poder. Y precisamente porque tiene poder, sus palabras deben estar sometidas a la Constitución y a los derechos de los ciudadanos. Arturo Herrera escribe sobre economía, política y cultura. Director de La Derecha Diario México y colaborador en ADN Noticias. This is a public episode. If you'd like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit enlamira.substack.com/subscribe

  • July 26 · 15 min

    LA SEMANA DE YURI PÉREZ | El coliseo algorítmico

    Es domingo, flojo y cálido. Sentada a la sombra, en el patio, escucho a lo lejos el televisor de la sala. Luisito Comunica aparece en pantalla. “Los saludo esta mañana un tanto aterrado, que esa es la palabra.” Explica que publicó un video sobre el espectáculo de medio tiempo de la final del Mundial. Mostró a una parte del público que, según él, no lucía muy entusiasmada con BTS. Le llovieron miles de mensajes, varios de ellos amenazantes. Volvió a grabar: “Tengo miedo, no es broma, de verdad tengo miedo.” Pidió disculpas. Rogó que dejaran de atacarlo. Sus palabras me detuvieron. Luisito Comunica es de las figuras más influyentes de internet en español: ronda 46 millones de suscriptores en YouTube, 33 millones en Instagram y 18 millones en TikTok. Sus videos acumulan más de 11,800 millones de reproducciones. Ni con esa fuerza digital se sintió a salvo de una avalancha en redes. El episodio expone lo que llamaré un ciclo de escalamiento autoalimentado: una frase provoca una reacción, la reacción forma bandos, los bandos convierten la discusión en batalla, la causa original se disuelve y el sistema premia a quien concentre más atención, seguidores u hostilidad. El coliseo sin árbitro Imaginen un coliseo sin árbitro. Alguien entra a la arena y pronuncia una frase. Al principio la multitud discute lo que dijo. Después se divide en tribus y salta al ruedo. Pronto nadie recuerda la frase original: unos combaten para destruir a los otros. En las gradas hay un marcador, pero no mide quién tiene razón, sino quién provoca más gritos. Cada insulto atrae público y cada ataque suma seguidores nuevos; el sistema no distingue entre pelea y contenido. No gana el argumento más sólido, sino el gladiador con el megáfono más grande. Y en cuanto termina una pelea, el marcador ya busca la siguiente. Este mecanismo no sólo intimida a una personalidad con audiencia gigantesca. También sirve para introducir una idea, multiplicarla y colocarla al centro de la conversación pública. Así entiendo la viralización repentina de Natalia Torres —abogada y comentarista que saltó a la fama tras una frase en un podcast— y de una pregunta que hasta hace poco vivía fuera del debate político mexicano: si todos los ciudadanos adultos deben conservar el derecho a votar. El coliseo no elige por sí solo el motivo de la pelea. Necesita que alguien arroje una idea a la arena. Aquí llegó en forma de pregunta: “¿Todos deberían votar?”La eficacia de esa formulación no está en responderla, sino en volver imaginable su premisa. Desde que se pregunta si todos deben votar, se abre la posibilidad de que algunos no deban hacerlo. La discusión posterior puede rechazar esa posibilidad, pero ya no puede impedir que circule: cada respuesta, incluso la indignada, la amplifica. El debate deja de ser sobre lo que dijo Natalia Torres. Pasa a ser sobre si el sufragio universal sigue siendo un principio democrático o vuelve a ser una cuestión negociable.La idea es vieja. Vuelve a estar de moda. Una idea marginal que busca audiencia Lo nuevo no es la idea, sino su reaparición en ciertos sectores de la extrema derecha occidental y su capacidad para viajar, con ropa renovada, por pódcast, videos y redes. En Estados Unidos, figuras como el pastor nacionalista Joel Webbon, Nick Fuentes o el inversor Peter Thiel han cuestionado abiertamente el sufragio universal. La impugnación de la democracia igualitaria no es política oficial de toda la derecha, pero existe, circula y encuentra audiencias jóvenes en el ecosistema digital. En México, la polémica nació en el pódcast Leo y Nacho. Un conductor dijo que Natalia decidiría que no todos deberían votar, y que él estaba de acuerdo con ella. Torres contestó: “Yo creo que no”. Después defendió exigir conocimientos mínimos sobre el funcionamiento del Estado y, tras la reacción, aclaró que su propuesta era una sesión informativa del INE antes de expedir la credencial. Defender la educación cívica es una cosa. Condicionar un derecho político a una acreditación estatal es otra, completamente distinta, aunque se presente con la forma modesta de una charla de una hora. Lo que el civismo no enseña Mi hipótesis es que Natalia Torres convirtió —por cálculo o por habilidad para aprovechar la reacción posterior— una provocación eficaz en una oportunidad para ganar visibilidad. Independientemente de la intención inicial, el procedimiento y sus resultados están a la vista. Si la preocupación fuera mejorar el voto informado, una abogada constitucionalista habría empezado por un dato elemental: la educación cívica ya existe en México, aunque sus resultados sean insuficientes. El currículo oficial aborda desde primaria la organización del Estado, los límites de la autoridad y la separación de poderes. En secundaria se profundiza en el Estado de derecho y los contrapesos. El Plan de Estudio 2022 y las plataformas del INE complementan esos contenidos desde hace años. No cito estos programas para aplaudir la educación mexicana, que admite críticas severas. Los cito porque la formación cívica no es un descubrimiento reciente. El primer problema del argumento de Torres es que confunde el déficit. La clase de civismo enseña que hay tres poderes y elecciones periódicas. No enseña economía ni política pública, ni las preguntas que de verdad exigirían un voto sofisticado: ¿más mercado o más Estado?, ¿desregular o vigilar más de cerca?, ¿qué costo tiene cada promesa de campaña? Ese es el conocimiento que faltaría para votar “bien informado”, y ninguna sesión de una hora del INE lo va a resolver. El segundo problema es más incómodo. Aunque México resolviera ese déficit, seguiría sin resolverse la variable decisiva: la calidad de la oferta electoral. No importa cuánto sepa el votante si la boleta está llena de candidatos mediocres. Un electorado perfectamente informado sigue votando, en el mejor de los casos, por el menos malo. Votamos con lo que tenemos: conocimientos parciales, experiencia personal, percepción de la realidad, lealtades, agravios y emociones. Para muchos cuenta el beneficio inmediato, aunque el horizonte no pase de seis años. El electorado mexicano, además, sabe castigar a sus gobernantes. En 2018, Andrés Manuel López Obrador obtuvo 53.19 por ciento de los votos —más de 30 millones— en una elección que sus adversarios reconocieron. No fue el resultado que yo hubiera preferido, pero fue una victoria democrática indiscutible. Descalificar al votante porque eligió algo que a uno le parece un error dice más de quien pierde que de quien votó. El círculo rojo dentro del círculo rojo La polémica cambió de eje cuando la presidenta Claudia Sheinbaum la retomó en su conferencia matutina y calificó la propuesta de absurda, antidemocrática, regresiva y porfirista. A partir de ahí, buena parte de la conversación dejó de discutir la restricción del voto y empezó a presentar a Natalia como víctima del poder presidencial. Ahí entró el círculo rojo dentro del círculo rojo: académicos, comentaristas y figuras públicas con la formación necesaria para reconocer una pregunta cargada y entender la mecánica de las redes. No son ingenuos arrastrados por accidente. Tienen el conocimiento, el prestigio y la influencia para devolver el debate a su punto de partida. Varios prefirieron, en cambio, sumarse al encuadre que ya dominaba la arena: Natalia como víctima, su planteamiento como curiosidad intelectual. No puedo conocer la motivación de cada uno. Sería irresponsable atribuirles una estrategia concertada sin pruebas. Pero el efecto público sí se observa: al subirse a la corriente más visible, ganan atención y aprobación, y prestan su autoridad a una sustitución narrativa. La discusión sobre condicionar el voto queda enterrada bajo la discusión sobre el trato que recibió quien puso esa posibilidad sobre la mesa. Una heroína de utilería Vale la pena ser precisos sobre quién es Natalia Torres, porque el círculo rojo construyó, sobre la marcha, a alguien distinta. Ante una pregunta concreta en un pódcast, Torres dio una primera respuesta tajante. Cuando llegó el costo, la reformuló como una propuesta de sesión informativa. Ahí está el material completo: no una mártir de la libre expresión ni una heroína incomprendida, sino alguien que hizo una afirmación grave y después intentó reducir su alcance. Torres, en esta historia, es apenas el pretexto. La maquinaria que la convirtió en estandarte es lo que merece atención, porque fabricar mártires con material dudoso es, exactamente, el oficio que la oposición dice combatir en el oficialismo. El oficialismo fabrica sus propios símbolos de persecución cuando le conviene: convierte cualquier crítica en agravio y cualquier adversario en víctima del poder. Que ahora ciertos sectores opositores hayan reproducido el mecanismo en sentido inverso —convirtiendo a Natalia en víctima ejemplar— demuestra que la lógica es idéntica; sólo cambia el logotipo. La evidencia más clara de este juego no es lo que dijo Torres, sino la velocidad con la que sectores opositores —incluido el círculo rojo dentro del círculo rojo— decidieron que la pregunta importante ya no era si el voto debe restringirse, sino quién la estaba atacando injustamente. El costo con los switchers Ese giro tiene un precio, y lo pagan quienes menos culpa tienen. Pensemos en los votantes móviles: simpatizan con la oposición sin ser militantes; hoy podrían votar por el PAN y mañana por Morena, o viceversa. En la jerga electoral, son switchers. ¿Qué pasa cuando uno de ellos ve el coliseo en marcha y termina asqueado? Las críticas de podcasters y voceros oficialistas encuentran entonces un terreno que antes no tenían. Gente que jamás les habría prestado atención empieza a escucharlos distinto. De pronto, alguna acusación contra la oposición les hace clic. Si esos votantes perciben que la oposición explota los linchamientos para fabricar mártires con la misma soltura que le reprocha al régimen, pueden concluir que “todos son iguales” y negarle una oportunidad a ambos. Al copiar la práctica que denuncia, la oposición no gana terreno: expulsa justo al electorado que necesita conquistar y le regala al oficialismo el argumento perfecto —que sus adversarios hacen lo mismo que dicen combatir. Una audiencia para los márgenes Hay un segundo costo, más lento y más difícil de revertir. La viralización de “¿todos deberían votar?” no sólo amplía una discusión momentánea. También envía una señal a los sectores más radicales: existe audiencia dispuesta a escuchar posiciones que hasta hace poco vivían en los márgenes. Cada respaldo y cada justificación les permite medir el terreno y confirmar que ciertas ideas pueden salir de los círculos extremistas sin presentarse todavía como programa político. Lo que hoy parece una pregunta inocente puede volverse, mañana, una postura organizada con voceros y aspiraciones de poder. La relevancia pertenece a los oportunistas Se dice que la vida es de los audaces. Cada día pienso más que, en internet, la relevancia pertenece a los oportunistas. Esta vez le tocó demostrarlo a la oposición: por reflejo, no por diseño, terminó jugando el mismo juego que dice querer derrotar. El debate que sí valía la pena —qué tanto sabe realmente un elector informado, y qué se hace con una oferta de candidatos mediocre— quedó enterrado bajo la conversión de Natalia Torres en heroína o víctima. Antes del estruendo, alguien preguntó si todos debían votar. Natalia Torres pudo defender el sufragio universal o desarrollar una propuesta seria de educación cívica que no condicionara ese derecho. En cambio, dijo: “Yo creo que no”. La oposición, mientras tanto, levantó un altar. Yuri Pérez escribe sobre política internacional, cultura, derecho y poder. This is a public episode. If you'd like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit enlamira.substack.com/subscribe

  • July 20 · 4 min

    El avión que terminó por exhibir al obradorismo

    La decisión de la presidenta Claudia Sheinbaum de viajar a Nueva York en un avión de la Fuerza Aérea Mexicana fue correcta. Así de simple.Su vuelo comercial fue cancelado y la agenda diplomática de la jefa del Estado mexicano no podía quedar a merced de los horarios de una aerolínea. Un presidente no es un turista. Representa a una nación de más de 130 millones de personas y debe contar con todas las herramientas necesarias para cumplir sus responsabilidades.Durante años se nos quiso convencer de que viajar en vuelos comerciales era una muestra de humildad y cercanía con el pueblo. Nunca lo fue. Fue una narrativa populista que sacrificó la lógica institucional para construir un símbolo político.Los jefes de Estado no utilizan aeronaves oficiales por lujo. Las utilizan porque su tiempo vale, porque deben mantenerse comunicados permanentemente y porque pueden enfrentar una emergencia nacional en cualquier momento.Basta recordar el terremoto del 19 de septiembre de 2017. Enrique Peña Nieto se dirigía a Oaxaca cuando ocurrió el sismo y tuvo que regresar de inmediato a la Ciudad de México para encabezar la respuesta del Estado. ¿Alguien imagina al presidente haciendo fila en un aeropuerto esperando un vuelo disponible mientras el país enfrenta una crisis? Esa sola imagen demuestra lo absurdo del discurso que durante años impulsó el obradorismo.Por eso la decisión de utilizar un avión militar fue correcta. Lo verdaderamente interesante es que terminó exhibiendo la contradicción de un movimiento político que convirtió al avión presidencial en uno de sus principales símbolos de campaña.Pero la mayor contradicción ocurrió en otro frente.Los defensores del gobierno argumentaron que la presidenta no acudió únicamente a la final del Mundial, sino a una reunión de jefes de Estado convocada alrededor del evento. Y tienen razón. Ahí estuvieron Donald Trump, Mark Carney, Pedro Sánchez y los reyes de España.Precisamente por eso resulta imposible no hacerse una pregunta.Si un evento futbolístico podía justificar la presencia de la presidenta por la importancia diplomática que lo rodeaba, ¿por qué decidió ausentarse de la inauguración del Mundial celebrada en México?Era el partido inaugural de la Copa del Mundo organizada en nuestro propio país. Era el momento en que México aparecía frente a miles de millones de espectadores. Era el escaparate internacional más importante que nuestro país tendrá en décadas.Sin embargo, la presidenta decidió no asistir.En cambio, sí encontró el tiempo y los medios para estar presente en la final disputada entre España y Argentina en Nueva York.Se confirma que Claudia Sheinbaum no fue a la inauguración por temor al abucheo.No existe otra explicación políticamente más consistente. Si la importancia del evento justificaba acudir a la final, también justificaba asistir a la inauguración. Si pudo reorganizar su agenda para viajar a Estados Unidos, también pudo hacerlo para acudir al Estadio Azteca.La diferencia entre ambos eventos no fue su importancia. Fue el público.En Nueva York no enfrentaba el riesgo de convertirse en protagonista de una rechifla internacional. En México sí.Y eso revela algo más profundo que una simple decisión de agenda. Revela inseguridad política.Un gobierno verdaderamente convencido de su respaldo popular no evita a la gente. La enfrenta. Escucha los aplausos y también soporta los abucheos.El obradorismo ha construido buena parte de su legitimidad sobre la idea de una aprobación social permanente. Sobre la narrativa de que el pueblo está siempre de su lado. Si eso fuera cierto, la presidenta habría acudido con absoluta tranquilidad a inaugurar el Mundial en su propio país.No lo hizo.Y al presentarse en la final terminó confirmando exactamente aquello que intentó desmentir con su ausencia. This is a public episode. If you'd like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit enlamira.substack.com/subscribe

  • July 18 · 9 min

    ¿Quién merece votar?

    En días recientes, Natalia Torres, abogada y profesora de teoría constitucional, generó una fuerte polémica al afirmar que “no todos deberían votar”. Durante su participación en el pódcast Leo y Nacho, propuso que al tramitar la credencial del INE se impartiera una sesión informativa de aproximadamente una hora sobre las funciones del presidente, legisladores y otras autoridades. Tras la reacción, Torres aclaró que no buscaba excluir a nadie por nivel educativo o condición económica, y que su idea consistía en una clase informativa impartida por el propio INE, sin que el voto dependiera de aprobar ningún examen. Aun así, la controversia dejó una pregunta de fondo: ¿es legítimo condicionar de alguna manera el ejercicio del voto al conocimiento de las personas?La respuesta importa, porque detrás de esta discusión hay una tensión más profunda entre dos formas de entender la democracia. El voto no es una licencia La idea de exigir conocimientos para votar suele surgir cuando una elección produce resultados que consideramos desastrosos. Es comprensible la frustración. Lo que no es comprensible es la conclusión de que el problema está en la “falta de preparación” de quienes votaron. La democracia no promete que los electores siempre tomarán buenas decisiones. Tampoco garantiza que las mayorías serán prudentes o estarán bien informadas. Lo que sí establece es algo más elemental: quienes están sometidos al poder público deben tener el mismo derecho a participar en su conformación. Una persona no vota porque haya demostrado conocimientos especializados de economía o derecho constitucional. Vota porque las decisiones del Estado afectan su trabajo, sus impuestos, su seguridad, su familia y su libertad. Por eso, el voto no es comparable con una licencia para conducir ni constituye una especie de acreditación profesional para “operar” el gobierno. Es el instrumento mediante el cual la ciudadanía autoriza el ejercicio del poder público, le impone límites y, llegado el momento, decide reemplazar a quienes lo ejercen. ¿Qué requisitos son legítimos? Todas las democracias establecen requisitos para votar: edad mínima, ciudadanía o residencia, inscripción en el padrón e identificación. Estas reglas buscan definir quién pertenece al cuerpo político y evitar fraudes. Ninguna democracia contemporánea exige aprobar un examen de conocimientos políticos para ejercer el voto. Los requisitos de alfabetización, propiedad o educación pertenecen a una etapa anterior de la historia democrática, cuando el sufragio se entendía como un privilegio de ciertos grupos. Una democracia puede presumir la capacidad política de todos los ciudadanos a partir de cierta edad. Lo que no puede hacer es someter el derecho al voto a una evaluación individual de conocimientos u opiniones. Además de ser antidemocrática, una medida así sería irracional y extremadamente costosa: los ciudadanos tendrían que financiar una enorme estructura burocrática para decidir si ellos mismos merecen participar en la democracia que les pertenece. ¿Quién elaboraría el examen? Aunque aceptáramos por un momento la legitimidad de la idea, surgen problemas prácticos muy graves. ¿Quién redactaría las preguntas: el INE, el Congreso, el gobierno en turno o las universidades? ¿Qué conocimientos se considerarían indispensables y quién tendría autoridad para decidirlo? La posibilidad de encomendar cursos instructivos a la señora Torres tampoco resulta particularmente atractiva, dicho sea de paso. ¿Cómo se garantizarían, además, los derechos de quienes no saben leer, viven con alguna discapacidad o no tuvieron acceso a una educación de calidad? Más importante aún: ¿quién vigilaría a la autoridad encargada de decidir quién está “suficientemente preparado” para vigilar al poder? Incluso un examen aparentemente neutral tendría sesgos. Una persona con educación universitaria tendría más probabilidades de aprobarlo que alguien a quien el Estado le negó una educación adecuada. Los habitantes de las ciudades estarían en ventaja frente a comunidades rurales. Quienes hablan español como primera lengua obtendrían mejores resultados que muchos ciudadanos indígenas. El examen no mediría solo conocimientos. Convertiría las desigualdades educativas, económicas y territoriales en desigualdades políticas. Saber más no garantiza votar mejor La propuesta parte, además, de una suposición tan cuestionable como arrogante: que una mayor formación académica se traduce necesariamente en mejores decisiones políticas. Una persona con varios títulos puede estar desinformada, defender intereses particulares o respaldar opciones autoritarias. Una persona sin educación formal puede comprender perfectamente cómo afectan a su comunidad la violencia, el desempleo o la ausencia de servicios públicos. Conocer las atribuciones de un senador no determina qué políticas fiscales preferirá alguien, ni qué riesgos estará dispuesto a tolerar. En una sociedad plural (y en la vida real) no existe una sola respuesta correcta a esas preguntas. La política comienza precisamente cuando personas con experiencias e intereses distintos deben decidir cómo convivir. Un examen podría medir información. No podría medir buen juicio político. La experiencia histórica Los exámenes electorales no son una idea nueva. En Estados Unidos se utilizaron durante décadas para impedir que la población negra ejerciera el voto tras la abolición de la esclavitud. Aunque en teoría se aplicaban a todos, en la práctica los funcionarios decidían a quién examinar y qué respuestas considerar aceptables. La legislación federal terminó prohibiendo estas pruebas. En América Latina también se abandonaron las restricciones basadas en alfabetización. Chile las eliminó en 1970, Perú reconoció el voto de las personas analfabetas en 1979 y Brasil lo hizo en 1985. El movimiento histórico de la democratización ha sido claro: pasar de un electorado restringido por propiedad, raza o educación hacia la igualdad política de todos los ciudadanos adultos. Proponer un examen hoy no moderniza la democracia. Recupera una herramienta que se abandonó por buenas razones. Las mujeres ya escucharon este argumento Durante décadas se negó el voto a las mujeres con argumentos muy similares a los que ahora se usan para cuestionar a otros grupos: que no comprendían las leyes, que decidían por emociones o influencias religiosas, que carecían de independencia de juicio. La respuesta nunca fue examinar individualmente a cada mujer para ver quién “merecía” votar. Fue reconocer que el estándar mismo era discriminatorio. En México también existió el temor de que las mujeres votaran influenciadas por la Iglesia. Esa posible influencia se trataba como incapacidad política, mientras que las influencias que ejercían caciques, patrones o partidos sobre los hombres nunca generaron propuestas de retirarles el voto. La señora Torres es beneficiaria directa de la lucha que permitió a las mujeres ejercer plenamente el sufragio. Resulta profundamente irónico que ahora pretenda condicionar ese mismo derecho para otras mujeres a la aprobación de un curso de civismo. Ella puede votar porque generaciones anteriores rechazaron que alguien tuviera la facultad de decidir si las mujeres estaban suficientemente preparadas para hacerlo. ¿Se advierte la contradicción? El problema no es la ignorancia, sino su uso político Nada de esto significa que la desinformación sea irrelevante. Es un problema real, al igual que la propaganda, las noticias falsas y el clientelismo. Pero la respuesta democrática es ampliar la educación cívica, no reducir el electorado. El INE puede producir materiales claros y accesibles. Las escuelas pueden enseñar cómo funciona el Estado. Los medios pueden verificar promesas. Los debates pueden mejorar. Las autoridades pueden perseguir la compra de votos. Informar al ciudadano aumenta su libertad. Examinarlo para decidir si conserva sus derechos la coloca bajo autorización. Cuando la provocación se convierte en influencia La controversia no se explica solo por el contenido de la propuesta. También importa el contexto en el que se formuló. Natalia Torres es profesora, abogada y figura mediática. Sabe cómo funcionan las redes. Una afirmación fuerte genera clips, indignación y alcance. Luego llega la aclaración y se genera una segunda ronda de contenido. Todo el sistema recompensa tanto el incendio como la explicación posterior. No pretendo afirmar que la controversia haya sido deliberadamente planeada, aunque tampoco puede descartarse esa posibilidad. Lo indudable es que el entorno digital recompensa la estridencia, la simplificación y el conflicto. Academia, análisis e influencia Cuando una misma persona combina el rol de académica con el de influencer, recibe la autoridad de la primera y la libertad provocadora de la segunda. Esa combinación genera responsabilidad. Una profesora de teoría constitucional no está obligada a defender posiciones convencionales. Sí tiene, en cambio, el deber profesional que corresponde a todo abogado y, especialmente, la responsabilidad intelectual y ética de quien forma a jóvenes estudiantes de derecho: examinar con rigor la historia del sufragio y las consecuencias jurídicas, políticas y sociales de cualquier propuesta destinada a restringirlo. La coincidencia con Salinas Pliego Meses antes, Ricardo Salinas Pliego propuso que quienes recibieran apoyos económicos financiados con recursos públicos no pudieran votar. Aunque los mecanismos son distintos, ambas ideas comparten una misma operación: convertir la preocupación por ciertos resultados electorales en una razón para reducir el número de personas autorizadas a decidir. En el caso de los programas sociales, el problema que se identifica es real: no deben usarse como instrumentos de coacción electoral. Pero el remedio propuesto castiga al beneficiario en lugar de al funcionario que intenta manipularlo. Una advertencia para una posible alternativa presidencial Salinas Pliego posee cualidades que otros dirigentes opositores no han conseguido reunir: enorme visibilidad nacional, independencia respecto de las estructuras partidistas tradicionales y capacidad para confrontar directamente al oficialismo. Ha construido, además, una relación cotidiana con millones de mexicanos mediante sus empresas, medios y servicios. Precisamente por ello, le convendría abandonar cualquier propuesta que permita presentarlo como enemigo de quienes reciben programas sociales y ofrecerse, en cambio, como una alternativa capaz de sustituir el clientelismo por apoyos más eficaces, transparentes y respetuosos de la libertad de sus beneficiarios. Una agenda semejante combatiría el clientelismo sin combatir al elector. Javier Milei entendió esa diferencia en Argentina: para disputar el poder al oficialismo no necesitaba privar de derechos a quienes recibían ayudas públicas, sino convencerlos de que podían conservar la protección social sin permanecer sometidos a sus intermediarios políticos. Por qué esta idea le regala munición a Morena La propuesta del examen (o de cualquier restricción similar) es un regalo político para Morena. El oficialismo puede dejar de responder por inseguridad, corrupción o debilitamiento institucional y limitarse a decir: “Ellos creen que ustedes no deberían votar”. Una oposición responsable no puede combatir a Morena culpando al electorado que votó por Morena. Puede denunciar el clientelismo y la manipulación, pero no puede convertir el desacuerdo con sus decisiones en una razón para reducir derechos. El proyecto opositor que México necesita debe decirles a los electores: “pueden elegir algo mejor”. No: “si siguen eligiendo mal, quizá no deberían elegir”. Los likes no forman una mayoría Las posiciones extremas generan audiencias intensas en internet. Las elecciones exigen amplitud. Lo que produce visibilidad en redes puede convertirse en una carga para cualquier proyecto político serio. Ideas que deberían reconocerse como ataques contra el sufragio universal empiezan a presentarse como “preguntas audaces que alguien tenía que hacer”. La pregunta ya no es si debemos educar mejor a los ciudadanos. Por supuesto que debemos hacerlo. La pregunta es si la falta de educación puede convertirse en una razón para privar a las personas de influencia política. La respuesta democrática debe ser inequívoca. Los ciudadanos pueden equivocarse. Pueden actuar por miedo, interés, lealtad o resentimiento. Todo eso forma parte del problema permanente de gobernarnos colectivamente. Pero el derecho al voto no existe porque cada ciudadano sea infalible. Existe porque ninguna persona, institución ni grupo social puede reclamar para sí la autoridad de decidir cuáles ciudadanos merecen ser políticamente iguales. Cuando una democracia empieza a discutir quién es suficientemente capaz para conservar sus derechos, la pregunta verdaderamente urgente ya no es quién aprobaría el examen. Es quién tendría el poder de elaborarlo. Yuri Pérez escribe sobre política internacional, cultura, derecho y poder. This is a public episode. 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  • July 13 · 4 min

    La izquierda mexicana no quiere que México sea como Noruega

    Después de que México fue eliminado del Mundial, muchos aficionados terminaron apoyando a la selección de Noruega, impulsados por la popularidad de Erling Haaland. La coyuntura fue suficiente para que buena parte de la izquierda mexicana volviera a presentar a Noruega como el ejemplo del supuesto “socialismo nórdico” al que México debería aspirar. El problema es que casi nunca explican cómo funciona realmente ese modelo. Porque, si México copiara las políticas económicas y laborales de Noruega, serían los mismos que hoy las aplauden quienes saldrían primero a poner el grito en el cielo. Empecemos por el mercado laboral. En México despedir a un trabajador suele ser un proceso caro, lento y jurídicamente riesgoso. Cuando un despido no se considera justificado, la empresa puede enfrentar el pago de tres meses de salario, veinte días por año trabajado, prima de antigüedad, prestaciones y, además, largos litigios que incrementan todavía más el costo. Todo esto hace que contratar personal implique asumir un riesgo importante para cualquier empresa. En Noruega la lógica es distinta. El mercado laboral es considerablemente más flexible y las empresas tienen mayor facilidad para ajustar su plantilla cuando las condiciones económicas lo requieren. A diferencia de México, el sistema no busca proteger el puesto de trabajo a cualquier costo, sino proteger al trabajador. Cuando una persona pierde su empleo, cuenta con un seguro de desempleo y con políticas activas de reinserción laboral que facilitan encontrar un nuevo trabajo. En otras palabras, el Estado protege al individuo durante la transición, no obliga a las empresas a conservar empleos que ya no pueden sostener. México hace exactamente lo contrario: dificulta el despido para proteger el puesto, pero ofrece una protección mucho menor al trabajador desempleado. El resultado es un mercado laboral mucho más rígido. Hay otro aspecto del que casi nunca hablan quienes utilizan a Noruega como ejemplo: las empresas pagan menos impuestos que en México. La carga fiscal empresarial, el impuesto corporativo en Noruega es del 22%, mientras que en México asciende al 30%, una diferencia considerable. Lo mismo ocurre con las contribuciones patronales sobre la nómina. En Noruega rondan el 14.1%, mientras que en México el costo laboral para el empleador puede acercarse o incluso superar el 30%, dependiendo de las circunstancias. Entonces surge una pregunta inevitable: si Noruega mantiene un Estado de bienestar tan amplio, ¿de dónde obtiene los recursos para financiarlo? Muchos responderán que del petróleo, y es cierto que el fondo soberano noruego representa una fuente extraordinaria de riqueza. Sin embargo, esa no es toda la explicación. Una parte fundamental del financiamiento proviene de los propios ciudadanos. En Noruega las personas físicas pagan impuestos mucho más altos que en México. Las tasas marginales del impuesto sobre la renta pueden superar el 39%. Además, existe un impuesto sobre el patrimonio neto y el IVA alcanza el 25%, muy por encima del 16% mexicano. Es decir, el Estado de bienestar noruego no se sostiene únicamente gravando a las empresas o a los grandes empresarios. Se financia, en buena medida, cobrando más impuestos a los trabajadores, a las personas físicas y al consumo. Y aquí aparece una contradicción que rara vez se reconoce. En México, cuando la izquierda propone nuevos impuestos, casi siempre dirige el discurso hacia las empresas, las grandes fortunas o “los ricos”. Muy pocas veces plantea aumentar de manera importante los impuestos que pagan los trabajadores o elevar el IVA a niveles semejantes a los de Noruega. Sin embargo, eso es precisamente lo que ocurre en el país que tanto ponen como ejemplo. La realidad es que, si de verdad quisieran adoptar el modelo noruego, tendrían que defender un mercado laboral más flexible, una menor carga fiscal para las empresas y una carga tributaria considerablemente mayor para los trabajadores y los consumidores. Esas son algunas de las características que permiten financiar el Estado de bienestar que tanto admiran. Por eso resulta llamativo que Noruega aparezca constantemente como argumento en el debate público mexicano, pero solo se mencionen aquellos aspectos que encajan con una narrativa ideológica. Se presume el tamaño del Estado, pero se omite la flexibilidad del mercado laboral; se habla de los servicios públicos, pero se guarda silencio sobre la menor carga fiscal para las empresas; se celebra el gasto social, pero casi nunca se reconoce que quienes realmente financian una parte importante de ese sistema son los propios ciudadanos mediante impuestos mucho más elevados. La izquierda mexicana no quiere que México sea como Noruega. Solo quieren utilizar a Noruega como argumento cuando confirma sus prejuicios ideológicos e ignorar todo aquello que contradice su narrativa. Arturo Herrera escribe sobre economía, política y cultura. Director de La Derecha Diario México y colaborador en ADN Noticias. This is a public episode. If you'd like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit enlamira.substack.com/subscribe

  • July 11 · 10 min

    Cada día resulta más evidente… que Claudia Sheinbaum no es lo que vendió durante su campaña electoral

    En cada mañanera, la presidenta parece ahondar un poco más el foso que ella misma decidió cavar al defender con tanta vehemencia el proyecto político que la llevó al poder. Resulta difícil no advertir la arrogancia con la que desprecia el derecho y la legalidad, ni la ligereza con la que exige a Estados Unidos “pruebas contundentes” contra el gobernador Rocha Moya. Sus conferencias matutinas, lejos de proyectar solvencia, han terminado por evidenciar una notable falta de preparación y criterio. Es imposible separar esas declaraciones de la imagen cuidadosamente construida que presenta: la voz serena que pretende transmitir autoridad, la vestimenta elegida para sugerir virtud y rectitud, y el tono de quien parece saber exactamente de lo que habla. Esa distancia entre la forma y el fondo resulta cada vez más evidente. Si Claudia Sheinbaum poseyera realmente la cabeza fría que le atribuían sus admiradores, o la supuesta formación científica que algunos opinadores y respetados analistas destacaron como razón para votarla, México estaría hoy avanzando en la revisión y eventual renovación del T-MEC en términos razonables para el país. Habría mantenido la estabilidad de un acuerdo que, hasta ahora, ha beneficiado claramente a la economía mexicana, como lo demuestra el hecho de que somos el principal socio comercial de Estados Unidos. Ningún presidente anterior comprometió esa relación. Ni siquiera Andrés Manuel López Obrador, quien ya tuvo que lidiar con Donald Trump, puso en riesgo el pilar fundamental de la economía mexicana moderna. Ha sido la president[a] Sheinbaum quien ha colocado en entredicho tanto la relación económica como la de seguridad con Estados Unidos. Si esto no marca el final de su sexenio, sí representa, al menos, un serio retroceso para el proyecto de modernización que México había logrado consolidar en las últimas décadas. No se trata de quién mintió, sino de quién dice la verdad La presidenta Claudia Sheinbaum insiste en hacer la pregunta equivocada. Desde que surgieron nuevas revelaciones sobre la forma en que Ismael “El Mayo” Zambada terminó bajo custodia de las autoridades estadounidenses, ha preguntado reiteradamente: ¿quién mintió? ¿Mintió Ken Salazar? ¿Mintió el FBI? ¿Mintió el gobierno de Estados Unidos? La pregunta correcta no es quién mintió. La verdadera pregunta es quién dice la verdad. Esa diferencia revela el problema de fondo: la presidenta parece analizar el funcionamiento del gobierno estadounidense como si operara bajo la misma lógica de concentración del poder que caracteriza al gobierno mexicano actual. Es un error. Creer que el embajador necesariamente sabía todos los detalles de una operación del FBI parte de una premisa equivocada: que, por haber sido embajador de Estados Unidos en México, tenía que conocer todos los pormenores de una eventual operación de esa agencia. El FBI forma parte del Poder Ejecutivo estadounidense, pero opera con una independencia institucional que difícilmente encuentra equivalente en el sistema político mexicano. No se trata de una independencia constitucional absoluta. Se trata de una autonomía construida mediante leyes, reglamentos, directrices del Departamento de Justicia, una larga tradición de Estado de derecho y una cultura institucional que limita la intervención política directa en investigaciones criminales. Por eso el Presidente de Estados Unidos no dirige personalmente investigaciones específicas. No llama al FBI para decirle a quién investigar, no decide qué evidencia reunir y no determina cómo debe conducirse una investigación penal. Esas decisiones corresponden al Departamento de Justicia y a las agencias encargadas de hacer cumplir la ley. La historia reciente lo demuestra: durante el primer gobierno de Donald Trump hubo enfrentamientos públicos con James Comey, Christopher Wray, fiscales federales e incluso con su propio Attorney General. Si el presidente pudiera controlar discrecionalmente las investigaciones federales, esos conflictos simplemente no habrían existido. Por eso resulta perfectamente posible que Ken Salazar no conociera todos los detalles de una operación del FBI o que, sencillamente, hubiera declarado conforme a la información de la que disponía en ese momento. La presidenta confunde una investigación con un juicio La presidenta lleva meses insistiendo en que Estados Unidos debe presentar “pruebas” contra Rubén Rocha Moya. Esa insistencia revela una confusión más profunda. Los procesos penales en un Estado de derecho no funcionan exigiendo pruebas concluyentes desde el inicio. Funcionan mediante estándares probatorios progresivos: i. Primero aparecen indicios. ii. Después se reúne evidencia. iii. Posteriormente esa evidencia permite justificar determinadas actuaciones procesales. iv. Un juez controla la legalidad del procedimiento. v. Y solo al final, cuando toda esa evidencia ha sido sometida al contra interrogatorio, al escrutinio judicial y a las reglas del debido proceso, un tribunal determina si se acredita la culpabilidad más allá de toda duda razonable. Ese estándar pertenece al juicio, no a la investigación, no a una solicitud de extradición y mucho menos al Poder Ejecutivo. La suficiencia de la evidencia para acreditar culpabilidad corresponde exclusivamente al tribunal que conocerá del caso. No a la Presidencia de la República. Cuando la presidenta exige “pruebas contundentes” antes incluso de que una persona pueda ser sometida al juicio correspondiente, está trasladando al terreno político una función que pertenece exclusivamente al Poder Judicial. Es como si el Ejecutivo quisiera sustituir al juez. Y aquí aparece una contradicción difícil de ignorar. Mientras la presidenta exige pruebas definitivas para un gobernador de su propio movimiento político, el mismo proyecto político que la llevó al poder defendió la ampliación de la prisión preventiva oficiosa, figura que ha sido objeto de reiteradas críticas por organismos internacionales de derechos humanos debido a que permite mantener privadas de la libertad a miles de personas que todavía no cuentan con una sentencia condenatoria. Es decir, para miles de mexicanos bastan determinados estándares procesales para permanecer años encarcelados mientras se desarrolla su proceso. Pero para Rubén Rocha Moya, la presidenta parece exigir un estándar propio de una sentencia definitiva. ¿Por qué? La presidenta convirtió un caso penal en un conflicto de alto riesgo para el T-MEC Todo lo anterior tendría consecuencias limitadas si ocurriera en otro momento. No ocurre en cualquier momento. Ocurre cuando la relación bilateral más importante para México atraviesa su periodo de mayor desconfianza en décadas. Desde hace tiempo sostengo que el T-MEC dejó de ser exclusivamente un tratado comercial. La evidencia más reciente fue la creación del Shield of the Americas, la coalición impulsada por la administración Trump que agrupa a países latinoamericanos afines a sus políticas para combatir a los cárteles. Hoy el T-MEC es también un instrumento mediante el cual Estados Unidos administra su confianza —o su desconfianza— hacia el gobierno mexicano. Las declaraciones públicas de Donald Trump sobre el papel de los cárteles, su afirmación de que las autoridades mexicanas actúan bajo la presión del crimen organizado, la designación de diversos cárteles como organizaciones terroristas y la creciente vinculación entre comercio, migración, fentanilo y seguridad muestran que Washington ya no separa estos temas. Quien crea que la revisión del T-MEC se limitará a reglas de origen, aranceles o contenido regional simplemente no está leyendo las señales políticas. Aquí aparece otra contradicción. Si el gobierno mexicano estuviera convencido de que agentes estadounidenses realizaron una operación ilegal en territorio nacional para trasladar a Ismael Zambada, tendría a su disposición una herramienta jurídica creada por el propio gobierno de López Obrador. El artículo 74 de la Ley de Seguridad Nacional dispone que cuando se acredite que agentes extranjeros participaron ilegalmente en la privación de la libertad de una persona en territorio nacional para trasladarla a otro país, México deberá suspender los mecanismos de cooperación bilateral correspondientes y restringir la actuación de dichos agentes. Esa disposición fue incorporada precisamente para responder a escenarios de esa naturaleza. Hasta ahora no ha sido invocada. Mientras tanto, el caso Rocha Moya deja de ser únicamente un expediente penal. Se convierte en un símbolo. Si Washington interpreta que México no coopera cuando un gobernador señalado por fiscales estadounidenses forma parte del partido gobernante, el problema deja de ser únicamente jurídico. Pasa a ser un problema de confianza institucional. Y cuando la confianza institucional desaparece, también cambia la naturaleza de las negociaciones comerciales. Por eso creo que el verdadero riesgo no es Rubén Rocha Moya. El verdadero riesgo consiste en que el gobierno mexicano termine convirtiendo un caso penal en un conflicto diplomático, y un conflicto diplomático en un problema económico de enormes proporciones para un país cuya principal relación comercial sigue siendo, por mucho, con Estados Unidos. La presidenta parece convencida de que defender a Rocha Moya equivale a defender la soberanía nacional. Es posible que, al final, descubra que el costo de esa estrategia no recaiga sobre un gobernador. Puede terminar recayendo sobre la economía mexicana. Yuri Pérez escribe sobre política internacional, cultura, derecho y poder. This is a public episode. If you'd like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit enlamira.substack.com/subscribe

  • July 6 · 2 min

    La cruda después del Mundial

    Hoy amanecimos de luto nacional.El domingo pasado, Inglaterra venció a México 3-2 y terminó con una ilusión que durante varias semanas nos hizo olvidar, aunque fuera por un rato, el país en el que vivimos.Hay que decirlo: México jugó bien. Los jugadores dejaron todo en la cancha. Hubo entrega, intensidad y momentos en los que parecía que la Selección podía hacer historia. Pero también hubo errores. Y no errores menores.Las decisiones del Vasco Aguirre terminaron por sellar la derrota. México se quedó sin delanteros, lleno de centrocampistas, intentando resolver con disparos lejanos, centros sin destinatario y remates que acababan fácilmente repelidos por el portero o por la defensa inglesa.Ni hablar.Durante semanas vivimos una especie de tregua nacional. El “¿y si sí?” sonaba en todos lados. Las calles, los restaurantes, las oficinas y las casas parecían hablar el mismo idioma. Por unos días dejamos de preguntarle al vecino por quién votó, qué partido apoya o de qué lado está.México volvió a sentirse como México.Pero ya vimos que ese “¿y si sí?” terminó siendo un “pues no”.Y ahora toca darle vuelta a la página.Lo escribí en mi columna anterior: este Mundial nos iba a dejar una cruda. Y esa cruda ya empezó.Porque sin la alegría de los triunfos de la Selección, sin ese sentimiento de unión nacional, sin la distracción colectiva que nos permitió respirar durante algunas semanas, volvemos al país de siempre.Volvemos a preguntarnos dónde están los desaparecidos.Dónde está Rocha Moya, el narcogobernador que lleva ya 60 días prófugo de la rendición de cuentas.Por qué no se pudo renovar el T-MEC.Por qué cada día el dinero alcanza para menos.Por qué la violencia sigue marcando la vida de millones de mexicanos mientras el gobierno insiste en vender tranquilidad desde eventos cuidadosamente controlados.La Selección se fue del Mundial y nosotros regresamos a esa fosa común con himno nacional que llamamos México.Sí, quizá esta columna suena más deprimente de lo habitual. Pero después de lo que pasó el fin de semana, dudo mucho ser el único que se siente así.Durante unas semanas imaginamos otro país: uno unido, alegre, esperanzado, capaz de reconocerse en una misma camiseta. Pero terminó el partido.Se apagó la pantalla.Y volvimos a ese México al que nadie quiere volver. Arturo Herrera escribe sobre economía, política y cultura. Director de La Derecha Diario México y colaborador en ADN Noticias. This is a public episode. If you'd like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit enlamira.substack.com/subscribe

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