
Publiqué mi libro en diciembre y no se lo dije a nadie
Creo que el impulso más inmediato una vez que publicas tu libro es decirle al mundo léeme. Sin embargo, no fue esa mi experiencia cuando publiqué El Archivo de SofIA. El libro tenía una fecha de publicación. No una exacta, pero sí una fecha límite. Fecha de publicación: antes de volver a casa. Como quizás ya has leído antes, El Archivo de SofIA nació en una habitación con una vista poco convencional, en el hospital de NYU en Long Island. Pero una vez que la publicación estuvo activa y pedí mi primera copia de muestra —que llegó a casa en la fecha esperada, el 5 de enero de 2026— no hubo anuncio, no hubo post, no hubo correo, no hubo nada. Subí el archivo a KDP, apareció en Amazon, y ahí se quedó, quieto, enero y febrero completos, mientras yo me ocupaba de algo más importante que él. Y dos meses es bastante tiempo cuando acabas de publicar algo. Es todo el tiempo, en realidad. Y no fue por descuido, mi querido lector. Fue porque no tenía cabeza para más. Ese diciembre mi esposo estaba hospitalizado por segunda vez. Yo llevaba meses sin trabajar y en casa las cosas estaban algo apretadas, porque vivir en Nueva York tiene sus pros —me atrevería a decir que es la ciudad más emocionante del mundo— pero también es de las más costosas: todo cuesta el doble, y encima llega el invierno y la calefacción se te dispara de una forma que no te imaginas hasta que ves la factura. En medio de todo esto me escribieron por Upwork para una entrevista de trabajo con una agencia. La entrevista quedó pautada para el 2 de enero y yo aún estaba en el hospital. Recuerdo que tuve que hacer maromas para verme medianamente presentable, porque tenía casi un mes quedándome allí, durmiendo junto a mi esposo en una silla reclinable, con un aire acondicionado que te helaba la sangre y el invierno más helado que había experimentado nunca. Mi aspecto era más de supervivencia que el de una estratega y creadora de contenido. Pero con todo y eso me di los modos de ponerme un suéter presentable, taparme el cabello con un gorro decente y presentarme a una entrevista 100% en inglés. Con nervios. Con miedo. El trabajo era crear contenido para una agencia que armaba cuentas virales en TikTok. Temas políticos, temas sociales, cosas pensadas para la generación Z. Volumen, todos los días, con la máquina siempre pidiendo más. No fue fácil: mi capacidad creativa dentro del hospital, y al llegar a casa, no era la más favorable. Pero era un trabajo real, pagaba bien y en ese momento nosotros lo necesitábamos. Te presento mi oficina por los siguientes tres días. El 5 de enero le dieron el alta a Jorge, justo el día de nuestro aniversario de bodas. Y ese mismo día, cuando llegamos a casa, estaba esperándome el libro en su cajita de Amazon, aún sin abrir, listo para regalárselo. Lo abrí con mucha emoción, se lo entregué, y por los siguientes días leímos cada noche antes de dormir. Así que el libro sí tuvo su lector. El que lo pidió, el que lo estaba esperando. Lo que no tuvo fue a nadie más. Pasé todo lo que quedó del mes de enero produciendo contenido para que otros crecieran, cuidando a mi esposo que apenas se estaba recuperando, tratando de sostener un empleo remoto que me daba un ingreso bueno y me dejaba agotada cada día. Muchas veces me iba a dormir a las once o a la una de la madrugada, creando contenido, tratando de seguir el ritmo. Mientras tanto mi libro seguía ahí, en Amazon, esperando a alguien que nunca iba a llegar porque yo no le había dicho a nadie que existía. Cuando terminó ese primer mes me ofrecieron continuar el contrato, pero por menos dinero. En ese mes me hicieron abrir y probar seis cuentas de contenido desde cero: crear desde la idea hasta las piezas, que no podían ser menos de cuatro publicaciones diarias por cada cuenta. Cada semana evaluaban, y si no había viralidad se descontinuaba esa idea y se seguía con dos ideas más. Lo que funcionaba se mantenía. De las seis cuentas que creé solo dos se viralizaron, pero una de ellas tenía un concepto más fuerte, y me ofrecieron quedarme manejando solo esa cuenta, con diez piezas de contenido diarias. Dije que no. Y quiero ser bien clara aquí, porque odiaría que esto sonara a que lo decidí desde la comodidad: la verdad es que me dio muchísimo miedo dejar el trabajo. El ingreso era bueno y hubiera hecho que los siguientes meses no fueran tan duros. Estábamos en pleno invierno, y yo estaba renunciando a una fracción que igual podía ser de ayuda en casa. Pero al mismo tiempo me estaba desgastando. Y más allá de eso, fue Jorge mismo quien me dijo que lo dejara. Me motivó a enfocarme en estar con él, seguirlo apoyando en su recuperación y trabajar en mi libro. Me dijo que confiáramos en papá Dios y que confiara en él. Y así lo hice. En febrero me senté y agarré El Archivo de SofIA otra vez, y no fue para promocionarlo, fue para volver a abrirlo. Para leerlo de nuevo, esta vez desde otra mirada, con otra visión. Ya con dos lectores beta —mi esposo y su hijo— pude ver la historia desde otro ángulo: suavizar un poco, agregar escenas, eliminar otras. Rehice la portada. Rehice las imágenes. Una de las cosas que cambiaron de la primera versión a la nueva fue la forma de ver al sistema. En la de diciembre el sistema era el enemigo. Así de simple. Los chips emocionales, la corporación, la regulación de lo que sentíamos: todo eso estaba escrito como una maldad, alguien allá arriba decidiendo apagarnos. En la versión que releí en febrero eso ya no me sonaba cierto. Porque yo acababa de pasar un mes adentro de una máquina de contenido, produciendo lo que me pedían que produjera, sin tiempo de preguntarme si me gustaba o no. Y no había ningún villano ahí. Me di cuenta de que consumimos lo que personas como yo, bajo circunstancias de tensión y presión, producimos por encargo. La narrativa que ves en redes no la escribe una entidad oscura. La escribe alguien que recibió un brief y tenía cuatro piezas que entregar ese día. Eso me llevó a pensar en quiénes están detrás de todo lo que vemos. Son personas como tú y como yo. Seres humanos creando lo que el algoritmo consume, lo que queremos que la gente vea y no lo que es real. Y a veces también gente sacando provecho del dolor de alguien para generar viralidad. Y ahí fue donde se me movió todo. Quizás no es la IA, ni el gobierno, ni las instituciones el villano de la historia. Tal vez todos somos villanos. Los que crean y los que replican. Y si una pandemia digital llegara como en mi historia, se necesitaría una solución que fuera más allá de esto. Reescribí al sistema como una solución. Una solución que después se volvió otra cosa, sí, pero que nació de gente intentando arreglar algo roto. A finales de febrero volví a publicar. El 3 de marzo llegó a mi casa otra cajita de Amazon, igualita a la de enero. Adentro no venía el mismo libro. Y ese mes que di por perdido, ese enero en el que sentí que me alejaba de mi historia, fue el único que pudo escribir la segunda versión. No la habría escrito en noviembre. No sabía todavía lo que tenía que saber. Y ahora hablame de ti, Me gustaría saber si tienes algo publicado y abandonado. Un blog que dejaste, un proyecto que subiste y nunca anunciaste, algo tuyo que está ahí afuera y nadie sabe que existe. Cuéntame en los comentarios, me encanta leerles. Con amor, Pris 💜 Con amor,Pris 💜 🎓 ¿Estás escribiendo tu primer libro? El Programa para Escritores te acompaña a terminarlo y publicarlo sin perder tu voz. Si todavía no es tu momento, únete al grupo de WhatsApp para clases gratis y novedades. 📘 ¿Quieres leer mi libro? El Archivo de SofIA tiene un 50% de descuento en la versión digital con el código AUTORSUBSTACK. ✍️ En la Biblioteca de Autores de Substack leo y apoyo a autores de Substack autopublicados. 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