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Al final, el corazón no anhela ninguno de los buenos dones de Dios, sino a Dios mismo. Verlo, conocerlo y estar en Su presencia es el festín final del alma.

Al final, el corazón no anhela ninguno de los buenos dones de Dios, sino a Dios mismo. Verlo, conocerlo y estar en Su presencia es el festín final del alma.