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Hoy, en tu vida, el cielo y la tierra son testigos de tu decisión. No se trata de portarte bien para que Dios te quiera. Se trata de entender que el mundo entero le pertenece, y Él te quiere a ti. La fe no es un ritual; es una rendición. Y cuando ordenas tu camino, cuando decides alinear tu servicio, tu familia y tus miedos a Su voluntad, la promesa no es una palmadita en la espalda; es ver Su salvación.

