En una cultura que penaliza el cansancio y premia el rendimiento, el sufrimiento puede convertirse en la forma más legítima de pedir una tregua. ¿Qué ocurre cuando la vulnerabilidad necesita justificarse para merecer cuidado?
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En una cultura que penaliza el cansancio y premia el rendimiento, el sufrimiento puede convertirse en la forma más legítima de pedir una tregua. ¿Qué ocurre cuando la vulnerabilidad necesita justificarse para merecer cuidado?