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En la historia de los científicos perseguidos por la Inquisición, Galileo Galilei ocupa un lugar especial no solo por sus descubrimientos, sino también por su tozudez. A pesar de su condena que le obligó a abjurar de algunas de sus ideas, se mantuvo firme en ellas y siguió ignorando hasta el final las prohibiciones impuestas.
Nada más convertirse en profesor ya se procuró las primeras antipatías al exponer que en sus clases nunca se supondría como cierto nada que careciera de una explicación razonada, afirmando que “son pocos los que indagan, se creen más doctos por tener el mayor número de textos” y que no le importaba “que una tesis sea contraria a la opinión de muchos mientras corresponda a la experiencia y a la razón”.






