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En una era donde el odio se ha naturalizado y nos hemos anestesiado frente al egoísmo, necesitamos aprender a perdonar a quienes nos han ofendido y, sobre todo, a pedir perdón a quienes hemos ofendido. Debemos enmendar nuestros errores y restituir a quienes hemos hecho daño, tal como lo hizo Zaqueo. Dejemos de preocuparnos por las casas de los demás y comencemos a limpiar “nuestro lado de la calle”, porque no se puede tener una relación de amor con Jesús y, al mismo tiempo, seguir hiriendo a quienes nos rodean.